Capítulo 8
El lunes descubrí que existía algo peor que encontrarte a tu ex mejor amiga en el trabajo: encontrártela antes de haber desayunado.
Alma estaba en la entrada del colegio a las ocho menos cuarto, agachada frente a una alumna de tercero que lloraba porque se le había roto una de las asas de la mochila.
Para cuando llegué, ya había conseguido improvisar una reparación con una cinta que no supe de dónde sacó y la niña la contemplaba con esa admiración que los pequeños reservaban para los adultos capaces de arreglar juguetes, curar heridas o proporcionar chocolate en momentos de emergencia.
Las saludé al pasar y continué hacia el edificio principal, procurando que la escena no me afectara más de lo necesario.
No llevaba nada de tiempo trabajando allí y Alma ya había adquirido una familiaridad con el colegio que a otras personas les costaba meses.
Conocía a bastantes niños por su nombre, había descubierto qué puerta del gimnasio se atascaba, sabía dónde escondía Mateo las galletas y hasta Mercedes empezaba a confiarle pequeñas tareas que no encargaba a cualquiera.
La situación habría resultado mucho más sencilla si hubiese sido una profesora mediocre, antipática o incapaz de distinguir a un alumno de otro; por desgracia, parecía buena en su trabajo y conservaba aquella facilidad para integrarse que yo había conocido desde niña.
Cuando me alcanzó unos minutos después y me deseó los buenos días, respondí sin detenerme.
Ella tampoco intentó prolongar la conversación y aquello me produjo una irritación difícil de justificar: desde nuestra discusión había respetado escrupulosamente la distancia que le pedí, así que ni siquiera podía acusarla de invadir mi espacio.
La sala de profesores ofrecía una normalidad bastante más reconfortante.
Lucía peleaba con la fotocopiadora, Mateo desayunaba delante del ordenador mientras corregía exámenes y Mercedes revisaba el cuadrante de sustituciones con expresión de llevar trabajando desde antes del amanecer.
Dejé mis cosas, preparé el material para la primera clase y estaba comprobando unos ejercicios cuando Alexander entró, saludó a los demás y cruzó la habitación hasta detenerse junto a mi mesa.
Desde el incidente del café había procurado no conceder demasiada importancia al hecho de que mi nuevo director fuese uno de los hombres más atractivos que había conocido.
El mundo estaba lleno de personas guapas con las que una podía convivir sin desnudarlas mentalmente y, hasta entonces, yo había demostrado una capacidad bastante aceptable para comportarme como una adulta.
—Buenos días. Necesito robarte un rato al término de las clases —me comentó mientras dejaba una carpeta junto a mis papeles.
Le pregunté si pretendía hacerlo en calidad de director o de persona a la que todavía debía una camisa, y Alexander bajó la vista hacia la que llevaba puesta, azul claro y afortunadamente libre de manchas.
La deuda textil, según me explicó, podíamos negociarla otro día; lo que necesitaba era adelantar la organización de las jornadas culturales y concretar conmigo varias actividades en inglés antes de presentar la propuesta al resto del equipo.
Mientras hablaba abrió la carpeta, se inclinó para señalarme unas fechas y su brazo rozó el mío. El contacto fue tan insignificante que habría resultado patético concederle importancia, aunque durante unos segundos dejé de escuchar cualquier cosa relacionada con jornadas, grupos o programación.
Me obligué a concentrarme en el documento mientras Alexander seguía explicándome lo que necesitaba.
Estaba demasiado cerca y, para empeorar una situación que ya me parecía suficientemente poco profesional, olía muy bien.
Mi cerebro decidió registrar aquel dato con una eficacia extraordinaria, muy superior a la que empleaba para recordar dónde dejaba las llaves.
Cuando terminó, me preguntó si podía quedarme después de las clases y acordamos vernos a las cuatro en su despacho. Ya estaba recogiendo la carpeta cuando se inclinó ligeramente hacia mí para advertirme, en voz más baja, que aquel día no llevaba camisa de repuesto.
—Entonces mantente alejado de cualquier bebida que esté en mis manos —le aconsejé.
—Pensaba hacer justo lo contrario y confiar en tus progresos —me respondió antes de marcharse con una sonrisa.
Esperé a que saliera y ni siquiera necesité levantar la cabeza para saber que Lucía me estaba observando desde la fotocopiadora.
Le advertí que no quería escuchar una sola palabra, aunque ella aseguró con una inocencia lamentable que únicamente sentía curiosidad por saber qué clase de progresos esperaba exactamente el director de mí.
Mateo levantó la cabeza del ordenador dispuesto a incorporarse a la conversación y decidí que había llegado el momento perfecto para irme a clase.
La mañana avanzó entre verbos irregulares, ejercicios de comprensión y una rebelión lingüística organizada por Nicolás Márquez, que se negaba a aceptar que el plural de mouse fuera mice porque, según él, los ingleses complicaban las cosas sin ninguna necesidad.
Intenté explicarle que los idiomas no se diseñaban mediante votación democrática, pero aquello solo consiguió que propusiera una recogida de firmas para modificar la palabra.
Al final de la clase ya había reclutado a siete compañeros y yo había prometido considerar formalmente su propuesta cuando alcanzaran el millón de adhesiones, aunque se mostró bastante decepcionado al descubrir que el rey de Inglaterra tampoco tenía autoridad directa sobre los plurales irregulares.
Salí riéndome y casi choqué con Alma, que esperaba en el pasillo al siguiente grupo.
Nos apartamos al mismo tiempo y ella se disculpó antes de que uno de los niños que la acompañaban empezara a contarme, orgullosísimo, que aquella mañana habían aprendido a tomarse el pulso y que el suyo era “rapidísimo porque estaba muy vivo”.
Me reí y Alma hizo lo mismo. Durante unos instantes, la escena adquirió una normalidad que me resultó más difícil de soportar que cualquiera de nuestras discusiones, porque reconocí su risa y recordé cientos de momentos parecidos, conversaciones sin importancia que habían constituido la mayor parte de nuestra amistad.
Años atrás jamás habría tenido que pensar antes de reírme con ella; ahora hasta un gesto tan sencillo parecía pertenecer a un territorio que no sabía si quería volver a pisar.
A las cuatro menos cinco, el colegio empezó a vaciarse. Los pasillos adquirieron ese aspecto extraño de las tardes, cuando desaparecían las carreras, las mochilas y las voces y solo quedaban algunos profesores terminando trabajo.
Durante unos minutos consideré la posibilidad de escribirle a Alexander y proponerle aplazar la reunión. Estaba cansada, tenía cosas que corregir y Titán necesitaría salir en cuanto llegara a casa, razones todas ellas perfectamente válidas.
La que no pensaba reconocer era que llevaba desde las ocho de la mañana demasiado pendiente de que a las cuatro estaríamos solos en su despacho.
Llegué dos minutos tarde y Alexander me recibió acusándome de falta de puntualidad.
Le recordé que dos minutos no constituían retraso y que, si pretendía imponer disciplina en el claustro, debía empezar por Mateo, que llevaba cinco años apareciendo tarde en cualquier reunión convocada antes de las diez.
Él señaló la silla situada frente a su mesa y me recordó que Mateo no le había arrojado un café encima durante su primer día de trabajo, así que disponía de cierto margen.
La facilidad con la que habíamos empezado a bromear me sorprendía; apenas nos conocíamos y, sin embargo, con él no experimentaba esa etapa inicial en la que una mide cada comentario antes de saber cómo va a recibirlo la otra persona.
Durante casi una hora trabajamos sin que sucediera absolutamente nada que justificara las teorías de Lucía.
Revisamos propuestas, distribuimos actividades y discutimos sobre la conveniencia de involucrar a determinados cursos. Alexander tenía buenas ideas, aunque algunas demostraban que todavía no conocía suficientemente a nuestros alumnos.
Cuando sugirió organizar un debate abierto con segundo de Secundaria, le advertí que aquello podía terminar requiriendo la intervención de Naciones Unidas; eran buenos chicos, pero si les proporcionábamos un micrófono y libertad temática, antes de veinte minutos estarían debatiendo sobre la legitimidad de los exámenes de los lunes y por qué el comedor consideraba que tres croquetas constituían una ración completa.
Alexander se rio, tachó la propuesta y me pidió una alternativa.
Trabajar con él resultaba demasiado fácil.
No imponía su criterio por ocupar la dirección, escuchaba y cambiaba de opinión cuando encontraba mejores argumentos; además, tenía un sentido del humor que aparecía en los momentos menos esperados y que hacía que una reunión sobre actividades escolares pudiera resultar divertida.
Aquello empezó a preocuparme bastante más que su físico.
Que un hombre me pareciera atractivo podía reducirse a una cuestión biológica; disfrutar esperando sus respuestas, provocándolo deliberadamente para hacerlo reír y querer saber qué pensaba sobre asuntos que no tenían nada que ver con el colegio pertenecía ya a otra categoría.
Cerca de las cinco me levanté para consultar el calendario grande que había en una de las paredes. Estaba comprobando las fechas cuando se acercó con el documento que acabábamos de preparar y propuso reservar un jueves para las actividades de Secundaria.
Le recordé que ese día tenían programada una salida de ciencias y él se aproximó para corregir la anotación.
No llegó a tocarme, pero quedó a mi espalda, lo bastante cerca para que percibiera su cuerpo mientras escribía junto a una fecha, y tuve que prestar una atención desproporcionada al calendario para recordar qué estábamos haciendo.
Me preguntó si el miércoles podía funcionar y respondí que sí sin volverme. Mi voz sonó normal, lo que consideré una pequeña victoria, aunque Alexander tardó demasiado en apartarse.
—¿Siempre te concentras tanto cuando trabajo cerca de ti? —me preguntó.