Capítulo 10
El miércoles llegué al colegio con una conclusión bastante incómoda: Alexander y yo necesitábamos dejar de tontear.
No porque no me gustara, sino precisamente porque empezaba a gustarme demasiado.
El problema había dejado de ser que mi nuevo director estuviera escandalosamente bueno, me mirara más de la cuenta o hubiese convertido la tarea de ponerme nerviosa en una actividad complementaria a sus funciones.
Lo verdaderamente preocupante era que yo empezaba a esperar aquellas cosas. La tarde anterior me había descubierto recordando su “porque así te veía” mientras preparaba la cena y aquella misma mañana, nada más cruzar la entrada, había buscado su coche casi sin darme cuenta.
Aquello vulneraba una norma que llevaba años aplicando con absoluta convicción: con compañeros de trabajo, jamás.
Había visto suficientes romances laborales terminar con dos personas repartiéndose cuidadosamente los horarios de la fotocopiadora para saber que mezclar trabajo y sexo era una pésima idea.
Alexander, además, ni siquiera era exactamente un compañero. Era el director, lo que añadía una capa de estupidez bastante considerable a cualquier fantasía que pudiera tener con él.
Por eso agradecí que la mañana se complicara antes de darme tiempo a pensar demasiado.
Aquel día hacíamos una prueba de algunas de las actividades que estábamos preparando para las jornadas culturales y, sobre el papel, la organización era bastante sencilla: dos grupos de Primaria repartidos en equipos, varias estaciones distribuidas por el patio y pequeñas pruebas relacionadas con inglés, lectura, música y deporte.
Sobre el papel también era sencillo organizar una excursión escolar y todos sabíamos que bastaba con subir treinta niños a un autobús para descubrir hasta qué punto podía equivocarse el papel.
A los quince minutos habíamos perdido seis tarjetas, dos equipos se habían fusionado sin autorización y un niño de cuarto reclamaba puntos adicionales porque había encontrado una pelota que nadie sabía que estaba perdida.
Lucía intentaba desarrollar una prueba literaria bajo un árbol mientras discutía con un alumno empeñado en que cualquier palabra podía rimar si se pronunciaba suficientemente mal; Mateo, que había cometido el error de hacerse responsable del marcador, estaba rodeado por siete niños que cuestionaban sus cálculos, y Mercedes recorría el patio intentando averiguar por qué había globos en una actividad en la que nadie recordaba haber autorizado globos.
Alma coordinaba la zona deportiva con una eficacia que me fastidiaba reconocer y yo trataba de convencer a tres alumnos de que «find something beginning with B» no significaba abandonar el recinto para buscar un burro cuando Alexander apareció a mi lado y quiso saber si lo teníamos todo controlado.
—Por supuesto. En diez minutos calculo que tendremos que avisar a Protección Civil, pero de momento la situación es excelente —le respondí.
Contempló el patio, valoró durante unos segundos aquel desastre y me preguntó qué podía hacer. Le entregué una lista y le señalé a un grupo que llevaba varios minutos deambulando sin encontrar su siguiente prueba.
Esperaba que utilizara su autoridad de director para devolverlos rápidamente a su sitio, pero cuando volví a mirar hacia ellos lo encontré agachado junto a un niño que se negaba a participar porque no le gustaba el nombre que sus compañeros habían elegido para el equipo.
En lugar de ordenarle que dejara de protestar, consiguió que los demás aceptaran añadir una palabra y cinco minutos después los cuatro regresaron al juego orgullosísimos de pertenecer a The Super Dragon Tigers. El nombre era espantoso, pero el conflicto había desaparecido.
Me quedé observándolo durante más tiempo del necesario. No había tenido ocasión de verlo tratar con los niños de aquella manera y me sorprendió la facilidad con la que se relacionaba con ellos.
No recurría a ese tono excesivamente dulce que algunos adultos utilizaban para hablar con los pequeños ni pretendía caerles bien haciendo el payaso; los escuchaba, les respondía con naturalidad y parecía asumir que sus problemas, por absurdos que resultaran desde fuera, eran importantes mientras ellos los estuvieran viviendo.
—Te has quedado mirando otra vez —comentó Alma a mi lado.
No la había oído acercarse. Venía a recoger unas tarjetas y, cuando seguí la dirección de sus ojos, comprendí que sabía perfectamente a quién estaba observando.
—No me he quedado mirando nada.
—Vale.
Solo dijo eso. Ni siquiera sonrió, pero reconocí inmediatamente el tono y me molestó comprobar que seguía teniendo el mismo efecto sobre mí. Durante años lo había utilizado cuando sabía que mentía y estaba dispuesta a concederme unos minutos hasta que terminara confesando por voluntad propia.
—Y tú tienes una prueba que organizar —le recordé—. Aparte de que no recuerdo haber levantado la veda y que me des cháchara.
Lo que ella levantó fueron las manos, recogió las tarjetas y se marchó sin añadir nada.
La seguí unos segundos con la vista y volvió a aparecer en mi cabeza la imagen de la tarde anterior, cuando Iván se había lanzado a abrazarla en mitad de la calle.
Algo se había movido desde entonces y todavía no sabía exactamente qué. Seguía siendo la persona que me había hecho un daño inmenso, seguía sin querer escuchar explicaciones y no estaba preparada para plantearme siquiera la posibilidad de recuperar la amistad que habíamos tenido.
Sin embargo, empezaban a colarse pequeños recuerdos de la mujer que había formado parte de mi familia durante casi toda mi vida, y resultaba bastante más sencillo odiar a la primera que aceptar que ambas habían sido siempre la misma persona.
No tuve tiempo para continuar pensando porque una niña apareció llorando con una rodilla raspada y, casi simultáneamente, alguien gritó que uno de los globos había terminado en un árbol.
Durante la siguiente hora Alexander y yo acabamos trabajando juntos casi sin decidirlo. Él resolvía una cosa mientras yo me ocupaba de otra, nos intercambiábamos alumnos, materiales e información y llegó un momento en que dejamos incluso de preguntarnos qué necesitaba el otro.
Si yo aparecía con un grupo que debía cambiar de estación, él ya sabía dónde enviarlo; si a Alexander le faltaba material, me bastaba con verlo buscar para indicarle dónde estaba. Funcionábamos bien juntos y aquella constatación me gustó bastante más de lo conveniente.
La situación empeoró cuando intentamos sujetar uno de los carteles que se había soltado de una pared.
Yo sostenía una esquina mientras Alexander colocaba cinta adhesiva en la otra y una ráfaga de viento consiguió que el papel se me viniera encima.
Él se acercó para ayudarme y terminó a mi espalda, sujetando el cartel por encima de mi cabeza mientras pasaba una mano junto a mi cintura para alcanzar el extremo inferior.
—No te muevas o esto se va a caer otra vez —me indicó cerca del oído.
—Eso es muy fácil decirlo cuando no tienes un cartel intentando envolverte.
—Yo tengo otras distracciones.
Giré ligeramente la cabeza y descubrí su cara mucho más cerca de lo necesario.
Había niños corriendo alrededor, Mateo seguía defendiendo la legitimidad de sus puntuaciones y Mercedes acababa de utilizar un silbato con una energía que probablemente podía escucharse desde otro municipio, pero durante unos segundos todo aquello pasó a segundo plano.
—¿Tú no descansas nunca?
—¿De qué?
—De tontear conmigo.
Alexander consiguió fijar por fin el cartel, aunque al terminar no retiró inmediatamente la mano que había quedado cerca de mi cintura.
—Podría intentarlo, si quieres.
—Hazlo.
—El problema es que no parece que quieras.
Me volví para contestarle y el movimiento hizo que sus dedos rozaran mi costado.
Fue un contacto breve sobre la ropa, perfectamente inocente si uno ignoraba todo lo que llevaba ocurriendo entre nosotros desde el lunes.
Alexander bajó los ojos hacia el lugar donde me había tocado y volvió después a mi cara, y tuve que recordarme que estábamos en mitad del patio de un colegio.
—Ve a ayudar a Mateo —le pedí.
—¿Me estás echando?
—Estoy delegando. Es una competencia profesional importantísima.
—Y tú eres tremendamente profesional.
Se marchó sonriendo y necesité unos segundos para recordar qué demonios pretendía hacer con la cinta adhesiva que todavía tenía entre las manos.
La actividad terminó cerca de la una y, contra todo pronóstico, ningún alumno montó un pollo, nadie necesitó puntos de sutura y las Naciones Unidas no tuvieron que intervenir.
Consideramos aquello un éxito rotundo. Los niños regresaron a las aulas y nosotros nos quedamos recogiendo el desastre: tarjetas por el suelo, botellas de agua, rotuladores sin tapa y cantidades de cinta adhesiva suficientes para embalar medio colegio.
Alma pasó junto a mí cargada con varios conos y me preguntó si necesitaba ayuda, haciendo caso omiso a lo de no darme cháchara. Mi primera reacción fue decirle que no, pero llevaba tantas cosas entre las manos que uno de los conos estaba a punto de caérsele.
—Vete tú, que ya termino esto. Como te caigas con todo eso, vamos a tener que rellenar un parte y hoy ya he cubierto mi cupo de desgracias.
Alma se detuvo apenas un segundo. La sorpresa que apareció en su expresión fue pequeña, aunque suficiente para que comprendiera que aquella era probablemente la primera vez desde su regreso que le hablaba sin intentar levantar inmediatamente una pared entre las dos.
—Gracias.
—No me las des. Me preocupa el papeleo, no tú.
Sonrió y siguió hacia el gimnasio. Yo la vi alejarse y me irritó descubrir que aquel intercambio insignificante me había resultado mucho menos difícil de lo que debería.
Si algo no podía negársele es que siempre fue luchadora e incluso ahora, embarazada, no bajaba la guardia en ningún momento. Ese era otro tema que me rayaba muchísimo: Alma iba a ser madre.