Capítulo 7
Los días siguientes fueron bastante más caóticos de lo que habría deseado y, para mi desgracia, el problema no procedía de una sola dirección.
Por un lado, estaba Alma, que finalmente logró el puesto de profesora de educación física y parecía poseer el don sobrenatural de aparecer en cualquier lugar del colegio al que yo decidiera dirigirme.
Por otro estaba Alexander, que continuaba siendo mi nuevo director, seguía estando escandalosamente bueno y había adquirido la desconcertante costumbre de mirarme más de lo que mi estabilidad hormonal consideraba prudente.
Mercedes me comunicó la contratación de Alma el martes por la mañana.
Lo hizo con bastante tacto, quizás porque conocía ya una versión resumida de nuestra historia y sabía que la noticia no iba a entusiasmarme.
Alma había obtenido la mejor valoración entre todos los candidatos: tenía experiencia, excelentes referencias y, por lo visto, durante la prueba había conseguido que un grupo de niños de diez años obedeciera varias instrucciones consecutivas sin que ninguno terminara lesionado, perdido o discutiendo sobre las reglas.
—Me alegro muchísimo —le aseguré a Mercedes mientras ordenaba unos ejercicios sobre su mesa—. Es competente, encantadora, maravillosa y probablemente capaz de conseguir que los niños hagan una pirámide humana mientras recitan la tabla periódica. ¿Qué más podemos pedir?
Mercedes levantó la cabeza y me observó por encima de las gafas.
—Claudia, no tienes que fingir conmigo. Sé que la situación es complicada y procuraré que…
—No quiero ningún trato especial —la interrumpí—. Si era la mejor candidata, tenía que conseguir el puesto. Soy una mujer adulta, tengo veintinueve años y puedo compartir edificio con alguien a quien no soporto sin cometer ningún delito.
Lo dije convencida. El colegio tenía tres plantas, dos patios, un gimnasio, biblioteca, comedor, despachos y suficientes pasillos para que dos mujeres pudieran desarrollar sus respectivas jornadas laborales sin verse más de lo imprescindible.
Aquella teoría sobrevivió aproximadamente una hora.
Me encontré a Alma en la fotocopiadora; poco después apareció cargada de balones en el pasillo de primero y, cuando entré en la sala de profesores durante el recreo, estaba sentada en una de las mesas hablando con Lucía.
El miércoles fue peor. La vi antes incluso de llegar a mi primera clase, coincidimos en el comedor y, a última hora, salió del gimnasio justo cuando yo atravesaba el patio con un grupo de alumnos.
Para el jueves había empezado a sospechar que el colegio se encogía durante mi ausencia o que Alma disponía de varias copias de sí misma distribuidas estratégicamente por el edificio.
Lo verdaderamente irritante, sin embargo, no era verla. Era comprobar que seguía teniendo la misma facilidad para caer bien que tuvo toda su vida.
En menos de una semana se aprendió los nombres de todos los profesores, descubrió que Lucía compartía con ella una afición incomprensible por una serie de televisión y consiguió que Mateo le contara medio divorcio durante un recreo.
A mí me había costado dos cursos enterarme de que aquel hombre había estado casado; Alma necesitó tres días para conocer hasta el nombre de la abogada.
Los alumnos tampoco ayudaban. El jueves, mientras repartía unas fichas de inglés, Pablo decidió informarme de que la nueva profesora corría muchísimo y, sin saber por qué, consideró imprescindible añadir que corría bastante más que yo.
Le recordé que nunca me había visto correr en condiciones normales, pero el niño poseía memoria suficiente para rescatar un incidente del curso anterior en el que perseguí por medio colegio al hámster de la clase de ciencias.
—Aquello no cuenta porque llevaba zapatos —le expliqué mientras dejaba una ficha sobre su mesa—. La señorita Alma trabaja con zapatillas deportivas y ropa adecuada. Si queréis hacer comparaciones serias, al menos tendréis que garantizar la igualdad de condiciones.
Pablo aceptó el razonamiento, aunque enseguida añadió que Alma también saltaba muy alto y sabía hacer el pino.
Cuando Martina levantó la mano para preguntarme qué habilidades deportivas tenía yo, comprendí que la conversación se estaba desviando hacia terrenos poco favorables.
—Tengo muchísimas cualidades que no necesito demostrar públicamente —les aclaré, procurando recuperar cierta dignidad.
—¿Cuáles? —preguntó Martina con verdadero interés.
Las carcajadas del resto me hicieron desistir.
Durante el recreo descubrí de dónde procedía el entusiasmo. Dos grupos de cuarto habían empezado a discutir durante un partido porque las reglas cambiaban cada vez que uno de los equipos perdía, y Alma intervino antes de que la discusión terminara en tragedia.
Diez minutos después había organizado un juego en el que participaba medio patio. Daba instrucciones, corría con ellos y se reía cuando alguno intentaba hacer trampas; no necesitaba levantar la voz para que le hicieran caso y, para empeorar las cosas, parecía disfrutar de verdad.
—Es buena —me comentó Lucía, que estaba a mi lado terminándose un bocadillo.
—No he dicho que no lo sea.
—Tampoco has dicho que lo sea.
—Se acostó con mi prometido, Lucía, no suspendió unas oposiciones. Puedo reconocer que es buena profesora y seguir deseando que trabaje a cuarenta kilómetros de mí.
Lucía sonrió y me señaló las manos. Sin darme cuenta, llevaba varios minutos doblando y desdoblando la esquina de una servilleta, así que la tiré a la papelera antes de que pudiera utilizarla como prueba de mi estado mental.
En ese momento, uno de los balones salió disparado y rodó hasta mis pies.
Mateo me pidió desde el otro extremo del patio que se lo devolviera y cometí el error de recordar que Alma estaba mirando.
No sé qué mecanismo infantil se activó dentro de mí, pero retrocedí un poco y golpeé la pelota con una seguridad completamente incompatible con mis capacidades deportivas.
El balón salió hacia la derecha, rebotó contra una papelera, golpeó la pared y acabó debajo de un banco mientras los niños empezaban a reírse.
—Era un pase con efecto —anuncié, antes de que alguien pudiera hacer comentarios.
Pablo, que se encontraba cerca, contempló la trayectoria.
—¿Con efecto hacia dónde, seño?
—Hacia la papelera. Y casi ha entrado, así que un poquito de respeto.
Alma también se estaba riendo. Reconocí su risa antes incluso de mirarla y aquello me desagradó de una forma que no esperaba, porque durante unos segundos no vi a la mujer que había regresado embarazada de Aitor ni a la compañera que me encontraba cada mañana en la fotocopiadora.
Recordé a mi amiga, la que se habría reído exactamente igual cuatro años atrás si hubiera presenciado semejante desastre.
Aparté la atención y fue entonces cuando descubrí a Alexander en una de las puertas que comunicaban el edificio con el patio.
Estaba hablando con Mercedes, aunque dejó de hacerlo cuando nuestras miradas coincidieron. Señaló con la cabeza hacia la papelera y, cuando pasé cerca de él para regresar al interior, me felicitó por el disparo.
—Estaba calculado —le aseguré, sin concederle la satisfacción de reconocer mi fracaso—. Hay una técnica complejísima detrás y no espero que todo el mundo pueda apreciarla.
—Yo la he apreciado —me respondió, y la sonrisa que acompañó a sus palabras hizo que olvidara durante un segundo qué demonios iba a contestarle—. Sobre todo, la parte en la que has estado a punto de derribar la papelera.
Seguí andando antes de hacer alguna tontería. Lucía me alcanzó poco después y comentó que, al menos, alguien parecía apreciar mucho mis cualidades. Le pedí que se callara, pero ya era demasiado tarde para engañarme a mí misma: Alexander me miraba.
No fue una impresión nacida únicamente de aquel momento. Empecé a comprobarlo durante los días siguientes.
En las reuniones, aunque otro profesor tuviera la palabra, alguna vez levantaba la vista de mis papeles y descubría su atención dirigida hacia mí; si coincidíamos en un pasillo, el saludo se prolongaba con cualquier comentario y, cuando entraba en la sala de profesores, tenía la extraña sensación de que reparaba en mi presencia antes de ocuparse del motivo que lo había llevado allí.
Aquello habría resultado mucho más sencillo si Alexander no me atrajera.
Siempre había tenido una norma clarísima respecto al trabajo: compañeros sí, líos no.
Me parecía una medida elemental de higiene emocional.
Podía tomar cervezas con ellos, conocer a sus parejas, escuchar sus problemas y asistir a cenas de Navidad en las que inevitablemente terminaba descubriendo detalles que jamás había solicitado; lo que no pensaba hacer era acostarme un sábado con alguien a quien tendría que pedir el lunes que me dejara utilizar la fotocopiadora.
Con el director, además, la cuestión adquiría dimensiones aún más disparatadas. No solo trabajábamos juntos, sino que era mi jefe. Cualquier persona con dos neuronas funcionales habría comprendido que aquello constituía territorio prohibido.
Yo tenía dos neuronas funcionales. El problema era que también tenía hormonas.
Y las muy traidoras parecían llevar cuatro años esperando una oportunidad para rebelarse.
El viernes, mientras corregía ejercicios en la sala de profesores, Alexander entró con una carpeta bajo el brazo.
Había cinco personas alrededor de la mesa, pero vino directamente hacia mí y me pidió que pasara por su despacho cuando terminara porque quería consultarme una propuesta para las actividades del trimestre.
—¿He hecho algo? —le pregunté, levantando la cabeza.
—¿Por qué supones inmediatamente que has hecho algo?
—Porque eres el director y acabas de decir “necesito hablar contigo”. Eso sigue produciendo el mismo efecto a los veintinueve años que cuando un profesor te pedía que te quedaras al terminar la clase.