Capítulo 9
El martes llegó bastante antes de lo que mi sentido común necesitaba y exactamente cuando el resto de mi cuerpo parecía estar esperándolo.
No me sentí particularmente orgullosa de aquella conclusión, sobre todo porque la alcancé mientras elegía qué ponerme para ir al colegio.
Llevaba años vistiéndome para trabajar sin convertir el proceso en una cuestión de Estado: ropa cómoda, razonablemente bonita y compatible con pasar horas de pie, agacharme junto a una mesa o perseguir a un niño que hubiera decidido abandonar el aula con unas tijeras en la mano.
Aquella mañana, sin embargo, cambié dos veces de jersey antes de descubrirme delante del espejo preguntándome cuál me favorecía más.
El simple hecho de formularme la pregunta consiguió que recuperara algo de dignidad, así que me puse el primero, aguanté treinta segundos, volví a quitármelo y acabé poniéndome el segundo.
—No significa nada. Está limpio, esa es la razón —le expliqué a Titán, que me observaba desde la cama con la cabeza apoyada sobre las patas delanteras.
El bostezo con el que recibió mi explicación me pareció ofensivo, aunque probablemente merecido.
Llegué al colegio decidida a comportarme con absoluta normalidad, propósito que mantuve aproximadamente hasta que crucé la entrada y vi a Alexander hablando con uno de los padres junto a recepción.
Llevaba pantalón oscuro, camisa blanca y una chaqueta que le sentaba de miedo, detalle que me pareció una provocación innecesaria a las ocho de la mañana.
Me vio antes de que pudiera decidir si saludarlo o continuar hacia las escaleras y, aunque siguió atendiendo al hombre que tenía delante, sus ojos se detuvieron en mí durante un instante.
Aquella mirada empezó en mi cara, descendió lo suficiente para que supiera perfectamente lo que estaba haciendo y regresó después a mis ojos. El muy jodido sonrió.
Continué hacia la sala de profesores con toda la serenidad que pude reunir y dejé el bolso sobre mi mesa.
Lucía estaba corrigiendo unos ejercicios y levantó la vista para darme los buenos días; debió de encontrar algo extraño en mi expresión porque preguntó si me ocurría algo.
Le aseguré que estaba perfectamente y ella, que me conocía lo suficiente para saber cuándo no merecía la pena insistir, volvió a sus papeles. Cinco minutos después apareció Alexander.
No necesitaba estar allí. La dirección quedaba en el otro extremo del pasillo y ningún asunto urgente justificaba que atravesara medio colegio a primera hora, pero entró con una carpeta bajo el brazo, saludó a los profesores que ya habían llegado y vino directamente hacia mi mesa.
—Buenos días, Claudia.
—Buenos días, director.
Se detuvo delante de mí y apoyó una mano sobre el respaldo de la silla vacía que tenía enfrente. La forma en que arqueó una ceja dejó claro que había advertido el cambio.
—¿Director? Ayer era Alexander.
—Ayer intentaste hacerme creer que ibas a besarme para coger una carpeta. Has perdido privilegios —le susurré.
No mostró el menor arrepentimiento; aseguró por lo bajo que él no había intentado hacerme creer nada, que necesitaba una carpeta y que había sido yo quien interpretó libremente la situación.
Cuando le recordé que estaba a tres centímetros de mi cara, quiso saber si los había medido y concluyó que, de no ser así, la cifra carecía de rigor científico.
—Lo que tú digas. La próxima vez llevaré una regla.
—¿Va a haber próxima vez?
La pregunta llegó acompañada de una sonrisa que consiguió que me arrepintiera inmediatamente de mi elección de palabras.
—Me refería a la próxima vez que intentes coger una carpeta.
—Yo también.
—No, no te referías a eso.
—Veo que hoy interpretas mejor las situaciones.
Lucía recogió entonces sus papeles y anunció que necesitaba marcharse.
Le recordé que faltaban veinte minutos para su clase, pero aseguró que necesitaba prepararse emocionalmente y se alejó con una sonrisa que prometía problemas futuros.
Alexander esperó a que estuviera fuera de nuestro alcance antes de inclinarse un poco hacia mí.
—De todas formas, me alegra saber qué pensaste que iba a hacer ayer.
Intenté aparentar un interés extraordinario por el horario que tenía delante. —No pensé nada.
—Claudia, estabas esperando que te besara.
Levanté la cabeza. Lo soltó con una naturalidad que me hizo mirar instintivamente alrededor para comprobar quién podía escucharnos. Los otros profesores estaban suficientemente lejos, aunque jamás había confiado en la acústica de aquella sala cuando había un cotilleo interesante de por medio.
—Tienes una autoestima preocupante.
—No es autoestima, soy observador.
La satisfacción con la que pronunció la frase me hizo sonreír a pesar de mis esfuerzos. Alexander lo vio y su expresión cambió ligeramente, menos burlona y bastante más interesada.
—Te vas a quedar con la duda —le aseguré.
—No creo.
Mercedes apareció en aquel momento reclamándolo por un problema con una autorización.
Alexander se incorporó, pero antes de marcharse levantó la carpeta que llevaba bajo el brazo y me explicó que era precisamente la del día anterior; había decidido llevarla encima para evitar futuros malentendidos.
Me eché a reír cuando ya se alejaba y tuve que soportar que Lucía regresara poco después con la expresión satisfecha de quien acaba de confirmar una hipótesis largamente estudiada.
—No quiero hablar del tema —le advertí.
—Yo tampoco. Me parece mucho más entretenido observarlo.
La mañana no contribuyó demasiado a que recuperara la sensatez. Alexander apareció en mi clase durante los últimos minutos de una actividad de conversación con quinto de Primaria y se quedó junto a la puerta escuchando.
Su presencia alteró inmediatamente a los alumnos, que interpretaron la aparición del director como si un inspector internacional hubiese acudido a evaluar su pronunciación.
Martina, que tenía que explicar en inglés qué quería ser de mayor, olvidó de repente que llevaba meses queriendo ser veterinaria y aseguró solemnemente que su sueño era convertirse en vegetable.
Cuando le expliqué que acababa de anunciar su intención de convertirse en verdura, se quedó pensativa y decidió que tampoco le parecía una opción tan mala porque le gustaban bastante.
Alexander se tapó la boca para disimular la risa y yo tuve que volverme hacia la pizarra para no perder la compostura.
Esperó a que los niños salieran y se acercó mientras recogía unas fichas que habían quedado sobre las mesas.
Le pregunté si su presencia obedecía a algún asunto concreto o había decidido iniciar una gira por mis clases, y explicó que Mercedes había aprobado la propuesta que preparamos la tarde anterior.
—Podías haberme mandado un correo —le señalé mientras ordenaba las fichas.
—Podía.
—O un mensaje. Incluso podías decírmelo después en la sala de profesores, teniendo en cuenta que apareces por allí con una frecuencia sospechosa.
Alexander asintió ante cada una de mis alternativas, sin molestarse en inventar una excusa.
Cuando le pregunté finalmente por qué había venido, se acercó y retiró con dos dedos una pequeña pegatina amarilla que se había quedado adherida a la manga de mi jersey.
Miró la estrella dibujada en ella, la dejó sobre la mesa y después volvió a mirarme.
—Porque así te veía.
No añadió ninguna broma que me permitiera responder con otra. Tampoco sonrió. Lo dijo con una sencillez que convirtió una frase aparentemente inocente en algo mucho más difícil de manejar.
—¿Esto también forma parte de tus nuevas funciones como director?
—No. Esta parte me interesa bastante más.
Antes de que encontrara una respuesta que no me dejara en evidencia, salió del aula.
Me quedé unos segundos mirando la puerta y comprendí que ya no podía refugiarme en la posibilidad de estar imaginando cosas.
Alexander no solo estaba flirteando conmigo; parecía haberse propuesto disfrutar del proceso.
Aquella tarde recogí a Iván porque mi madre tenía cita en la peluquería y, según ella, obligar a un niño de nueve años a pasar hora y media en un establecimiento de ese tipo constituía una vulneración de varios tratados internacionales.
Mi hermano salió de las extraescolares cargando una mochila que parecía preparada para una expedición de tres meses y me informó, antes incluso de saludarme, de que necesitaba cartulina negra, dos pilas pequeñas, pegamento, un motor eléctrico y posiblemente un imán.
La presencia del “posiblemente” me preocupó bastante más que el resto de la lista.
—Todavía estoy desarrollando el proyecto —me explicó cuando quise saber para qué necesitaba semejante material.
—Eso me tranquiliza muchísimo. ¿Qué estamos construyendo?
—Un sistema de defensa para mi habitación.
Intenté averiguar contra quién necesitaba defenderse un niño de nueve años que vivía únicamente con su madre, pero Iván respondió que nunca se sabía. Cuando le pregunté si el enemigo era precisamente mi madre, evitó contestar con una habilidad que me pareció jurídicamente significativa.
Pasamos por una papelería del barrio y salimos cargados con más cosas de las que aparecían en la lista inicial.
Iván intentaba convencerme de que necesitaba también cinta aislante cuando se detuvo de repente en mitad de la acera. Seguí la dirección de su mirada y tardé apenas un segundo en verla.
Alma venía por la acera contraria con una pequeña bolsa de supermercado en una mano y el móvil en la otra. Llevaba ropa deportiva y una chaqueta ligera abierta sobre una camiseta. Cuando levantó la cabeza y nos vio, redujo el paso.
Mi reacción fue inmediata y completamente irracional: sentí que todo mi cuerpo se ponía en guardia, preparado para proteger un espacio que consideraba mío, aunque ni siquiera supiera de qué tenía que protegerlo.
Iván no compartía ninguno de mis conflictos.
—¡Alma!
Su voz atravesó la calle antes de que pudiera reaccionar. Alma se quedó quieta y la expresión que apareció en su cara consiguió desarmarme mucho más que cualquier intento de acercamiento.