A un beso de volver a creer Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Durante unos segundos no vi a la mujer con la que llevaba días cruzándome en el colegio, sino a alguien a quien acababan de devolverle inesperadamente una parte de su vida.

Cruzó la calle cuando dejó de pasar un coche y se detuvo delante de nosotros mirando a mi hermano con los ojos muy abiertos.

—Madre mía, Iván. Pero ¿cómo has crecido tanto?

Él la examinó con bastante menos emoción y mucha más curiosidad antes de responder que comiendo, como si aquella fuera la explicación evidente y Alma no estuviera especialmente rápida aquella tarde.

Ella soltó una carcajada, se agachó un poco para verlo mejor y comentó que la última vez que lo había visto apenas le llegaba a la cintura. Iván protestó, asegurando que a los cinco años no era tan pequeño, y entonces hizo algo que no esperaba: dejó la bolsa de la papelería en el suelo y la abrazó.

Alma tardó apenas un instante en rodearlo con los brazos. Lo apretó contra ella con una emoción tan evidente que tuve que apartar la mirada durante unos segundos porque, de repente, ya no estaba viendo únicamente aquella calle.

Recordé a Alma paseando a Iván por el salón cuando era un bebé y mi madre llevaba dos noches durmiendo mal; recordé una tarde en la que consiguió darle un puré mientras yo sostenía que alimentar a aquel niño requería poderes sobrenaturales; recordé cumpleaños, tardes en el parque, fotografías y una voz que durante años había llamado a mi hermano “mi enano”.

Había estado presente desde prácticamente el día en que nació y yo nunca pensé en lo que significaría para ella desaparecer también de su vida.

Aquello era lo peor de reencontrarla. Si Alma hubiese sido únicamente la mujer que se acostó con Aitor, odiarla habría resultado mucho más sencillo.

El problema era que antes había sido mi amiga, casi una hermana, la persona que entraba en casa sin llamar y sabía dónde se guardaba todo; también había querido a Iván. La traición no borraba nada de aquello. Solo lo había convertido en algo doloroso.

Cuando se separaron, Alma mantuvo las manos sobre los brazos de mi hermano y le confesó que no sabía si se acordaría de ella.

Iván la miró como si la pregunta le pareciera bastante absurda y le recordó que había sido ella quien le regaló “el dinosaurio grande”.

Alma recordó inmediatamente que era verde.

Yo también: aquel dinosaurio había vivido dos años sobre la cama de Iván y después había acabado en una caja de juguetes que mi madre se negaba a tirar porque, según decía, algún día tendríamos que explicar a los arqueólogos cómo había sido nuestra familia.

Alma quiso saber cómo le iba en el colegio y cometió el error de preguntar qué llevábamos en las bolsas.

Iván aprovechó la oportunidad para explicarle su futuro sistema de defensa con todo lujo de detalles. Ella lo escuchó con la misma atención con la que años atrás escuchaba sus historias interminables sobre dragones, piratas y dinosaurios capaces de conducir coches.

Permanecí a su lado observándolos y sintiéndome extrañamente desplazada dentro de una escena que también pertenecía a mi propia historia.

Cuando terminaron, Alma recogió la bolsa que Iván había dejado en el suelo y se la entregó.

—Me ha encantado verte. Muchísimo.

—Pues vienes un día a casa —respondió él con absoluta naturalidad—. Mamá te hará croquetas.

Mi cabeza giró hacia mi hermano y Alma se quedó sin respuesta.

Antes de que aquello adquiriera dimensiones que no estaba preparada para manejar, aclaré que utilizar las croquetas de mi madre para captar invitados constituía una forma bastante baja de extorsión.

Iván, incapaz de entender por qué complicábamos tanto algo tan sencillo, recordó que a Alma siempre le habían gustado.

Ella bajó la mirada hacia él y sonrió.

—Me siguen gustando.

No intentó aprovechar la invitación. Tampoco me miró esperando que la confirmara ni utilizó a Iván para acercarse a mí. Se despidió de él revolviéndole el pelo, me dedicó un breve “hasta mañana” y siguió caminando calle abajo.

Iván esperó a que se alejara para preguntarme por qué Alma ya no era mi amiga.

Le expliqué que las personas mayores a veces se peleaban y, como era previsible, quiso saber por qué.

Contesté que había sido por cosas de mayores, fórmula que identificó inmediatamente como el equivalente adulto a “no pienso contártelo”.

Continuamos andando y pensé que había conseguido cerrar el asunto, pero apenas habíamos avanzado unos metros cuando volvió a hablar.

—A mí me sigue cayendo genial.

La frase me obligó a mirarlo. Para Iván, Alma no era una traidora ni la mujer con la que Aitor me había engañado durante siete meses.

Era alguien que lo había querido cuando era pequeño, que le había regalado un dinosaurio verde grande y que acababa de abrazarlo en mitad de la calle con una emoción que ni siquiera había intentado esconder.

—Puedes seguir queriéndola —le dije después de pensarlo un momento—. Lo que pasó entre ella y yo no tiene nada que ver contigo.

Aceptó aquella respuesta con una facilidad que me produjo cierta envidia y retomó inmediatamente la explicación del sistema de alarma. Yo lo escuché durante el resto del camino, aunque una parte de mi cabeza siguió atrapada en la imagen de Alma abrazándolo.

A la mañana siguiente entré en el colegio todavía removida por el encuentro y con el propósito de dedicarme exclusivamente a trabajar.

La intención duró hasta que encontré a Alexander junto a la puerta de mi aula, revisando unos documentos mientras esperaba a Mercedes. En cuanto me vio guardó el móvil en el bolsillo y volvió a dedicarme esa mirada lenta que empezaba a reconocer demasiado bien.

—Hoy no llevas café —observó.

—He decidido protegerte.

—Qué decepción. Empezabas a parecerme peligrosa.

—Deberías agradecerlo. Tu ropa vive mucho más tranquila desde que me conoces.

—Mi ropa no es exactamente lo que más me preocupa cuando te acercas.

Lo miré intentando decidir si realmente acababa de decir aquello a las ocho y media de la mañana en un pasillo lleno de niños. Alexander no pareció tener ningún problema con su comentario; al contrario, esperó mi reacción con una satisfacción que empezaba a resultarme peligrosa.

Abrí el aula y entré, pero él avanzó detrás de mí un par de pasos. Cuando le pregunté si necesitaba algo, negó con la cabeza y explicó que solo quería comprobar una cosa.

—¿El qué?

—Si hoy también te pongo nerviosa.

Me volví. A nuestro alrededor empezaban a entrar alumnos y profesores, de modo que la conversación no podía ir demasiado lejos, pero Alexander había descubierto que no necesitaba estar a solas conmigo para desestabilizarme.

—¿Y cuál es el resultado del experimento?

Me observó durante un instante antes de responder que todavía estaba recogiendo datos. Le recomendé que terminara pronto porque tenía clase, pero cuando me disponía a entrar del todo me llamó de nuevo. Al volverme, su expresión había perdido parte de la burla.

—Te queda muy bien ese jersey.

Precisamente aquel jersey.

El que había elegido, descartado y vuelto a elegir la mañana anterior sin querer admitir para quién lo estaba eligiendo.

—Vete a trabajar, Alexander.

—Eso intento, pero me distraigo bastante desde que llegué a este colegio.

Esta vez fui yo quien cerró la puerta antes de que pudiera seguir.

Al volverme, descubrí que veinticuatro alumnos me observaban desde sus mesas.

Nicolás Márquez levantó la mano con una lentitud sospechosa y preguntó si aquel era el nuevo director, pues era bastante despistado.

Confirmé que sí mientras dejaba los libros sobre mi mesa, esperando que el interrogatorio terminara allí.

Naturalmente, no terminó.

—¿Y por qué sonríe tanto cuando habla contigo?

El interés se propagó por el aula con una velocidad extraordinaria. Varias cabezas se volvieron hacia Nicolás y después hacia mí, y comprendí que acabábamos de alcanzar un nivel de evidencia que empezaba a resultar preocupante.

—Sacad el cuaderno de inglés.

Nicolás abrió la boca para insistir, pero bastó con pronunciar su nombre para que desistiera. Mientras escribía la fecha en la pizarra escuché el murmullo de los niños a mi espalda y tuve que contener una sonrisa.

Que Lucía hubiese advertido lo que estaba ocurriendo podía asumirlo. Que Mateo se hubiese dado cuenta entraba dentro de lo previsible. Incluso podía soportar que Mercedes empezara a sospechar algo.

El problema era que Alexander ya ni siquiera parecía interesado en disimular.

Y una parte de mí empezaba a sospechar que tampoco quería que lo hiciera.