Capítulo 4
Los lunes tenían mala fama por motivos perfectamente justificados, aunque hasta aquella mañana nunca había considerado que pudieran organizarse personalmente para destruirme la vida.
Llegué al colegio a las ocho menos cuarto con un café en una mano, el bolso colgado del hombro y la sensación bastante satisfactoria de haber conseguido salir de casa sin olvidar nada.
Había dejado a Titán desayunando después de explicarle, por tercera vez, que el cojín del sofá no era un enemigo al que debiera destripar durante mi ausencia, llevaba preparados los ejercicios de quinto y hasta había corregido los exámenes que pensaba devolver aquella mañana. Para ser lunes, rozaba la excelencia.
—Buenos días, señorita puntualidad —me saludó Mateo cuando entré en la sala de profesores.
Mateo daba matemáticas en Secundaria y llevaba años empeñado en demostrar que su asignatura podía resultar divertida. Hasta el momento no había conseguido convencer a ningún alumno, pero mantenía una fe admirable en el proyecto.
—Son menos cuarto.
—Precisamente. Quince minutos antes de que te paguen por existir.
—Me pagan por enseñar inglés.
—Eso dices tú.
Dejé el bolso sobre una silla y protegí mi café cuando intentó acercar una mano.
—Ni se te ocurra.
—Solo quería saber qué llevas.
—Café.
—Eso no es café. Tiene espuma.
—El café puede tener espuma.
—También huele a vainilla.
—Porque es un café sofisticado. No todo en la vida tiene que saber a sufrimiento y fotocopias, Mateo.
Abrió la boca para responderme, pero la entrada de Lucía, profesora de lengua, lo distrajo. Llegaba cargada con una carpeta rosa, de lo más abultada, y la expresión de quien ya había tenido una discusión antes de las ocho de la mañana.
—Un padre acaba de preguntarme si puedo cambiar la fecha del examen porque el viernes se van a esquiar.
—¿Y puedes? —le pregunté.
—Claro. También puedo presentarme yo en su casa el sábado, hacerle el examen al niño y prepararle después unas tostadas.
Mateo levantó su taza.
—Esa es la actitud docente que necesitamos.
Lucía dejó la carpeta sobre la mesa y me miró.
—¿Te has enterado de lo del director?
Habíamos estado casi dos meses sin director titular desde que el anterior aceptó un puesto en otro centro.
Durante ese tiempo, la jefa de estudios había asumido tantas funciones que comenzaba a responder a preguntas que nadie le había formulado y a amenazar con abandonar la enseñanza para montar un chiringuito.
—¿Qué pasa con el director?
—Llega hoy.
—¿Ya?
—Eso ha dicho Mercedes. Y viene de un colegio de Madrid bastante importante.
Mateo hizo una mueca.
—¿Importante de qué tipo? ¿De los que enseñan latín a niños de cuatro años?
—De los que cobran una mensualidad que permitiría alquilar un apartamento —le aclaró Lucía.
—Ah. De esos. O sea, todavía más pijo que este.
La conversación derivó hacia las posibles características del nuevo director.
Mateo apostó por un hombre de cincuenta y tantos años, traje gris, corbata azul y afición por convocar reuniones que podían resolverse mediante un correo electrónico.
Lucía añadió que probablemente utilizaría expresiones como “sinergias educativas” y “excelencia transversal”.
Yo estaba explicando que, mientras no pretendiera organizar actividades de convivencia los sábados, estaba dispuesta a recibirlo con los brazos abiertos cuando Mercedes apareció en la puerta.
—Buenos días. Os recuerdo que hoy tendremos bastante movimiento.
—Hablábamos precisamente del nuevo director —le expliqué.
—Ya me imaginaba. Intentad no asustarlo durante la primera semana.
Mateo pareció ofendido.
—¿Por quién nos tomas?
Mercedes lo observó.
—Por personas a las que conozco desde hace años.
No le faltaba razón.
La jefa de estudios consultó la carpeta que llevaba bajo el brazo y aprovechó para explicarnos que aquella mañana también se llevarían a cabo varias entrevistas para el puesto en educación física.
El profesor titular tenía previsto un traslado y no era plan de que los críos no pudieran desfogar cuando se marchara. Vaya, que era una cuestión de vida o muerte.
La información me interesó aproximadamente tres segundos.
—¿Tenemos que hacer algo?
—Tú, dar clase.
—Estupendo. Se me da fenomenal.
—Hay distintas opiniones al respecto —aportó Mateo.
Le enseñé el dedo corazón aprovechando que Mercedes miraba su agenda.
Mi primera hora transcurrió con absoluta normalidad.
Nicolás Márquez decidió que el present perfect constituía un ataque personal contra la infancia; dos alumnos olvidaron el cuaderno y María Domínguez, una de mis alumnas más ingeniosas, me preguntó por qué los ingleses necesitaban tantas formas verbales para hablar del pasado cuando todo había ocurrido ya y podían dejar de complicarnos la existencia.
No supe qué responderle.
A las nueve salí de clase convencida de que aquella niña tenía un futuro brillante en lingüística o en política revolucionaria. Me dirigía a la sala de profesores cuando escuché un silbato procedente del patio.
No habría prestado atención de no ser porque una pelota cruzó por delante de las puertas de cristal y un grupo de alumnos salió corriendo detrás. Recordé entonces que las pruebas de educación física se realizarían durante toda la mañana y me acerqué por simple curiosidad.
Fue un error. Un error gigantesco. El primero de una sucesión extraordinaria de errores.
En el centro de la pista había una mujer de espaldas, vestida con unas mallas negras y una camiseta deportiva blanca. Llevaba una coleta alta.
Me detuve en mitad del pasillo. No. Ni hablar. Aquello no podía estar pasando.
Había miles de mujeres con coleta. Millones, probablemente. La coleta era uno de los peinados más extendidos de la historia de la humanidad y yo no iba a desarrollar un trauma asociado a una goma del pelo solo porque hubiera visto a Alma unos días antes.
La mujer dio unas palmadas.
—¡Venga, otra vez! ¡Pero ahora quiero que os mováis! ¡Eso parecía el desfile de Semana Santa!
Conocía esa voz. Me acerqué un poco más al cristal.
—No puede ser.
La mujer se volvió para recoger una pelota.
Era Alma.
Retrocedí tan deprisa que golpeé con el hombro un tablón de anuncios y conseguí que tres circulares, el cartel de una excursión y el menú del comedor se desprendieran al mismo tiempo.
—Mierda.
Me agaché para recogerlos, aunque mis manos parecían haber perdido cualquier conocimiento previo sobre el funcionamiento de las chinchetas.
Puse el menú donde debía ir la excursión, la circular de la reunión de padres encima del menú y terminé clavando una esquina del cartel de actividades extraescolares sobre la fotografía del equipo de baloncesto.
—¿Claudia?
Levanté la cabeza.
Lucía se acercaba por el pasillo.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Estás reorganizando el tablón.
—Se ha caído.
—¿Solo?
—Prácticamente.
Me miró durante unos segundos y después dirigió la atención hacia el patio.
—Ah, están con las pruebas.
Me incorporé y me coloqué delante del cristal con la intención de taparle la vista, una estrategia excelente si Lucía hubiera medido treinta centímetros menos y no pudiera desplazarse lateralmente.
—¿Quién es esa? —le pregunté.
—¿Quién?
—La de blanco.
—Una candidata.
Tragué saliva.
—¿Candidata a qué?
Lucía frunció el ceño.
—A astronauta, Claudia. ¿A qué va a ser? A la sustitución de educación física.
—Ya.
—¿La conoces?
—No.
La respuesta salió con tanta naturalidad que resultó sospechosa hasta para mí.
—Sí.
Lucía ladeó la cabeza.
—¿Sí o no?
—Depende bastante de qué entendamos por conocer.
—Normalmente, haber visto antes a una persona ayuda.
Volví a mirar hacia el patio. Alma estaba explicando un ejercicio a los alumnos y se movía entre ellos con una familiaridad que me asustó.
Aquel trabajo me llegó después de su marcha con Aitor, así que nada debía saber de que pudiéramos llegar a ser compañeras.
No parecía una mujer que hubiera destruido una amistad de casi veinte años, se hubiera acostado durante siete meses con el prometido de su mejor amiga y hubiera desaparecido después durante cuatro años.
Parecía una profesora de educación física. Una muy buena profesora de educación física.
Eso me molestó muchísimo.
—La conozco —admití.
—¿De qué?
—De antes.
—¿Antes de qué?
—De ahora.
Lucía me observó con creciente interés.
—Esta conversación empieza a parecer para besugos, ¿me has visto cara de «besuga»?
—No…
En aquel momento, Alma levantó la cabeza. Me aparté del cristal.
No fue un movimiento elegante. Fue una retirada militar. Un segundo antes estaba mirando al patio y al siguiente me encontraba pegada a la pared, con el café sujeto contra el pecho y Lucía contemplándome con la boca entreabierta.
—¿Te escondes?
—No.
—Claudia, estás detrás de una papelera.
Miré hacia abajo.
Era cierto.
—Estoy… esperando.
—¿A qué?
—A que deje de estar ahí.
Lucía asomó la cabeza hacia el patio.
—¿Quién?
La agarré de la manga y tiré de ella.
—¡No señales!
—No estoy señalando.
—Pero estás mirando.
—Tengo ojos.
—Pues utilízalos en otra dirección.
La risa empezó a escapársele antes de que pudiera contenerla.
—¿Te acostaste con ella?
—¡No!
Dos alumnos que pasaban por el pasillo se volvieron hacia nosotras.
—Seguid andando —les ordené.
Esperé hasta que se alejaron antes de mirar a Lucía.
—Era mi mejor amiga.
Su expresión cambió.
—¿Era?
—Era.
—Ah.
—Exactamente.
—¿Y qué hizo?
—Se acostó con Aitor.
Necesitó un par de segundos.
—¿Con tu Aitor? ¿El tío con el que me contaste que te ibas a casar?
—No creo que exista ya ningún contexto en el que resulte adecuado llamarlo “mi Aitor”, pero sí.
—Joder.
—Siete meses.
—Joder.
—Once días antes de la boda los descubrí.
—Joder.
—Ese resumen me parece bastante correcto.
Volvió a mirar hacia el patio y esta vez no intenté impedírselo.
—¿Y qué hace aquí?
—Esa es una pregunta excelente. Cuando averigües la respuesta, me avisas.
—¿Sabe que trabajas aquí?
—Espero que no.
—Pues si consigue el puesto…
—No lo va a conseguir.
—¿Cómo lo sabes?
La miré.
—Porque existe la justicia divina.
—Creía que eras agnóstica.
—Estoy reconsiderando mis creencias.