Capítulo 6
Titán me recibió en casa con el entusiasmo de quien llevaba seis horas convencido de que su propietaria había muerto y nadie se había molestado en comunicarle la tragedia.
Apenas cerré la puerta, empezó a inspeccionarme las manos, el bolso y hasta los bolsillos de la chaqueta en busca de algo interesante.
—Tenemos un problema —le anuncié mientras intentaba avanzar con él pegado a las piernas—. Bueno, tenemos varios, pero uno de ellos pesa tela y me está impidiendo llegar a la cocina.
Titán me dejó pasar y fue detrás de mí.
—Alma está embarazada de Aitor. No sé por qué, pero nunca la imaginé siendo madre. Y menos reproduciéndose con el energúmeno ese. Pero claro, teniendo en cuenta que era su marido, quizás fuera el candidato perfecto. Claro está que ninguno de los dos conoce la lealtad, lo que nos lleva a pensar que…
Abrió la boca y empezó a jadear.
—No sonrías. Esto es serio.
Saqué una cerveza de la nevera y comprobé que, aparte de unos tomates, queso y medio paquete de fiambre, mis posibilidades de almorzar algo decente eran escasas. Mientras preparaba un plato improvisado, continué poniendo al perro al corriente de los acontecimientos.
—Además quiere trabajar en mi colegio porque dice que necesita el dinero. Resulta que Aitor la ha dejado y ha vuelto sola. Embarazada. ¿Tú te lo puedes creer?
Titán se sentó junto a la nevera.
—No pongas cara de pena porque no pienso sentirla. Y no me mires así; tú no te acuerdas de Alma.
Probablemente sí conservaba algún recuerdo. Cuando era cachorro había jugado con ella muchas veces y Alma lo adoraba, aunque después se marchó con Aitor y el perro pasó a formar parte de las cosas que les sobraron.
—Y ni se te ocurra ponerte contento si vuelves a verla. Tenemos una reputación que mantener.
El timbre interrumpió mi discurso. Titán salió disparado hacia la entrada y lo seguí después de advertirle que, si era Alma, tenía permiso para fingir que no había nadie en casa.
Al abrir, encontré a mi madre con un recipiente de comida en una mano e Iván a su lado.
—Te he traído croquetas.
—Hola a ti también.
—Hola. Te he traído croquetas —repitió, entrando mientras Iván se escurría a mi lado para lanzarse directamente sobre Titán.
—¡Que no salte! —protestó mi madre cuando el perro se levantó sobre las patas traseras—. Claudia, controla a este animal.
—Mamá, pesa más que yo.
—Pues no haberlo criado tanto.
—No funciona así.
—Algo habrás hecho. Cuando Aitor te lo dejó era muchísimo más pequeño.
—Era un cachorro.
—Pues ahí tienes la explicación.
Decidí no discutir de biología canina y llevé las croquetas a la cocina. Mi madre me siguió mientras Iván se quedaba en el salón intentando convencer a Titán de que participara en un juego cuyas normas parecían consistir en lanzar una pelota contra diferentes muebles.
—¿Qué te pasa? —me preguntó.
—¿Por qué todo el mundo me hace hoy la misma pregunta?
—Porque tienes cara de una muerta, hija.
—Esa es mi cara.
—Y un jamón. Como el que llevan las croquetas, por cierto.
Aquello resultaba difícil de rebatir. Saqué otra cerveza y se la ofrecí; cuando la aceptó, comprendí que la visita iba para largo.
—He hablado con Alma.
Mi madre dejó de abrir la botella.
—¿Qué?
—Ha aparecido hoy en el colegio para hacer una prueba. Están buscando a alguien para sustituir al profesor de Educación Física, que se marcha a otro centro.
Se sentó a la mesa y tardó unos segundos en ordenar la información.
—¿Pero esa tiparraca no tiene toda la ciudad para buscar trabajo?
—Eso mismo le he preguntado yo, aunque creo que mi versión incluía también gimnasios y un circo.
—¿Y qué te ha dicho?
—Que necesita trabajar.
—¿Y Aitor?
Bebí un poco antes de responder.
—La ha dejado.
Mi madre arqueó las cejas.
—Ya, su jodida especialidad.
—Se han separado. Ha vuelto sola.
—Anda.
Aquel “anda” contenía cuatro años de opiniones que había tenido la prudencia de reservarse.
—Espera, que todavía no he llegado a la parte buena. Está embarazada de tres meses.
Mi madre bajó la botella.
—¿Alma?
—No, mamá. Mateo, el profesor de matemáticas.
—No te pongas graciosa. ¿Y Aitor la ha dejado estando embarazada?
—Eso parece.
Reflexionó durante unos instantes antes de negar con la cabeza.
—Pues vaya hijo de puta. Ya lo he dicho.
—Mamá.
—¿Qué? Una cosa no quita la otra. Lo que os hicieron fue una canallada y no voy a cambiar de opinión, pero abandonar a una mujer embarazada tampoco me parece para darle un premio.
Iván apareció en la puerta de la cocina justo en aquel momento.
—¿Quién es un hijo de puta?
Mi madre cerró los ojos.
—Tú no has oído eso.
—Sí lo he oído.
—Pues desóyelo.
—Eso no existe.
—A partir de hoy sí.
Mi hermano me miró con mayor interés.
—¿Puedo comer croquetas?
—Sí.
—Entonces lo otro me da igual.
Cogió dos del recipiente y regresó al salón. Lo vimos marcharse y empecé a reírme.
—Ese niño tiene las prioridades mucho más claras que nosotras.
—Mucho más claras que tú, desde luego.
—¿Qué significa eso?
Mi madre tomó un sorbo de cerveza antes de responderme.
—Que tienes veintinueve años, una vida estupenda, un trabajo que te gusta, tu casa, tu familia y un perro que podría defender él solo una fortaleza medieval. No permitas que vuelvan a meterte en una historia de la que te costó muchísimo salir.
—No pienso hacerlo.
—Pues no pareces dispuesta a dejar de hablar de Alma.
—Porque ha aparecido en mi colegio embarazada del hombre con el que iba a casarme. Concédeme al menos veinticuatro horas de desconcierto.
—Cuarenta y ocho.
—Gracias. Eres generosa.
—Después se acabó.
Alargué la mano hacia las croquetas y mi madre me dio un pequeño manotazo.
—Esas son para mañana.
—Son mías.
—Precisamente. Si te las comes hoy, mañana no tienes.
Cogí una de todos modos y fuimos al salón, donde descubrimos que Iván había conseguido colocarle a Titán una camiseta mía alrededor del cuello.
—¿Qué has hecho?
—Es SuperTitán.
—Esa camiseta es mía.
—Ahora es su capa.
Mi madre examinó al perro.
—Le queda mejor que a ti.
—Gracias por venir a apoyarme en este momento tan delicado de mi vida.
Terminamos devorando las croquetas destinadas al día siguiente.
Iván me contó un conflicto gravísimo ocurrido en su colegio a causa de un intercambio de cromos; mi madre aportó una teoría completa sobre la necesidad de respetar los acuerdos alcanzados entre dos personas, aunque tuvieran nueve años, y Titán recorrió alternativamente nuestras posiciones a la espera de que alguna croqueta encontrara por accidente el camino hacia el suelo.
Durante aquel rato, Alma dejó de ocuparme la cabeza.
Cuando mi madre e Iván se marcharon, recogí los platos y regresé al salón. Titán seguía llevando mi camiseta al cuello porque no había conseguido convencer a Iván de que un superhéroe podía terminar su jornada laboral.
Me senté a su lado y le acaricié una oreja.
—Vaya día hemos tenido.
Pensé en Alma, en el bebé que esperaba y en Aitor. También en la posibilidad de encontrarla cada mañana en los pasillos si finalmente conseguía el trabajo.
Sin embargo, unos segundos después apareció otra imagen que no tenía absolutamente nada que ver con ellos: una camisa blanca cubierta de café y, unas horas más tarde, otra bastante mejor conservada.
Miré a Titán.
—Ah, y el nuevo director está buenísimo.
El perro levantó la cabeza y me dedicó unos segundos de atención.
—Pero eso no tiene ninguna importancia.
Titán volvió a acomodarse.
—Exactamente. Ninguna.
Ojalá hubiera estado tan segura como pretendía.