A un beso de volver a creer Capítulo 10 #3
38%

Capítulo 10 #3

Respondió inmediatamente; la mano que tenía en mi cara descendió hasta mi cuello mientras la otra rodeaba mi cintura y me acercaba a él.

Todo lo que llevábamos acumulando desde que le tiré aquel café encima pareció concentrarse en ese momento, y la prudencia que había defendido cinco minutos antes empezó a parecerme una teoría elaborada por otra persona.

Había querido saber cómo besaba. La respuesta era: demasiado bien. Y aquello me pareció profundamente injusto.

Noté su mano subir lentamente por mi espalda mientras yo mantenía una agarrada a su camisa y llevaba la otra hasta su nuca.

El roce de su barba contra mi piel, el calor de su cuerpo y la forma en que me besaba consiguieron que dejara de pensar durante unos segundos en el lugar donde estábamos.

No había colegio ni norma ni compañeros ni un despacho con su nombre en la puerta.

Solo aquel hombre y una reacción física tan intensa que me sorprendió por completo.

Se separó apenas unos centímetros. Seguía rodeándome la cintura y nuestras caras permanecieron tan cerca que podía sentir su respiración.

—Ahora ya puedes comparar con la inspección educativa.

La risa me salió contra su boca.

—Cállate.

Y lo besé otra vez.

Aquel segundo beso fue enteramente culpa mía y resultó bastante menos prudente que el primero.

Alexander me atrajo de nuevo hacia él y yo dejé de intentar controlar nada.

Durante cuatro años había tenido alguna cita, algún beso e incluso alguna oportunidad de empezar algo con alguien, pero nunca había sentido aquella necesidad física de acercarme más.

Con Aitor todo había sucedido de una manera progresiva, segura y perfectamente comprensible.

Nuestra relación había avanzado siguiendo pasos que parecían naturales: una primera cita, otra después, conocer a los amigos, enamorarnos, hacer planes. Nunca había pensado que pudiera existir algo distinto porque tampoco lo había necesitado.

Con Alexander no encontraba nada seguro.

Y empezaba a sospechar que precisamente por eso me estaba afectando tanto.

Cuando sus labios abandonaron los míos y descendieron apenas hasta la línea de mi mandíbula, la poca sensatez que me quedaba consiguió finalmente reaccionar.

No porque quisiera que parara, sino porque comprendí con bastante claridad que, si no lo hacía en ese momento, unos minutos después mi famosa norma iba a necesitar una redacción bastante más amplia.

Apoyé las manos sobre su pecho y me separé.

Reaccionó inmediatamente. Sus manos abandonaron mi cuerpo y retrocedió lo suficiente para devolverme espacio.

—Esto no puede volver a pasar —le dije cuando conseguí ordenar la respiración.

Me observó durante unos segundos antes de asentir.

—Vale.

Su facilidad para aceptar la frase me desconcertó más de lo que debería.

—¿Vale?

—Has dicho que no puede volver a pasar. Lo he entendido.

—No quiero que esto complique el trabajo. Nos acabamos de conocer, tú eres el director y yo llevo años aquí. No pienso convertirme en el entretenimiento del claustro ni empezar una historia que después tengamos que gestionar cada lunes por la mañana. Insisto.

—De acuerdo.

Recogí el bolso intentando no preguntarme por qué me molestaba tanto que estuviera mostrándose razonable. Cinco minutos antes quería que respetara mis límites y ahora una parte completamente absurda de mí esperaba que discutiera.

—Y eres mi jefe —añadí, porque aparentemente necesitaba seguir convenciéndome.

—También lo era cuando me has agarrado de la camisa para besarme por segunda vez.

Lo miré con indignación.

—No ayudas.

—Estoy intentando respetar tu norma. Pero tampoco voy a fingir que ese segundo beso me lo he inventado.

No tenía absolutamente nada que responder a aquello, así que terminé de guardar el móvil y las llaves y me dirigí hacia la puerta. Ya había agarrado el picaporte cuando Alexander volvió a hablar. Su voz había perdido cualquier rastro de broma.

—Claudia, solo una cosa.

Me volví.

—¿Quieres de verdad que no vuelva a pasar o necesitas decir que no quieres que vuelva a pasar?

Me quedé mirándolo durante unos segundos.

Era una pregunta miserable precisamente porque no necesitaba pensar la respuesta. Quería que volviera a pasar. Quería que volviera a pasar en aquel mismo momento.

Y, por la manera en que Alexander me observaba desde el otro extremo del aula, sospeché que acababa de leer ambas respuestas en mi cara.

—Buenas tardes, Alexander.

Salí antes de que pudiera obligarme a reconocerlas en voz alta.

Recorrí el pasillo vacío intentando recuperar cierta normalidad, aunque todavía sentía sus besos en la boca y el lugar exacto de mi cintura donde había descansado su mano.

Al llegar a las escaleras comprendí que mi maravillosa norma acababa de adquirir un problema con el que no había contado.

Hasta aquella tarde me había servido para evitar acostarme con alguien del trabajo, enamorarme de un compañero o meterme en una de esas historias que después convertían una reunión ordinaria en una experiencia incómoda.

Ahora tendría que servirme para evitar volver a besar a Alexander. Y después de descubrir cómo besaba, aquello me parecía muchísimo más difícil.