A un beso de volver a creer Capítulo 1
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A un beso de volver a creer

A un beso de volver a creer

Por Hugo Sanz

© inepub.com

Capítulo 1

En el barrio había gente a la que conocían por su profesión, por su familia o porque llevaba viviendo en el mismo edificio desde una época que nadie conseguía fechar con exactitud.

A mí me conocían mayoritariamente por mi perro, lo cual tenía cierto mérito teniendo en cuenta que había nacido allí; mi madre vivía a cuatro calles de mi casa y llevaba años dando clases de inglés a una parte considerable de los niños de la zona.

—¡Claudia, que te lleva! —me gritó la señora Carmen desde la puerta de la frutería.

—¡Ya lo sé! —le respondí mientras acortaba la correa con las dos manos y trataba de convencer a Titán de que nuestra velocidad de paseo no debía aproximarse a la de un vehículo a motor—. ¡Titán, despacio!

Volvió la cabeza durante un instante y me dirigió una mirada que interpreté como una muestra de buena voluntad, aunque siguió avanzando exactamente al mismo ritmo.

La señora Carmen se rio al verme pasar y aprovechó, como hacía siempre, para recordarme que aquel perro necesitaba que lo llevara un hombre. Le contesté que ella necesitaba dejar de buscarme novio y su carcajada me acompañó hasta la esquina.

Al pasar frente al escaparate de una tienda de ropa, el reflejo me obligó a reconocer que la escena tenía bastante gracia.

A mis veintinueve años apenas superaba el metro sesenta, llevaba unos vaqueros, zapatillas blancas y una camiseta que había escogido sin demasiada reflexión, y la media melena rubia me rozaba los hombros, enmarcando una cara pequeña, de ojos claros, a la que nadie parecía dispuesto a concederle la edad que figuraba en mi documento de identidad.

A mi lado avanzaba un gran danés color chocolate que pesaba mucho más que yo y que, cuando levantaba la cabeza, conseguía que nuestra diferencia de tamaño resultara todavía más evidente.

—Míranos —le pedí, señalando el escaparate—. La Bella y la Bestia.

Titán continuó interesado en algo que debía oler muchísimo mejor que mi chiste.

—Y antes de que tengas ninguna duda, la Bella soy yo.

Una pareja que pasaba a nuestro lado soltó una carcajada y entonces comprendí que había vuelto a hablar con el perro en voz demasiado alta.

Me ocurría con demasiada frecuencia, aunque en aquel barrio tampoco tenía motivos para avergonzarme; probablemente, la mitad de quienes nos cruzábamos ya me habían oído mantener conversaciones mucho más comprometedoras con él.

Aquel era mi mundo. Conocía cada comercio, las terrazas donde merecía la pena sentarse y la panadería que vendía unas palmeras de chocolate capaces de arruinar cualquier propósito de hacer dieta.

Sabía también qué vecinos se habían peleado, quién acababa de tener un nieto y qué matrimonio del tercero atravesaba una crisis que ellos creían secreta y las señoras del banco de la plaza habían analizado con mayor profundidad que cualquier terapeuta.

Mi madre seguía viviendo en la casa familiar y, aunque más de una vez había fantaseado con marcharme lejos, terminé instalándome en un apartamento cercano.

Esperanza, que así se llamaba ella, insistía en llamarlo “mi coqueto apartamento”, una expresión que utilizaba cuando quería transformar sus escasos metros cuadrados en una decisión decorativa deliberada.

Yo prefería pensar que tenía exactamente el tamaño necesario para una persona y absolutamente insuficiente para el animal que ocupaba medio sofá, bloqueaba los pasillos y bebía agua en cantidades que habrían permitido abastecer a una familia numerosa.

Titán se desvió de repente hacia una paloma y tuve que sujetarlo antes de que iniciara una persecución condenada al fracaso.

—No. Eso vuela y tú no. Llevamos años hablando de este asunto.

La paloma remontó el vuelo y él siguió su trayectoria con una mezcla de desconcierto y agravio personal. Estaba intentando explicarle que algún día tendría que aceptar sus limitaciones cuando escuché una voz infantil a mi espalda.

—¡Miss Claudia!

Me giré y descubrí a Nicolás Márquez acompañado de su madre.

Nicolás tenía nueve años, estudiaba cuarto de Primaria en el exclusivo colegio privado donde yo daba clases y mantenía desde hacía meses una relación conflictiva con la lengua inglesa.

Su madre, en cambio, mantenía una relación extraordinariamente apasionada con el futuro académico de Nicolás.

—Precisamente quería hablar contigo —me anunció después de saludarme—. Está teniendo muchos problemas con el present perfect.

Nicolás tenía problemas con el present simple, el verbo to be y, algunos lunes, incluso con recordar dónde había dejado el libro, pero consideré innecesario hacer un diagnóstico tan exhaustivo en mitad de la calle.

—Todavía estamos empezando con ese tiempo verbal —le expliqué—. Es normal que al principio le cueste un poco.

—Es que queremos que este año se presente al Cambridge.

Miré a Nicolás, que aprovechaba nuestra conversación para intentar introducir un dedo en la oreja de Titán.

—Tiene nueve años.

—Precisamente. Cuanto antes empiece, mucho mejor.

Aquello resumía bastante bien una parte de mi trabajo.

Oficialmente enseñaba inglés; en la práctica, dedicaba una cantidad considerable de tiempo a tranquilizar a padres convencidos de que, si sus hijos no dominaban tres idiomas antes de perder todos los dientes de leche, acabarían teniendo serias dificultades para abrirse camino en la vida.

Titán decidió intervenir antes de que la conversación desembocara en la universidad de Nicolás y metió el hocico en el bolso de su madre. Cuando conseguí apartarlo, llevaba un paquete de pañuelos entre los dientes.

—¡Titán! Eso no es tuyo.

Apretó la mandíbula mientras la señora Márquez se reía.

—Suéltalo.

Ni caso.

—Te doy una galleta.

Abrió la boca inmediatamente.

—Eres un corrupto —le reproché mientras recogía los pañuelos—. Y bastante barato, además.

Me despedí aprovechando la distracción antes de que surgiera la posibilidad de unas clases particulares y continuamos calle abajo.

El barrio estaba especialmente animado a aquella hora; las terrazas empezaban a llenarse y desde algunos balcones llegaban conversaciones que se mezclaban con el ruido del tráfico.

Saludé al camarero de la cafetería de la esquina, al dueño de la papelería y a las dos mujeres que ocupaban su banco habitual con una constancia que habría merecido algún tipo de reconocimiento municipal.

Una de ellas acababa de preguntarme por mi madre cuando algo al otro lado de la calle reclamó mi atención.

Al principio solo distinguí a una mujer que caminaba de espaldas, vestida con unas mallas negras y una camiseta deportiva.

Llevaba el pelo recogido en una coleta alta y avanzaba con esa seguridad que proporcionan unas piernas interminables, una cintura estrecha y un culo tan perfecto que resultaba ofensivo para quienes teníamos que trabajar bastante más para mantener unas posaderas simplemente dignas.

Tardé unos segundos en relacionar aquella silueta con un recuerdo que creía suficientemente lejos.

No podía ser.

Titán tiró de la correa y apenas reparé en él.

La mujer se había detenido ante el paso de peatones y observaba ahora su perfil, buscando cualquier detalle que me permitiera demostrarme que estaba equivocada.

Habían pasado años y no existía ninguna razón para que estuviera allí; precisamente por eso, cuando giró un poco más la cabeza, la reconocí antes incluso de verle bien la cara.

—Alma… —murmuré.

El semáforo cambió y cruzó la calle sin haberme visto.

La seguí con la mirada mientras desaparecía entre la gente, con aquella maldita coleta balanceándose sobre la espalda y el mismo cuerpo espectacular que habría reconocido aunque hubieran transcurrido otros diez años.

¿Qué demonios hacía Alma otra vez en el barrio?