A un beso de volver a creer Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

Ella, que nunca mostró instinto maternal, pronto presumiría de bombo.

Pensarlo me descolocaba por completo, pues no quería mostrar ningún tipo de afecto por esa personita que llevaba dentro.

Todo lo contrario a lo que hubiera imaginado muchos años atrás.

Pero claro, entonces no sabía que era una traidora de libro.

Al comienzo de la tarde, el colegio estaba prácticamente vacío.

Todavía quedaba por ordenar el material de inglés y Alexander quería revisar conmigo los cambios necesarios antes de repetir la actividad con otros cursos, así que nos encontramos en una de las aulas de apoyo donde habíamos ido acumulando cajas, carteles y fichas.

Durante un buen rato trabajamos de verdad. Habíamos aprendido bastante del caos de la mañana: sobraban pruebas, faltaba tiempo en algunas estaciones y permitir que los niños eligieran libremente el orden había sido una idea concebida por alguien que claramente no conocía a los niños.

—Esa idea fue tuya —le recordé cuando Alexander la calificó de desastrosa.

—Precisamente por eso puedo criticarla con autoridad.

—Yo te dije que no iba a funcionar.

—También me dijiste que una inspección educativa te producía aproximadamente la misma excitación que yo, así que los dos sabemos que tu criterio no es infalible.

Le lancé un rotulador y lo atrapó antes de que le golpeara en el pecho.

Mientras lo dejaba sobre la mesa, me informó de que la violencia contra la dirección acabaría figurando en mi expediente y le pedí que añadiera el intento de homicidio con café para que, al menos, mi historial resultara completo.

Trabajar a solas con él era muy diferente a hacerlo en el patio.

El aula era pequeña, nos movíamos continuamente entre las mismas mesas y nuestros cuerpos se rozaron varias veces al guardar el material.

Las primeras pude atribuirlas al espacio; después empecé a sospechar que Alexander había dejado de esforzarse demasiado por evitarlas.

Cuando fui a colocar unas fichas en una caja situada detrás de él, apenas se apartó y tuve que pasar entre su cuerpo y la mesa.

Su mano encontró mi cintura durante un instante para dejarme sitio.

Me detuve y lo miré.

—Eso no era necesario.

—¿El qué?

—Ponerme la mano ahí.

La inocencia con la que abrió los ojos habría resultado más convincente si no llevara tres días provocándome deliberadamente.

—Intentaba que no chocáramos.

—Podías apartarte.

—Tú también.

Aquella respuesta me devolvió al despacho, al calendario y a la maldita carpeta. Negué con la cabeza mientras guardaba las últimas fichas y le dije que disfrutaba demasiado con todo aquello. Ni siquiera intentó negarlo; respondió que sí y continuó mirándome desde el otro lado de la mesa.

Aquella vez había algo diferente. Quizás fuera que el colegio estaba prácticamente vacío o que ya llevábamos demasiados días jugando a lo mismo, pero dejé de sentir que la conversación podía esconderse detrás de una broma. Alexander tampoco parecía tener intención de hacerlo.

—Me gusta ponerte nerviosa —admitió—, pero sobre todo me gusta cuando intentas convencerme de que no lo consigo.

—¿Haces esto habitualmente con las profesoras?

La sonrisa desapareció de su cara.

—No.

La respuesta llegó sin titubeos y agradecí que no intentara convertirla en otro chiste.

—Tenía que preguntarlo. Eres el director y llevas aquí pocos días.

—Lo sé. Y yo tenía que contestarte.

Asentí y continué recogiendo, aunque aquella seriedad repentina consiguió afectarme bastante más que sus provocaciones. Alexander no intentó acercarse ni forzó la conversación; me dejó espacio, y precisamente por eso fui yo quien acabó llenándolo.

—Tengo una norma —le expliqué mientras colocaba una caja sobre otra—.

No me lío con gente del trabajo. Nunca. He visto demasiadas historias acabar mal y luego vienen los horarios para no coincidir, los compañeros cotilleando a tope y esa maravillosa etapa en la que dos adultos juegan al ratón y al gato.

En este caso, además, tú eres mi jefe. No necesito hacer un máster en recursos humanos para saber que eso empeora bastante la idea.

Alexander me escuchó hasta el final y reconoció que mis argumentos eran buenos. Pensé que aquella sería la conclusión de la conversación hasta que añadió, con una sencillez que me dejó sin una respuesta preparada, que ninguno de ellos cambiaba el hecho de que yo le gustaba.

—Y creo que yo te gusto a ti —continuó.

—La humildad sigue sin ser tu fuerte.

—No tiene nada que ver con la humildad. Si me estoy equivocando, dímelo.

Abrí la boca dispuesta a hacerlo y descubrí que mentir cuando me estaba mirando de aquella manera requería unas capacidades interpretativas que no poseía.

—Eso pensaba —murmuró.

—No he dicho nada.

—Exactamente.

Decidí que lo mejor era terminar cuanto antes. Quedaban pocos materiales por guardar y empecé a recogerlos con una concentración excesiva, pero Alexander me indicó que tenía algo en la cara. Me pasé la mano por una mejilla sin acertar y él se acercó para señalarme el lugar.

—Aquí.

Su pulgar rozó mi piel.

El gesto podría haber terminado ahí. Habíamos pasado toda la mañana entre rotuladores, pintura, polvo y niños, así que probablemente llevaba cualquier mancha absurda en la cara.

Sin embargo, después de limpiarla, no retiró la mano. Sus dedos quedaron junto a mi mandíbula y el pulgar descansó cerca del pómulo mientras yo lo miraba intentando recordar todas las razones que acababa de enumerar para explicar por qué aquello era una idea espantosa.

No recordé ninguna.

Se acercó un poco más, aunque todavía dejó entre nosotros suficiente distancia para que pudiera apartarme.

—Si quieres que pare, dímelo.

Aquello eliminó de golpe cualquier posibilidad de fingir después que simplemente había sucedido. Podía decirle que no. Podía coger el bolso, recordarle que era mi director y marcharme. Tenía tiempo suficiente y él estaba esperando precisamente eso.

—Eres bastante pesado —murmuré.

La sonrisa que apareció en su boca fue mínima.

—No es exactamente lo que te he preguntado.

—Ya lo sé.

No retiró la mano ni acortó la distancia. Esperó.

Y fui perfectamente consciente del momento en que tomé la decisión.

—No te he dicho que pares.

Alexander inclinó la cabeza y me besó.

El primer contacto fue mucho más lento de lo que había imaginado durante aquellos días.

No hubo ninguna urgencia ni ese arrebato que mi cabeza había construido cada vez que recordaba la escena de la carpeta; sus labios rozaron los míos con una suavidad que me permitió sentir cada segundo y que, precisamente por eso, terminó resultando mucho más íntima.

Alexander no intentó acercarme ni profundizó el beso. Esperó también ahí.

Fui yo quien dejó de esperar.

Mis dedos se cerraron sobre la parte delantera de su camisa y volví a buscar su boca, y aquella vez el beso cambió por completo.