A un beso de volver a creer Capítulo 2
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Capítulo 2

Creo haber comentado ya que mi madre vivía a cuatro calles de mi apartamento, una distancia lo bastante corta para que pudiera presentarme en su casa sin avisar y lo bastante larga para que ella considerase que vivíamos “lejísimos”.

Su concepto de la independencia de los hijos tenía ciertas particularidades. Aceptaba que yo tuviera mi propia casa, pagara mis facturas y organizara mi vida, pero si pasaban tres días sin verme, interpretaba que algo grave debía de estar ocurriendo.

Titán reconoció el portal antes de que yo sacara las llaves y empezó a tirar de la correa con un entusiasmo que no había demostrado durante el resto del paseo.

—No te emociones tanto. Aquí tampoco te quieren.

Era mentira y ambos lo sabíamos.

Apenas abrí la puerta, escuché unos pasos apresurados al otro lado del recibidor.

—¡Clau!

Iván apareció corriendo desde el salón con una capa roja anudada al cuello y una espada fabricada con lo que, después de observarla durante unos segundos, identifiqué como dos tubos de cartón unidos con cinta adhesiva.

A sus nueve años, mi hermanito tenía la capacidad de convertir cualquier objeto doméstico en un arma, una nave espacial o una pieza imprescindible de algún invento que solo él comprendía.

—¿Qué eres hoy?

—No puedo decírtelo todavía.

—¿Es secreto?

—Estoy desarrollando el personaje.

Lo contemplé con toda la seriedad que merecía aquella explicación.

—Perdona. No quería interferir en tu proceso creativo.

Titán solucionó el reencuentro abalanzándose sobre él para lamerle media cara. El crío soltó una carcajada y se agarró a su cuello mientras el perro movía la cola con tal energía que golpeó el mueble de la entrada.

—¡Cuidado con el jarrón! —gritó mi madre desde la cocina—. ¡Y que ese animal no se suba al sofá!

—¡Mamá, acaba de entrar!

—¡Precisamente! ¡Lo conozco!

Sonreí mientras me quitaba la chaqueta. La relación entre mi madre y Titán se sustentaba sobre una contradicción que ambas partes habían aceptado hacía años: ella aseguraba que aquel perro era desproporcionado, aparatoso y completamente inadecuado para vivir en un piso; Titán, por su parte, la adoraba porque siempre acababa dándole algo de comer.

Mi hermano se marchó al salón seguido por él y yo fui hacia la cocina.

Ella estaba preparando café y había dejado sobre la mesa un plato con bizcocho casero.

No necesitaba preguntar si esperaba visita.

En aquella casa siempre había comida suficiente para alimentar a cualquiera que cometiera la imprudencia de cruzar la puerta.

—Mira que dejarte semejante perrazo —comentó al verme entrar—. De todo lo que podía dejarte aquel niñato, tuvo que ser esto.

—No empieces.

—No he empezado nada. Solo digo que hay herencias mejores.

—A mí me gusta mi herencia.

Desde el salón llegó la voz indignada de Iván.

—¡A mí también me gusta Titán!

—Tú no te metas en conversaciones de mayores —le respondió mi madre.

—¡Tengo nueve años!

—Precisamente.

Me reí mientras me servía café y cogía un trozo de bizcocho.

Mi madre tenía la extraordinaria habilidad de seguir tratándome como si necesitara supervisión adulta, aunque la verdadera anomalía familiar no era que yo, con veintinueve, continuara apareciendo en su casa varias veces por semana.

La anomalía llevaba una capa roja y en aquel momento estaba explicándole a un gran danés que necesitaba interpretar el papel de dragón.

Se había quedado viuda siendo todavía muy joven.

Yo apenas conservaba recuerdos nítidos de mi padre y crecí acostumbrada a que fuéramos dos, sin plantearme demasiado que nuestra familia pudiera cambiar algún día.

Por eso, cuando iba camino de los veinte años, recibí una noticia para la que no estaba preparada.

—Quiero tener otro hijo —me anunció una tarde.

La miré durante varios segundos, esperando la continuación.

—¿Tienes novio?

—No.

—¿Estás saliendo con alguien?

—Tampoco.

Aquello complicaba considerablemente mis cálculos.

—Mamá, creo que para lo del hijo hace falta otra persona.

—Gracias por la información, Claudia. Menos mal que te tengo.

Entonces me explicó que llevaba tiempo pensándolo y que había decidido someterse a un tratamiento de reproducción asistida.

Puedo asegurar que pasé por todas las fases posibles en menos de diez minutos: sorpresa, incredulidad, preocupación y una sucesión de preguntas que debieron de hacerle lamentar haberme contado sus planes antes de estar embarazada.

Me preocupaba su edad, me preocupaba que tuviera que criar sola a otro niño y, aunque tardé bastante más en admitirlo, también me preocupaba mi propio lugar en aquella nueva familia.

Llevábamos tantos años siendo las dos contra el mundo que la llegada de otra persona me parecía una alteración gigantesca de algo que siempre había considerado inamovible.

Después llegó Iván y todas aquellas dudas perdieron importancia con una facilidad impresionante.

Me enamoré de mi hermano desde el primer día.

Durante sus primeros meses encontraba cualquier excusa para cogerlo, darle el biberón o pasearlo por la casa cuando lloraba.

Más tarde fui la hermana que se tiraba al suelo a construir castillos, la que aceptaba disfraces humillantes y la única capaz de comprender que una caja de zapatos colocada sobre cuatro tapones no era una caja de zapatos, sino un prototipo de vehículo lunar.

Nueve años después, y aunque ya no compartíamos casa, seguía completamente loca por él.

Me asomé al salón y lo encontré tumbado en la alfombra junto a Titán, rodeado de cartones, rotuladores y varios trozos de cinta adhesiva.

—¿Qué estáis haciendo?

—Una armadura.

—¿Para ti?

Me miró con cierta decepción ante mi escasa capacidad deductiva.

—Para Titán.

Observé al perro, que permanecía tumbado mientras Iván intentaba colocarle una pieza de cartón sobre el lomo.

—Claro. Era evidente.

—Va a ser un dragón de combate.

—A Titán le da miedo la aspiradora.

—Eso no importa. Los dragones también pueden tener miedos.

Tuve que concederle el argumento.

Mi madre apareció detrás de mí y contempló el desastre extendido por el suelo.

—Luego recoges todo eso.

—Sí, mamá.

—Y al perro no le pegues nada al pelo.

—No le estoy pegando nada. Estoy diseñando un sistema de sujeción.

Giré la cabeza hacia ella.

—Tiene nueve años.

—Ya lo sé. Lo parí yo.

Regresamos a la cocina mientras Iván continuaba con su proyecto y Titán aceptaba su destino con la resignación propia de quien sabía que probablemente recibiría una recompensa comestible al terminar.

Intenté concentrarme en el café, pero la imagen que había visto en la calle regresó con una claridad que me desagradó.

Había conseguido apartarla durante el trayecto hasta allí. O, al menos, eso quise creer. Sin embargo, ahora que estaba sentada en aquella cocina donde compartimos prácticamente todo lo importante de mi vida, me costaba fingir que el encuentro no había significado nada.

Mi madre se sentó frente a mí y me observó durante unos segundos.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Claudia, que también te parí a ti. Y antes que a tu hermano.

Esa era otra de sus habilidades. Podía detectar una mentira mía aunque estuviera ocupada haciendo tres cosas a la vez y yo hubiera tenido tiempo para ensayarla.

Partí con los dedos una miga del bizcocho y la dejé sobre el plato. No sabía por qué me costaba tanto pronunciar aquel nombre después de años, pero en cuanto lo hice comprendí que no había sido una tontería.

—Mamá, es que creo que he visto a Alma.