Capítulo 5
No era la frase brillante que había imaginado durante cuatro años para un hipotético reencuentro con Alma, pero tenía una ventaja considerable: expresaba con bastante precisión lo que pensaba.
Ella permaneció a unos metros de mí, con la bolsa de deporte colgada del hombro y aquella coleta que empezaba a producirme una aversión difícil de justificar ante cualquier peluquero.
Ya se había cambiado la ropa con la que hizo la prueba; llevaba unos vaqueros y una sudadera, aunque seguía teniendo el mismo aspecto espectacular que recordaba. Algunas injusticias de la vida se mantenían intactas con el paso del tiempo.
—He venido por el puesto de educación física —me respondió, señalando con un gesto innecesario hacia el patio.
—Esa parte ya la he deducido. Te he visto.
—No sabía que trabajabas aquí.
Solté una risa carente de humor y acomodé contra el pecho la carpeta que llevaba bajo el brazo. La explicación no mejoraba nada; de hecho, saber que su aparición no había sido premeditada me molestaba de una manera diferente, porque significaba que el azar había decidido divertirse conmigo.
—Pues ya lo sabes.
Alma dio un paso hacia mí y levanté una mano antes de que pudiera acortar más la distancia.
—Ahí estás estupendamente.
—Claudia, por favor, solo quiero hablar contigo cinco minutos.
—Pues yo no. Así que el “por favor” puedes ahorrártelo y, ya que estamos haciendo limpieza, también puedes guardarte cualquier explicación que lleves cuatro años preparando. No quiero escucharla.
—No he preparado ninguna explicación —me aseguró, y por un instante apareció en su cara un gesto que conocía demasiado bien, una pequeña arruga entre las cejas que le salía cuando intentaba convencerme de algo—. Pero alguna vez tendremos que hablar.
—No veo por qué.
Dos alumnos aparecieron al fondo del pasillo y bajé la voz. Una cosa era enfrentarme a la mujer que se había acostado durante siete meses con mi prometido y otra proporcionar material suficiente para alimentar el recreo durante el resto del curso.
—Escúchame bien porque esto sí me interesa que lo entiendas.
Este es mi lugar de trabajo. Llevo años aquí, conozco a todo el mundo, estoy muy bien y no tengo ninguna intención de empezar a venir cada mañana preguntándome en qué pasillo voy a encontrarte.
Así que hazme un favor por una vez en tu vida y no cojas este trabajo.
Alma abrió los ojos, sorprendida.
—No puedes pedirme eso.
—Acabo de hacerlo.
—Me han dicho que tengo muchas posibilidades.
—Pues renuncias. Te presentas en otro colegio, en un gimnasio, en un centro deportivo… No sé, Alma, hasta en un circo. Con ese equilibrio y ese culo, seguro que encuentras algo.
—Claudia.
—¿Qué? Siempre has estado muy orgullosa de tu culo. No veo ahora el problema.
Los alumnos pasaron junto a nosotras y me saludaron. Respondí con mi mejor sonrisa de profesora adulta, equilibrada y perfectamente capaz de gestionar sus emociones, y esperé a que doblaran la esquina antes de recuperar la conversación.
Alma se acomodó la bolsa en el hombro y respiró hondo.
—Necesito el trabajo.
—¿Necesitas trabajar?
—Sí.
—Vaya. Qué situación tan novedosa.
—No hace falta que te burles.
—¿Y qué pasa con tu maridito? —le pregunté, incapaz de evitar que la palabra saliera cargada de veneno—.
Porque me enteré de que os casasteis. No porque preguntara, no te emociones; ya sabes cómo funciona el barrio.
Aquí alguien cambia de champú y, antes de llegar a la farmacia, mi madre conoce la marca, así que imagínate una boda.
Alma bajó los ojos durante un instante.
—Sí. Nos casamos.
—Qué bonito. Al final pudisteis aprovechar la experiencia de organizar la mía.
—Claudia, no hagas eso.
Aquella petición terminó de enfadarme. Durante siete meses me habían mentido mientras escogía vestido, restaurante, flores y mesas; después se marcharon juntos y construyeron su vida a cientos de kilómetros de la mía.
Cuatro años más tarde regresaba ella para pedirme que no hiciera daño con mis palabras.
—Tienes razón. Perdona. No quisiera resultar desagradable. ¿Te has vuelto idiota o qué? Que estoy ironizando…
Me dispuse a marcharme, pero Alma volvió a llamarme. Continué andando hasta que escuché algo que consiguió detenerme antes de alcanzar las escaleras.
—He vuelto sola.
Me giré despacio. No quería preguntar qué significaba aquello y, al mismo tiempo, mi cabeza ya había empezado a buscar respuestas.
—¿Aitor sigue trabajando fuera?
—Sí.
—Entonces, ¿qué significa que has vuelto sola?
—Que ya no estamos juntos.
La observé tratando de encajar la información. Mi primera reacción fue tan mezquina que me avergoncé de ella en cuanto apareció: sentí satisfacción.
Una satisfacción instantánea, pequeña y miserable ante la constatación de que no habían sido felices para siempre después de destrozarme la vida. El tiempo no había convertido su traición en la gran historia de amor que quizás ellos imaginaron.
—Vaya —murmuré—. Qué pena.
—Sé que tienes motivos para odiarme.
—Qué perceptiva.
—Y sé que lo que hicimos estuvo mal. Sé que no tengo derecho a pedirte nada después de…
—No.
Alma interrumpió la frase y yo avancé un par de pasos hacia ella. Había esperado demasiado tiempo para dejar clara aquella parte.
—No vas a hacer esto aquí. Ni hoy ni ningún otro día.
No vas a explicarme por qué ocurrió, ni que no pudisteis evitarlo, ni cuánto lo lamentas ahora que vuestra preciosa historia de amor ha terminado mal.
Porque hay algo que me interesa bastante más: si todo hubiera salido fenomenal, si siguierais juntos y felices, ¿habrías vuelto para pedirme perdón?
La pregunta la obligó a demorarse antes de responder.
—Sí.
—No me lo creo.
—Pues es verdad. Llevaba tiempo pensándolo.
—Y a mí me da exactamente igual.
Me encaminé de nuevo hacia las escaleras, pero esta vez su voz llegó detrás de mí antes de que pudiera bajar el primer peldaño.
—Estoy embarazada.
Volví la cabeza.
Durante unos segundos desaparecieron el colegio, las clases que todavía me quedaban por dar y hasta la rabia que había dirigido aquella conversación.
Mis ojos descendieron casi por instinto hacia su abdomen. Con la sudadera holgada no se apreciaba nada y, aunque aquella mañana la había visto con mallas y camiseta deportiva, tampoco había advertido ningún cambio.
—¿De Aitor?
Asintió.
—Estoy de tres meses.
—Enhorabuena.
La palabra me salió por educación, porque mi madre me había criado para felicitar embarazos incluso cuando la embarazada era la última persona del planeta a la que me apetecía felicitar.
—Gracias.
—No lo decía de corazón.
—Ya me imaginaba.
Aquella respuesta, tan propia de la Alma que conocí, me hizo más daño del que habría querido admitir.
Durante una fracción de segundo reconocí a mi amiga, a la niña que se cortó el flequillo conmigo, a la adolescente que me obligó a acercarme al primer chico que me gustó y a la mujer a la que elegí para acompañarme el día de mi boda.
No quería encontrar a aquella persona dentro de la mujer que tenía delante.
—¿Aitor te ha dejado embarazada?
—No quiero hablar de él.
—Fenomenal. Por fin estamos de acuerdo en algo.
—Solo necesitaba que entendieras por qué no puedo rechazar el puesto. He vuelto hace poco, tengo que buscar una casa, organizar mi vida y necesito trabajar. No te estoy pidiendo que me perdones, Claudia.
—Pues no me cuentes tus problemas.
—No pretendía…
—No me conviertas en la persona a la que vienes a contarle que Aitor te ha dejado —la interrumpí, esta vez sin levantar la voz—. No me hagas eso también.
La expresión de Alma cambió y por un momento pensé que iba a llorar. No esperé a comprobarlo. Bajé las escaleras y continué hasta mi siguiente clase sin volver la cabeza.
El resto de la jornada resultó bastante complicado.
Lucía intentó averiguar qué había sucedido en cuanto me vio entrar en la sala de profesores; Mateo, que debía de poseer algún mecanismo interno para detectar desgracias ajenas, quiso saber si había sobrevivido a “la conversación del pasillo”, y hasta Mercedes me preguntó si me encontraba bien.
Conseguí esquivarlos a todos y me refugié en mis clases, aunque explicar inglés mientras una parte de mi cabeza repetía “Alma está embarazada de Aitor” no mejoró precisamente mi rendimiento docente.
A última hora, cuando me dirigía hacia la salida, me crucé con Alexander y recordé que aquella mañana había conseguido reunir en menos de tres horas a mi ex mejor amiga, el embarazo de esta y el torso escaldado de mi nuevo jefe.
Él llevaba otra camisa y la mancha de café había desaparecido junto con cualquier prueba material de mi delito.
—Veo que has tomado precauciones —le comenté, señalándola.
Alexander siguió mi gesto y sonrió.
—He considerado venir mañana con impermeable.
—No sería mala idea.
—Mercedes me ha asegurado que normalmente eres menos peligrosa.
—Mercedes me tiene cariño y procura proteger mi reputación.
—También me ha dicho que eres una de las mejores profesoras del centro.
Aquello consiguió descolocarme mucho más que la broma. Hasta entonces nuestra relación se había limitado a que yo le arrojara café hirviendo sobre el pecho y él demostrara una tolerancia bastante admirable hacia las agresiones laborales.
—Ah. Bueno… supongo que Mercedes también exagera de vez en cuando.
—No me ha parecido una mujer que exagere.
—Entonces tendremos que aceptar su criterio.
Alexander sonrió y señaló el vaso vacío que yo llevaba todavía en la mano.
—¿Eso es café?
—Agua.
—Excelente decisión.
—No pienso volver a acercarme a ti con líquidos a más de veinte grados.
—Me tranquiliza saber que ya existe un protocolo.
Me despedí y seguí hacia la salida con una sonrisa que desapareció cuando crucé la puerta del colegio. Bastante tenía ya para empezar a analizar por qué Alexander me parecía mucho más atractivo cuando me halagaba.