Capítulo 4 #2
Lucía empezó a reírse otra vez y yo decidí que necesitaba alejarme de allí antes de comprobar si Alma me había visto. Me despedí con la excusa de que tenía que imprimir unas fichas y avancé por el pasillo intentando recuperar algo parecido a la normalidad.
Llegué a la esquina, giré la cabeza para asegurarme de que nadie venía detrás y continué andando hacia delante, parándome para sacar un café de la máquina.
Aquello explica lo que sucedió después.
Choqué contra alguien.
El golpe fue suficientemente fuerte para hacerme retroceder y mi mano reaccionó con el entusiasmo de una catapulta medieval.
El vaso de café salió disparado hacia arriba, describió una trayectoria que tuve tiempo de contemplar con un horror extraordinariamente lúcido y volcó prácticamente todo su contenido sobre el pecho del hombre que acababa de aparecer frente a mí.
—¡Dios mío!
Él separó los brazos del cuerpo mientras el café descendía por su camisa blanca.
—Joder, joder, joder. Perdón.
—Tranquila.
—No, tranquilo, no. Te he abrasado.
—Está caliente, pero creo que sobreviviré.
—¿Seguro?
—Por ahora mantengo las constantes vitales.
Alcé la vista por primera vez.
Y aquello tampoco ayudó.
El desconocido debía de rondar los treinta y muchos.
Era alto, ancho de hombros y llevaba una camisa que, antes de que yo la convirtiera en una instalación de arte contemporáneo, probablemente le sentaba de maravilla.
Tenía el pelo oscuro, barba corta y unos ojos marrones que bajaron hacia la enorme mancha extendida por su pecho.
—Vaya estreno —comentó.
—¿Estreno?
Antes de que pudiera responderme, Mercedes apareció por el otro extremo del pasillo.
Miró al hombre. Miró la camisa. Miró el vaso vacío que yo todavía sujetaba.
—Cielo santo, Claudia.
—Ha sido un accidente.
Mercedes se acercó.
—¿Te has quemado?
—Estoy bien —le aseguró él.
—Ha aparecido de repente —expliqué.
El hombre levantó una ceja.
—Venía andando por un pasillo.
—Pero en sentido contrario al mío.
—Suele ocurrir en los pasillos.
Mercedes se llevó una mano a la frente.
—Claudia, acabas de tirarle un café entero al nuevo director.
Mi cerebro necesitó unos instantes para procesar la información.
Miré al desconocido. Después a Mercedes. Volví a mirarlo.
—¿Tú eres el director?
—Eso me han asegurado esta mañana.
Cerré los ojos.
—Perfecto.
—Podría haber sido peor.
Los abrí.
—¿Cómo?
Él contempló su camisa.
—Podrías haber pedido el café doble.
No sabía si agradecerle el intento de quitar importancia al asunto o marcharme del país.
—Normalmente no recibimos así a los nuevos miembros del equipo —le explicó Mercedes.
—Habla por ti —intervino Mateo, que acababa de aparecer atraído, probablemente, por el olor a desgracia—. Claudia tiene métodos propios.
—Mateo, vete.
Se acercó al nuevo director y le tendió la mano.
—Mateo, matemáticas. Bienvenido. Veo que ya has conocido a nuestra profesora de inglés.
—Claudia —añadí, porque al parecer mi nombre todavía no había sido pronunciado suficientes veces durante mi humillación.
—Alexander —se presentó él.
Por supuesto.
Tenía que llamarse Alexander. Un hombre al que acababa de bañar en café no podía llamarse Paco y ser feo o, al menos, molesto de ver.
—Voy a buscarte algo para la camisa —propuso Mercedes.
—Tengo otra en el coche.
—Menos mal —murmuré.
Me oyó.
—¿Sueles atacar dos veces?
—Solo a la dirección. Con el resto del personal mantengo relaciones bastante cordiales.
Mateo soltó una carcajada.
—Te va a encantar este colegio.
Mercedes consiguió finalmente llevarse al nuevo director hacia su despacho y esperé a que desaparecieran antes de volverme hacia Mateo.
—Una palabra y te mato.
—No he dicho nada.
—Pero lo vas a hacer.
—Por supuesto.
Lucía apareció corriendo desde el otro extremo.
—¿Qué ha pasado?
Mateo levantó una mano.
—Yo te lo cuento.
—Tú no cuentas nada.
—Claudia ha bautizado al nuevo director con un latte.
—Era un café con vainilla.
—Perdón. Información fundamental.
Lucía me miró y, para mi desgracia, empezó a reírse.
—No tiene gracia.
—Un poco sí.
—Alma está en el patio, puede convertirse en nuestra nueva compañera y yo acabo de quemarle el pecho al director. ¿Qué parte te resulta divertida?
—Vista desde fuera, casi toda.
Me marché antes de que alguno decidiera aportar algo más.
La siguiente hora fue un desastre. Expliqué dos veces el mismo ejercicio, escribí Wednesday sin la segunda “d” y llamé Sergio a un alumno que llevaba tres años en mi clase y se llamaba Álvaro.
—Miss Claudia, ¿estás bien? —me preguntó Nicolás.
Cuando Nicolás Márquez empezaba a preocuparse por mi capacidad de concentración, la situación era grave.
—Perfectamente.
—Has puesto mal Wednesday.
Borré la palabra.
—Era una prueba.
—¿Para nosotros?
—Para mí. Y la he suspendido.
Al terminar la clase me quedé recogiendo con más lentitud de la necesaria. Mi plan consistía en evitar el patio, la sala de profesores, la zona de administración y cualquier otro lugar donde pudiera encontrarme con Alma, Alexander o alguien que quisiera hablarme de cualquiera de los dos.
Era un plan ambicioso teniendo en cuenta que trabajábamos todos en el mismo edificio.
Esperé cinco minutos antes de salir. El pasillo parecía despejado.
Avancé hacia las escaleras.
—Claudia.
Reconocí la voz antes de volverme.
Durante cuatro años había imaginado en alguna ocasión qué haría si volvía a encontrarme con ella.
En algunas versiones la ignoraba con una elegancia magnífica.
En otras pronunciaba una frase devastadora que llevaba años perfeccionando sin saberlo y después me marchaba dejándola incapaz de responder.
Ninguna de mis fantasías incluía llevar una carpeta de dibujos infantiles bajo el brazo, una pegatina de una estrella adherida accidentalmente a la manga y restos de café seco en los dedos después de haber escaldado a mi nuevo jefe.
Me volví. Alma estaba a unos metros.
Había terminado la prueba y llevaba una sudadera encima de la ropa deportiva. La coleta seguía allí. También aquella cara que conocía demasiado bien y que, a pesar de cuatro años de ausencia, mi memoria no había necesitado reconstruir.
—Hola —me saludó.
Pensé en todas las cosas que podría responder.
Elegí la peor.
—¿Tú qué mierda haces aquí?