Capítulo 8 #2
Me volví para contestarle y descubrí que había calculado mal la distancia. Estábamos demasiado cerca para una conversación sobre programación escolar.
Le pregunté qué quería decir y él recordó, con evidente diversión, que hacía un minuto hablaba sin parar y ahora parecía fascinada por un calendario. Respondí que estaba pensando, pero aquella explicación tampoco pareció convencerlo.
—Tengo la impresión de que te pongo nerviosa —me confesó al fin, dejando el bolígrafo sobre una pequeña estantería.
La seguridad con la que lo dijo consiguió que recuperara inmediatamente mi capacidad para defenderme.
—Eres mi jefe, Alexander. Me produces aproximadamente la misma excitación que una inspección educativa.
Su sonrisa apareció antes de que terminara la frase.
—Eso ha sonado mucho menos convincente de lo que pretendías.
—Entonces tendrás que trabajar tu capacidad para interpretar a los demás.
Quise regresar a la mesa y descubrí que el espacio para pasar entre él y un pequeño mueble era bastante estrecho.
Podría haber esperado a que se apartara, pero no lo hice.
Avancé y mi brazo rozó su pecho; esta vez ninguno de los dos fingió que el contacto había pasado inadvertido.
Cuando levanté los ojos, Alexander ya no sonreía de la misma manera.
Su atención descendió durante un instante hasta mi boca y volvió después a mis ojos.
Ahí terminó cualquier posibilidad de convencerme de que todo aquello existía únicamente en mi imaginación.
Alexander me deseaba.
La certeza debería haber bastado para hacerme retroceder, pero permanecí donde estaba.
Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que un hombre consiguió que fuera tan consciente de mi propio cuerpo y, aunque una parte sensata de mí repetía que aquello era una idea espantosa, otra empezaba a sentir una curiosidad mucho más difícil de controlar.
—Esto es una pésima idea —murmuré.
—Todavía no he hecho nada.
—Ese es precisamente el problema.
Soltó una risa baja y acortó un poco más la distancia. Seguía sin tocarme, aunque ya no necesitaba hacerlo para que la situación estuviera completamente alejada de cualquier relación profesional razonable.
Me advirtió que podía apartarse si quería y le recordé que nadie se lo impedía; él señaló que yo disfrutaba exactamente de la misma libertad.
No retrocedió ninguno.
Durante unos segundos estuve segura de que iba a besarme. No fue una fantasía ni una interpretación optimista: vi cómo volvía a mirar mi boca, advertí el cambio en su respiración y sentí que mi propia atención se reducía a los escasos centímetros que nos separaban.
Alexander levantó una mano y mi estúpido cuerpo reaccionó antes que mi cerebro.
Su brazo pasó junto a mi cabeza. Cogió una carpeta de la estantería. Después se apartó.
Tardé un momento en comprenderlo y, cuando lo hice, la indignación sustituyó a cualquier otra sensación.
—¿En serio?
Alexander empezó a reírse.
—¿Qué ocurre?
—Eres imbécil.
—Necesitaba la carpeta.
—Pues enhorabuena. Ya la tienes.
Regresé a la mesa y empecé a guardar mis cosas, consciente de que mi dignidad acababa de sufrir un percance importante.
Lo peor no era que hubiera jugado conmigo; lo peor era haber descubierto cuánto deseaba que no hubiese sido un juego.
Durante aquellos segundos había querido que me besara con una intensidad que no estaba preparada para analizar.
Él dejó la carpeta sobre la mesa y comentó que todavía nos faltaba terminar el calendario. Le respondí que podía esperar al día siguiente porque Titán llevaba horas en casa y necesitaría salir.
La mención del perro despertó inmediatamente su curiosidad; cuando le expliqué que tenía un gran danés, sonrió y aseguró que aquello explicaba muchas cosas, aunque fue incapaz de especificar cuáles. Ya tenía la mano sobre el picaporte cuando añadió que ahora quería conocerlo.
—Titán no acepta a cualquiera —le advertí.
—Entonces tendré que caerle bien.
La respuesta me acompañó hasta el pasillo.
Había llegado a las escaleras cuando Alexander volvió a llamarme.
Venía detrás de mí con el móvil que yo había dejado sobre su mesa.
Se lo agradecí y fui a cogerlo, pero nuestros dedos permanecieron juntos alrededor del teléfono durante un instante más largo de lo necesario.
Aquella vez ninguno podía refugiarse en la excusa de un pasillo estrecho o un calendario.
Antes de volver a su despacho, recuperó la conversación anterior.
—Por cierto, has mentido.
—¿Sobre qué?
—La inspección educativa. No te pone tan nerviosa como yo.
Se marchó antes de que pudiera contestarle.
Durante el trayecto a casa intenté convencerme de que no había sucedido gran cosa. Habíamos trabajado, habíamos tonteado y Alexander había demostrado que conocía perfectamente el efecto que empezaba a producirme.
No hubo beso ni una declaración ni nada que alterara oficialmente nuestra relación. Sin embargo, cuando abrí la puerta y Titán acudió a recibirme, comprendí que llevaba todo el camino pensando en un único momento: aquel en el que levantó la mano y yo estuve segura de que iba a tocarme.
Salí a pasear con el perro poco después y, mientras Titán investigaba cada árbol del barrio con una dedicación propia de un inspector de policía, terminé confesándole lo que no habría reconocido delante de ninguna persona.
—Ha estado a punto de besarme. Bueno, técnicamente ha cogido una carpeta, pero antes de la carpeta estaban pasando cosas.
Titán continuó ocupado con un árbol y agradecí que no pudiera juzgarme. Habían transcurrido cuatro años desde Aitor y, durante ese tiempo, tuve alguna cita y un par de historias demasiado breves para significar nada.
Nunca me preocupó. Después de lo ocurrido, estar sola había resultado mucho más sencillo que volver a confiar en alguien y terminé construyendo una vida en la que no sentía que faltara ninguna pieza imprescindible.
Alexander estaba removiendo algo diferente.
Ni siquiera pensaba todavía en confianza, relaciones o futuro; lo que sentía por él era mucho más inmediato.
Quería saber cómo besaba. Quería comprobar qué habría ocurrido si aquella mano, en lugar de alcanzar la carpeta, hubiese terminado en mi cara.
Y, por encima de todo, quería volver al colegio al día siguiente para descubrir qué haría cuando nos encontráramos.
Titán tiró de la correa y tuve que acelerar para seguirlo.
Mientras recorríamos la calle, comprendí que aquella era probablemente la parte que más debería preocuparme.
Durante años había asociado cualquier posibilidad sentimental con el miedo a equivocarme otra vez, y esa prudencia me había resultado cómoda.
Con Alexander, en cambio, empezaba a ocurrirme algo que no había previsto. Sabía que podía ser un problema.
Y aun así tenía unas ganas enormes de que llegara el martes.