Capítulo 7 #2
Mateo intervino desde la cafetera para informarme de que Alexander le había pedido lo mismo el día anterior y todavía conservaba su empleo.
Le respondí que seguramente se debía a que el nuevo director aún no sabía suficiente sobre él, y Alexander se marchó riéndose después de aclararme que no tenía intención de despedir a nadie.
Esperé a que saliera antes de regresar a mis ejercicios. Lucía, que estaba sentada frente a mí, esperó bastante menos.
—Te mira muchísimo —comentó, inclinándose sobre sus papeles para que los demás no escucharan demasiado.
—Mira a todo el mundo.
—A Mateo no lo mira así.
—Mateo tiene barba.
—Alexander también.
—Pues quizás no le guste la competencia.
Intenté continuar corrigiendo, aunque marqué como incorrecta una respuesta que estaba perfectamente bien.
Lucía debió de advertirlo porque sonrió antes de recordarme que el día anterior me había preguntado tres veces si quería azúcar y no le respondí porque estaba demasiado ocupada observando a Alexander mientras se remangaba la camisa.
Aquello despertó el interés de Mateo, que abandonó la cafetera para preguntar qué tenían de especial las mangas. Recogí mis fichas antes de que la conversación empeorara y les anuncié que eran todos insoportables.
—Solo digo una cosa —añadió Lucía mientras me dirigía a la puerta—: tú también lo miras.
No me molesté en responder.
Alexander me esperaba con varios documentos extendidos sobre la mesa.
Durante los veinte minutos siguientes hablamos exclusivamente de trabajo.
Quería organizar unas jornadas culturales antes de Navidad y pensaba introducir actividades en inglés para varios cursos, de modo que necesitaba mi opinión.
Le propuse algunas ideas, descartamos otras y terminamos elaborando un esquema bastante razonable.
Lo irritante fue descubrir que también me gustaba hablar con él.
Hasta entonces podía reducir el problema a una cuestión física. Era un hombre atractivo y punto. Pero Alexander escuchaba, tenía sentido del humor y no parecía especialmente interesado en ejercer de director todopoderoso.
Cuando le expliqué que una de sus propuestas era estupenda sobre el papel, pero acabaría con tres profesores encerrados en el almacén llorando antes del recreo, se rio y la tachó sin intentar defenderla.
Al terminar cerró la carpeta, aunque antes de que me levantara me preguntó si estaba mejor.
—¿Mejor de qué?
—El otro día, después de hablar con Alma, parecías bastante alterada.
Me sorprendió que se hubiera dado cuenta y también que recordara el nombre. Respondí que estaba bien y que aquello era una historia antigua, pero Alexander no hizo preguntas. Se limitó a aceptar mi respuesta y a comentar que se alegraba.
Entonces volvió a mirarme de aquella manera.
Ya no podía atribuirlo a un patio lleno de gente, a una reunión ni a una conversación profesional. Estábamos solos y la carpeta estaba cerrada. Sus ojos recorrieron mi cara durante unos segundos y tuve la certeza de que no era Lucía quien estaba imaginando cosas.
Me levanté antes de comprobar hasta dónde podía llegar aquella certeza.
Cuando salí del despacho, la norma de no liarme con compañeros seguía intacta, pero empezaba a presentar grietas preocupantes.
Por desgracia, la jornada todavía tenía preparada otra escena.
A última hora coincidimos varios profesores en la sala para organizar las actividades de la semana siguiente.
Alma estaba sentada al otro extremo de la mesa revisando una lista de alumnos y hablaba con los demás con una naturalidad que demostraba que ya había dejado de ser “la nueva”. Aquello continuaba ofuscándome, aunque empezaba a cansarme incluso de mi propio enfado.
En mitad de la reunión levantó la cabeza y me preguntó si conservaba el mismo número de teléfono. Necesitaba crear un grupo para coordinar unas actividades deportivas con los tutores y, según explicó, le faltaba el mío.
La pregunta me desconcertó por lo que tenía de cotidiana.
Durante años, Alma había conocido mi número de memoria.
Me había llamado a cualquier hora, había sido la primera persona a la que recurría para contar casi todo y probablemente todavía podía recitar aquellos nueve dígitos sin consultar el móvil.
Ahora tenía que pedírmelos delante de nuestros compañeros.
—Sí, sigo teniendo el mismo —le confirmé, sacando el teléfono—. Pero si ya lo tienes, puedes añadirme directamente.
—Lo recuerdo —me respondió, y durante un instante las dos supimos que aquella conversación trataba de algo más que de un grupo de profesores—. No sabía si lo habías cambiado.
Asentí y regresé a mis papeles.
Fue entonces cuando advertí que Alexander acababa de entrar en la sala. Se encontraba junto a una estantería buscando unos documentos y, al levantar la cabeza, nuestros ojos coincidieron.
No sé cuánto tiempo llevaba allí ni qué parte de la conversación había escuchado, pero volvió a observarme con esa atención que ya empezaba a resultarme demasiado evidente.
—¿Qué? —le pregunté, antes de pensar si era apropiado interpelar así al director delante de media plantilla.
—Nada.
—Me estabas mirando.
Mateo se concentró de pronto muchísimo en su taza, mientras Lucía agachaba la cabeza para esconder una sonrisa.
Alexander no pareció especialmente preocupado por la audiencia.
—¿No me digas?
Aquella respuesta consiguió que la sala entera adquiriera un interés extraordinario por cualquier cosa que no fuéramos nosotros dos.
Mercedes examinó una carpeta, Lucía se mordió el labio y Mateo bebió café con la satisfacción de quien acababa de recibir entretenimiento gratuito para todo el fin de semana.
Lo peor fue que mi cerebro, normalmente bastante útil para el lenguaje, solo encontró una respuesta.
—Joder…
En cuanto pronuncié la palabrota quise recuperarla, pero Alexander sonrió, encontró los documentos que buscaba y salió de la sala con una naturalidad que me pareció ofensiva.
Esperé hasta que desapareció por el pasillo y señalé a mis compañeros antes de que nadie abriera la boca.
—No quiero escuchar ni una palabra.
Mateo consiguió contenerse unos cinco segundos antes de preguntarme si podía comunicarse mediante gestos. Lucía empezó a reírse y hasta Mercedes tuvo que disimular mientras fingía ordenar unos papeles.
Recogí mis cosas, les comuniqué que eran una pandilla de imbéciles y abandoné la sala antes de que convirtieran aquello en un debate colectivo sobre mi vida sentimental.
Aquella noche, ya en casa, me tumbé en el sofá mientras Titán ocupaba una superficie suficiente para alojar a una familia de cuatro miembros.
Había pasado toda la semana intentando acostumbrarme a la presencia de Alma, pero resultaba irónico que fuera Alexander quien terminara acompañándome mentalmente hasta casa.
Le expliqué a Titán mi norma laboral mientras le acariciaba una oreja. Nunca me liaba con compañeros porque aquello evitaba problemas, rumores y situaciones que podían resultar muy poco elegantes cuando llegara el lunes.
Acostarme con mi director no solo vulneraría la norma, sino que la pisotearía, la incendiaría y después bailaría sobre sus cenizas.
Titán bostezó sin mostrar el menor respeto por mi dilema.
—Además, ni siquiera sabemos si le gusto —le recordé, aunque aquella era probablemente la mentira más floja que había pronunciado durante toda la semana.
Pensé en las miradas, en la conversación de su despacho y en aquella desinhibida respuesta, a modo de interrogación, pronunciada delante de todos.
Después recordé las mangas remangadas, lo cual no aportaba absolutamente nada al análisis, pero mis hormonas parecían considerar aquel detalle de enorme relevancia científica.
Alma estaba embarazada y, sin embargo, empezaba a sospechar que las hormonas más revolucionadas de todo el colegio eran las mías.
Me acomodé en el sofá y Titán aprovechó para colocarme una pata gigantesca encima de las piernas. Quizás mi madre tenía razón y debía concentrarme en mi vida, en mi trabajo y en mantenerme lejos de los problemas que otros habían provocado años atrás.
La teoría era estupenda.
Solo tenía un pequeño inconveniente: últimamente, cada vez que pensaba en mantenerme lejos de los problemas, el primero que me venía a la cabeza medía más de metro ochenta, llevaba barba de unos días y tenía su nombre escrito en la puerta del despacho de dirección.