Capítulo 3
Aquella noche cené en el sofá con Titán tumbado a mis pies y una serie que llevaba veinte minutos reproduciéndose sin que pudiera explicar qué demonios estaba pasando.
Había calentado una crema de verduras, me había servido una copa de vino y había decidido que ver a Alma en el barrio no iba a estropearme la noche. El plan era excelente. El problema era que mi cerebro no parecía dispuesto a colaborar.
—Ha vuelto —comenté en voz alta.
Titán levantó la cabeza.
—Alma. La del culo para partir nueces.
Me observó durante un instante antes de dejar caer de nuevo el hocico sobre las patas.
—Sí, ya sé que a ti te da igual. Qué suerte.
Cogí el mando y apagué la televisión. Aquello de fingir normalidad cuando llevaba horas pensando en lo mismo empezaba a resultar agotador.
Además, si algo había aprendido durante los últimos cuatro años era que los recuerdos desagradables tenían una habilidad extraordinaria para presentarse sin invitación.
Podía entretenerme, corregir exámenes, salir a pasear o mantener una conversación perfectamente normal y, de pronto, cualquier detalle abría una puerta que creía cerrada.
Ver a Alma había abierto todas.
A mis veinticinco años había estado a punto de casarme con Aitor.
No era una forma de hablar ni una de esas relaciones en las que alguien compraba una revista de bodas y empezaba a fantasear con centros de mesa.
Había vestido, restaurante, fotógrafo, invitados, alianzas y una madre que llevaba meses debatiendo consigo misma si lloraría mucho durante la ceremonia o conseguiría comportarse con dignidad. Faltaban once días cuando descubrí que no habría boda.
Y Alma iba a ser mi dama de honor. ¿Quién iba a serlo si no?
Nos conocíamos desde los seis años. Durante buena parte de mi infancia no fui Claudia sin Alma de la misma forma que Alma rara vez era Alma sin Claudia.
Habíamos ido al mismo colegio, compartido pupitre siempre que los profesores cometían la imprudencia de permitirlo y pasado tantas tardes en casa de la otra que nuestras madres casi llegan al acuerdo de que éramos medio hermanas.
Siempre fuimos muy diferentes. Yo necesitaba pensar las cosas antes de hacerlas; Alma acostumbraba a hacerlas y, si aquello terminaba mal, ya encontraría tiempo para pensar después.
A los doce años me convenció para cortarnos el flequillo nosotras mismas. El suyo quedó aceptable. El mío parecía el resultado de una apuesta perdida y tuve que soportar durante semanas que mi madre preguntara qué necesidad tenía una niña inteligente de dejarse arrastrar por semejante loquilla.
A los quince, Alma fue también quien consiguió que me besara por primera vez un chico.
No porque organizara el beso, aunque conociéndola habría sido perfectamente capaz, sino porque me encerró en el cuarto de baño de una fiesta y se negó a dejarme salir hasta que admitiera que me gustaba uno de los chavales que estaban allí.
—Pues vas y se lo dices.
—¿Estás loca?
—No. Tú eres cobarde, que es distinto.
—No soy cobarde.
—Claudia, llevas tres meses mirando a Marcos en clase de matemáticas y todavía no sabe que existes.
—Claro que sabe que existo.
—Porque le prestaste un bolígrafo.
—Eso cuenta.
Alma abrió la puerta del baño y me señaló el pasillo.
—Sal ahí y haz algo memorable.
Lo memorable fue que acabé tropezando con una mochila, pero Marcos me ayudó a levantarme, hablamos durante media hora y dos semanas después me besó. La relación duró veintitrés días.
Mi amistad con Alma sobrevivió a Marcos, a otros novios, a nuestros primeros suspensos, a las noches de fiesta, a la universidad y a todos los cambios que fueron llegando mientras dejábamos de ser niñas.
También fue ella quien me presentó a Aitor.
Yo tenía veintiuno y había ido con Alma al cumpleaños de una amiga. Aitor estaba al otro extremo del local, hablando con varios chicos, y cometí el error de preguntarle quién era.
—¿Cuál?
—El de la camisa azul.
Alma lo localizó enseguida.
—Ah. Aitor.
—¿Lo conoces?
—Un poco. ¿Te gusta?
—No he dicho eso.
—Te gusta.
—Solo he preguntado quién es.
—Claudia, que se te cae la baba.
—Mentira.
—Sí, una mentira enorme.
Debí de conocerla lo suficiente para prever lo que iba a ocurrir cuando se levantó. Intenté agarrarla del brazo, pero ya se había apartado.
—Alma, ni se te ocurra.
—Voy a pedir una copa.
—La barra está al otro lado.
—Pues voy a dar un rodeo.
La vi acercarse a Aitor y deseé que el suelo se abriera bajo mis pies. Intercambiaron unas palabras, él miró en mi dirección y tuve la certeza de que jamás volvería a salir de casa. Alma señaló hacia mí sin el menor pudor y, cuando regresó, llevaba una sonrisa que anunciaba problemas.
—Le he dicho que tengo una amiga rubia que lleva diez minutos mirándole el culo.
—Te odio.
—Once.
—Te odio muchísimo.
—Pues aprovecha para odiarme ahora porque viene hacia aquí.
Aitor se sentó con nosotras y aquella noche terminamos hablando hasta que cerraron el local. Al principio, Alma participó en la conversación, aunque fue retirándose poco a poco con una habilidad que solo aprecié mucho después. Cuando nos despedimos, él me pidió el teléfono.
Nuestra primera cita fue cuatro días más tarde.
Aitor estudiaba Arquitectura y tenía esa clase de entusiasmo que conseguía que incluso alguien incapaz de distinguir una viga de un tabique terminara escuchándolo hablar de edificios durante una hora.
No quería diseñar viviendas corrientes. Le interesaban los grandes proyectos hoteleros, la rehabilitación de edificios singulares y todo aquello que implicara transformar un lugar hasta convertirlo en algo que la gente recordara.
Mientras yo imaginaba una vida bastante parecida a la que conocía, él hablaba de ciudades donde todavía no había estado y proyectos que podían llevarlo durante meses o años a cualquier parte.
Me enamoré de él antes de comprender hasta qué punto nuestros planes eran distintos.
Durante los cuatro años siguientes construimos una relación en la que Alma continuó ocupando un espacio enorme porque siempre había estado allí. No me molestaba. Al contrario. Me parecía maravilloso que las dos personas que más quería se llevaran bien.
Éramos tres para casi todo.
Si Aitor y yo organizábamos una barbacoa, llamábamos a Alma. Si íbamos a un concierto y sobraba una entrada, era para Alma.
Cuando celebré mi cumpleaños, los dos conspiraron durante semanas para prepararme una fiesta sorpresa y después discutieron porque cada uno aseguraba haber tenido las mejores ideas.
Incluso algunas noches en las que Aitor y yo salíamos solos, terminábamos escribiéndole para preguntarle dónde estaba.
Había bromas sobre aquello.
—Tú sabes que esta relación es de tres, ¿verdad? —me preguntó Alma una vez mientras cenábamos.
—Sí, pero la que sobra eres tú.
—Eso habrá que verlo.
Le lancé una servilleta y Aitor se rio.
Recordarlo ahora hacía que aquellas palabras adquirieran un significado que entonces no tenían. O quizás sí lo tenían y fui yo quien no supo verlo.
Cuando Aitor terminó la carrera, empezó a colaborar con un estudio de arquitectura especializado en hoteles de lujo.
Al cabo de un tiempo surgió la oportunidad que llevaba esperando desde que lo conocí: el estudio había conseguido un gran proyecto fuera de la ciudad y querían que formara parte del equipo desplazado durante al menos dos años.
Cuando me lo contó, lo primero que pensé fue en mi madre.
Después pensé en Iván, que era todavía pequeño y estaba acostumbrado a verme varias veces por semana. Pensé en mis amigos, en mi barrio, en el colegio donde me acababan de contratar en prácticas y en todas las cosas que formaban una vida que me gustaba.
Aitor debió de verlo en mi cara.
—Puedes decir que no.
—¿Y tú no irías?
Tardó demasiado en responder.
No podía reprochárselo. Aquello era lo que había querido siempre y lo sabía desde nuestra primera cita.
—No quiero que renuncies por mí —me explicó—. Pero tampoco quiero obligarte a dejarlo todo.
La decisión me costó noches sin dormir y varias conversaciones con mi madre, que se empeñó en recordarme que los aviones funcionaban en ambas direcciones y que ella no había criado a una hija para verla amargada.
Dado lo mucho que le gustaba tenerme cerca, sus palabras cobraban especial importancia.
Al final acepté. Habría seguido a Aitor hasta el fin del mundo. No era una frase romántica. Lo habría hecho de verdad.
Y cuando, poco después, me pidió que me casara con él, aquella mudanza dejó de parecer una renuncia para convertirse en el principio de nuestra vida juntos.
Alma fue la primera persona a la que llamé.
Gritó tanto al teléfono que tuve que apartarlo de la oreja.
—¡Sabía que te lo iba a pedir!
—¿Cómo que lo sabías?
—Porque me preguntó hace semanas qué tipo de anillo te gustaría.
Aquello me emocionó. Me parecía lógico que hubiera acudido a ella. Alma conocía mis gustos, sabía qué joyas usaba y había compartido conmigo suficientes conversaciones sobre bodas para responder preguntas que ni siquiera mi madre habría sabido contestar.
Le pedí que fuera mi dama de honor esa misma noche.
Los meses siguientes fueron una locura de preparativos. Alma me acompañó a probarme vestidos, me ayudó con los invitados y se convirtió en la persona a la que recurría cada vez que Aitor y yo discutíamos por alguna estupidez relacionada con la boda.
Si me enfadaba con él, ella lo defendía. Si él se desesperaba conmigo, Alma me defendía a mí.
Pensaba que era nuestra mediadora. Qué gilipollas fui.
Once días antes de la boda salí del trabajo más temprano porque se canceló una reunión.
Aitor había pasado la noche anterior trabajando y me escribió por la mañana para decirme que se quedaría en casa adelantando unos planos.
Decidí comprar comida en uno de nuestros restaurantes favoritos y sorprenderlo.
Todavía recuerdo las dos bolsas de papel que llevaba en las manos.
Recuerdo que una tenía una mancha de aceite en la esquina inferior y que pensé que acabaría ensuciándome la blusa.
Recuerdo que subí en el ascensor revisando un mensaje de mi madre sobre la distribución de las mesas.
También recuerdo que abrí la puerta con las llaves que él mismo me dio tiempo atrás, procurando no hacer ruido, porque quería aparecer en el salón con la comida y asustarlo.
No estaba en el salón. Escuché voces en el dormitorio. Una era la de Aitor. La otra me resultó tan familiar que durante unos segundos mi cabeza se negó a entender lo que estaba oyendo.
Dejé las bolsas sobre el mueble de la entrada y avancé por el pasillo. La puerta estaba entreabierta.
No necesité abrirla por completo.
Alma estaba sentada en el borde de nuestra cama con la camiseta de Aitor puesta. Descalza. Él estaba frente a ella, sin camisa, y tenía una mano en su muslo. Eso fue todo.
No los encontré haciendo nada que necesitara demasiada imaginación. No hizo falta. Alma me vio primero.
La expresión de su cara cambió y Aitor se volvió hacia la puerta.
—Claudia…
Nunca supe cuál de los dos pronunció mi nombre. Durante mucho tiempo creí que había sido él; otros días habría jurado que fue ella.
—¿Desde cuándo?
Aitor buscó unos pantalones mientras Alma se levantaba de la cama.
—Déjanos explicarte.
—¿Desde cuándo?
Fue Alma quien respondió.
—Claudia, por favor…
—¿Desde cuándo?
Mi voz sonó mucho más serena de lo que me sentía y quizás por eso entendieron que no iba a marcharme sin una respuesta.
Aitor terminó por admitirlo. Siete meses. Siete meses.
Me casaba en once días y mi prometido llevaba siete meses acostándose con mi mejor amiga.
Hice cuentas allí mismo. Mientras elegíamos el restaurante.
Mientras buscaba vestido. Mientras Alma me acompañaba a las pruebas y opinaba sobre el escote, las flores o los zapatos.
Mientras Aitor discutía conmigo sobre si invitar a cuarenta o cincuenta personas.
Durante siete meses habían compartido conmigo una vida en la que los tres seguíamos pareciendo los mismos de siempre.
Solo que ellos sabían algo que yo ignoraba.
—¿Por qué?
Fue la única pregunta que conseguí formular. Aitor intentó acercarse y levanté una mano para detenerlo. Alma lloraba.
Aquello me enfureció más que cualquier explicación.
—No llores.
—Claudia.
—No tienes derecho a llorar tú.
Me habló de sentimientos, de que no lo habían buscado, de que había empezado sin saber muy bien cómo y después ninguno encontró la manera de detenerlo.
Aitor añadió algo sobre estar confundido. No recuerdo todas las palabras porque dejaron de importarme en cuanto comprendí que buscaban una explicación para algo que habían decidido hacer una vez, después otra y luego las suficientes veces para llenar siete meses.
Me marché.
La boda se canceló. Aitor abandonó el piso pocos días después y aceptó el proyecto fuera de la ciudad. Alma se marchó con él.
Y Titán se quedó conmigo.
Era todavía un cachorro enorme que adoptó mi ex, torpe y demasiado joven para entender por qué la persona que lo llevó a casa había desaparecido.
Durante las primeras semanas me negué a considerarlo mío. Era el perro de Aitor, otra cosa que había dejado atrás, y llegué a buscar familias que pudieran adoptarlo.
No fui capaz.
Una noche se tumbó delante de la puerta de mi dormitorio y se quedó allí hasta la mañana siguiente. Cuando abrí, levantó la cabeza y movió la cola con tanta alegría que cancelé la cita con la familia que iba a conocerlo aquella tarde.
Cuatro años después ocupaba la mitad de mi salón de soltera.
Bajé la vista. Titán dormía junto al sofá con una pata estirada sobre mi zapatilla y, al observarlo, pensé que quizá había sido lo único bueno que me dejó Aitor.
Le acaricié la cabeza.
—Tú te quedaste conmigo.
Abrió un ojo, comprobó que no había comida implicada y volvió a cerrarlo.
Sonreí, aunque la sonrisa me duró poco.
Aitor y Alma se habían marchado juntos. Durante un tiempo supe cosas de ellos porque era imposible evitar que alguien me contara algo, hasta que pedí expresamente que dejaran de hacerlo.
No quería saber dónde vivían, cuánto duraban ni si eran felices. Los borré de mis redes, eliminé números de teléfono y aprendí a cambiar de conversación cuando alguien pronunciaba cualquiera de aquellos nombres.
Con los años conseguí que dejaran de ocupar espacio en mi vida. O eso creía.
Me levanté para llevar el plato a la cocina y, al pasar frente a la ventana, recordé la silueta que había visto aquella tarde cruzando la calle.
Alma estaba otra vez en el barrio. Y había una pregunta que no me había hecho hasta entonces.
Si Alma había vuelto, ¿dónde estaba Aitor?