Capítulo 11
El sábado por la tarde descubrí que mantener una decisión resultaba considerablemente más sencillo cuando la persona contra la que intentabas mantenerla no podía acceder a ti durante los fines de semana.
Alexander me demostró que no era así a las seis y doce.
Estaba tumbada en el sofá con Titán ocupando una superficie que habría permitido sentarse cómodamente a tres seres humanos cuando el móvil vibró sobre la mesa. El número no estaba guardado, pero no necesité ninguna pista después de leer las primeras palabras.
“Espero que tu norma también tenga libres los sábados”.
Me incorporé despacio, con esa ridícula aceleración del pulso que una mujer de veintinueve años debería ser perfectamente capaz de controlar ante un mensaje de texto.
Habían pasado dos días desde el beso en el aula y cuarenta y ocho horas durante las que me había esforzado en comportarme como si aquello no hubiese alterado absolutamente nada.
El jueves habíamos coincidido varias veces y Alexander mantuvo una corrección impecable que me irritó muchísimo más de lo razonable.
El viernes hizo exactamente lo mismo: ni provocaciones ni comentarios al oído ni manos encontrando mi cintura con excusas discutibles.
Me saludaba, hablaba conmigo cuando el trabajo lo requería y continuaba con su vida.
Había hecho exactamente lo que le pedí y yo había pasado dos días deseando que dejara de hacerlo.
“¿Cómo tienes tanto morro?”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Tengo morro y recursos extraordinarios, por algo soy el director”.
“Eso suena a utilización ilícita de datos personales”.
“Entonces será mejor que aproveche antes de que presentes la denuncia. Cena conmigo”.
Solté una carcajada y dejé el teléfono sobre el sofá. Ahí debería haber terminado aquello.
Podía no contestar, decirle que tenía planes o recordarle la conversación del miércoles.
Lo sensato era mantener aquella historia dentro de los límites del colegio hasta que la atracción perdiera intensidad, algo que, según mis cálculos, podía ocurrir entre la primavera siguiente y mi jubilación.
Sin embargo, cuando el teléfono volvió a vibrar y Alexander escribió que pasaría a recogerme a las nueve si yo quería, añadiendo expresamente que podía decirle que no, supe que acababa de fastidiarlo todo.
No insistía, no me obligaba a inventar una excusa y volvía a dejarme exactamente la misma salida que me había ofrecido antes de besarme.
Yo no quería utilizarla. Le envié mi dirección.
Durante los siguientes diez minutos me dediqué a explicarme que había aceptado una cena, no una proposición indecente.
Las personas cenaban constantemente sin acabar desnudas; yo misma había cenado con cientos de personas y conservaba recuerdos muy claros de haber regresado vestida de todas aquellas cenas.
A las siete había decidido que no ocurriría nada. A las siete y cuarto estaba en la ducha y, poco antes de las ocho, tenía media cama cubierta de ropa mientras empezaba a sospechar que mi comportamiento no guardaba demasiada relación con mis conclusiones anteriores.
Elegí un vestido negro que llevaba un año sin ponerme.
No era especialmente escandaloso ni necesitaba serlo; se ajustaba lo suficiente para recordarme que debajo de la ropa cómoda que utilizaba para trabajar seguía teniendo un cuerpo y dejaba los hombros al descubierto.
Me lo probé, decidí que resultaba demasiado evidente, lo cambié por un pantalón y una blusa con los que parecía preparada para recibir a unos padres preocupados por las notas de su hijo y regresé finalmente al vestido.
Hasta ese momento todavía podía sostener la ficción de que simplemente quería estar guapa para salir a cenar. La mentira se volvió bastante más difícil de defender cuando abrí el cajón de la ropa interior.
Me quedé mirándolo con la incómoda sensación de estar siendo interrogada por mi propia conciencia.
Si únicamente iba a cenar, daba exactamente igual lo que llevara debajo del vestido.
Aquella lógica impecable no impidió que apartara dos conjuntos hasta encontrar uno negro de encaje que reservaba para ocasiones que últimamente se habían presentado con una frecuencia aproximada de nunca.
Lo saqué, lo dejé sobre la cama y permanecí unos segundos contemplándolo.
—No —me dije.
Titán levantó la cabeza desde la puerta del dormitorio.
—No estoy hablando contigo.
Guardé el conjunto y cerré el cajón. Treinta segundos después volví a abrirlo.
No sabía qué demonios estaba haciendo. Esa era la verdad. No había decidido acostarme con Alexander y, al mismo tiempo, estaba escogiendo la ropa interior más sexy que tenía para ir a cenar con él.
Ambas afirmaciones convivían en mi cabeza con una sorprendente falta de conflicto.
Quizás no pretendía que llegara a verla; quizás solo necesitaba saber que estaba ahí.
O quizás llevaba cuatro años siendo tan prudente, tan razonable y tan cuidadosa con cada hombre que se acercaba que aquella noche quería permitirme algo tan sencillo como sentirme deseable sin analizar previamente las consecuencias.
Me puse el conjunto.
Después me maquillé con una atención que tampoco quería interpretar demasiado.
Marqué ligeramente los ojos y, cuando ya estaba prácticamente lista, encontré en el neceser un carmín que llevaba muchísimo tiempo abandonado.
El rojo era intenso, rotundo, mucho menos discreto de lo que utilizaba habitualmente, y dudé antes de acercarlo a los labios.
Cuando terminé y me miré al espejo tuve durante unos segundos la extraña sensación de estar contemplando una versión de mí misma que había dejado guardada en algún lugar después de Aitor.
No era la Claudia que llegaba al colegio a las ocho de la mañana, la que explicaba verbos irregulares, corregía cuadernos y se recogía el pelo cuando un alumno decidía vomitar en mitad de clase.
Aquella mujer llevaba un vestido negro, encaje debajo y los labios de un rojo que no parecía pedir permiso a nadie.
Y me gustó. A las nueve menos tres llegó el mensaje de que estaba abajo.
El estómago se me contrajo de una manera que ya no tenía sentido intentar justificar.
Cogí el bolso, me puse el abrigo y me despedí de Titán prometiéndole que no tardaría, mentira pronunciada por una mujer que llevaba ropa interior de encaje debajo de un vestido negro y había tardado diez minutos en pintarse los labios.
El perro me observó desde el sofá y decidí que prefería no conocer su opinión.
Alexander esperaba junto al coche.
Lo vi antes de que él levantara la cabeza y tuve que reducir ligeramente el paso.
Llevaba pantalón oscuro, camisa negra y una chaqueta que le daba un aspecto muy distinto al que tenía en el colegio. Quizás no fuera la ropa. Quizás fuera simplemente que allí no existían alumnos, reuniones, despachos ni compañeros entrando en cualquier momento.
Durante aquellos días siempre lo había visto dentro de un contexto que nos obligaba a recordar quién era él y quién era yo; aquella noche no había nada alrededor que amortiguara lo evidente.
Entonces me vio. Se quedó quieto.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo sin ninguna prisa antes de detenerse en mi boca, y la reacción fue tan clara que todo el tiempo que había perdido delante del armario adquirió de repente sentido.
Cuando llegué hasta él y lo saludé, Alexander tardó un instante en responder. Le pregunté, divertida, si se había quedado sin conversación y él continuó mirándome antes de admitir que estaba reorganizando mentalmente la noche.
—Habías dicho que íbamos a cenar.
—Ese era el plan cuando te escribí.
—¿Y ahora?
No respondió inmediatamente. Dio un paso hacia mí y, aunque no llegó a tocarme, la distancia se redujo lo suficiente para que el aire entre nosotros pareciera adquirir una consistencia diferente.
Había pasado toda la semana deseándolo entre pasillos, mesas, reuniones y niños que podían aparecer en cualquier momento. Allí, en la calle, sin obligación alguna de fingir profesionalidad, la atracción resultaba mucho más directa.
—Ahora estoy intentando recordar por qué me pareció buena idea empezar por la cena.
Me reí, aunque mi respiración había cambiado.
—La alimentación es importante.
—Muchísimo.
—Y supongo que habrás reservado.
—Por supuesto.
—Sería feo perder la mesa.
—Terrible.
Seguimos uno frente al otro sin que ninguno hiciera el menor movimiento hacia el coche.
Alexander levantó una mano y rozó con el pulgar la comisura de mis labios, con tanto cuidado que apenas tocó el carmín.
El gesto fue pequeño, pero me devolvió inmediatamente al aula y a la forma en que me había besado dos días antes.
—Ese color es bastante poco considerado —murmuró.
—No sabía que tuviera que vestirme pensando en tu bienestar.
—Está claro que no lo has hecho.
Lo miré y comprendí que no tenía ninguna gana de pasar dos horas sentada frente a él en un restaurante fingiendo interés por una carta.
Había elegido aquel vestido, aquella ropa interior y aquel carmín sabiendo, aunque me hubiese negado a reconocerlo durante toda la tarde, que la cena era la parte de la noche que menos me interesaba.
—Podemos dejarla para otro día.
Alexander sostuvo mi mirada. No me preguntó si estaba segura ni volvió a ofrecerme una salida que ambos sabíamos que no necesitaba. Se limitó a abrir la puerta del coche.
—Me parece una idea excelente.
Vivía a unos quince minutos de mi casa y durante el trayecto apenas intercambiamos un par de frases, no porque faltara conversación, sino porque cualquier tema habría resultado absurdo.
Alexander conducía con una mano sobre el volante mientras yo era demasiado consciente de la otra, apoyada cerca de la palanca de cambios.
En uno de los semáforos nuestras miradas se encontraron y permanecieron unidas durante varios segundos. No hubo bromas aquella vez. Simplemente deseo. Volví la cara hacia la calle antes de que aquella cena cancelada terminara, además, con una multa de tráfico.