Epílogo
Si alguien me hubiera dicho cuatro años atrás que terminaría viviendo en una casa con jardín y piscina, casada con Alexander y persiguiendo a una niña de un año que parecía empeñada en descubrir todas las formas posibles de ponerse en peligro, probablemente me habría echado a reír.
Sin embargo, allí estaba, colocando los últimos adornos de una fiesta de cumpleaños mientras mi marido intentaba convencer a nuestra hija de que las piedras no formaban parte de una dieta equilibrada.
—Alma, cariño, eso no se come —le explicó por tercera vez, retirándole una piedrecita de la mano.
La llamamos así para devolverle a mi amiga el gesto al llamar Claudia a su peque.
Nuestra hija lo contempló con sus enormes ojos oscuros, sonrió mostrando sus pocos dientes y, aprovechando que Alexander se distraía, intentó coger otra.
—Ha salido a ti —le comenté desde la mesa donde estaba colocando la tarta.
—¿Por qué? ¿Por su inteligencia?
—Por su capacidad para hacer exactamente lo contrario de lo que le dicen.
Alexander se acercó con la niña en brazos y me dio un beso que nuestra hija interrumpió agarrándome de la nariz.
—Feliz primer cumpleaños, pequeña delincuente —murmuré, besándole las mejillas.
La casa que compartíamos desde hacía dos años tenía un jardín precioso, con césped, árboles frutales y una terraza donde organizábamos comidas familiares siempre que encontrábamos una excusa.
Aquel día estaba decorado con globos de colores, flores y una enorme pancarta que anunciaba el primer cumpleaños de Alma.
Titán, bastante más mayor y mucho más aficionado a dormir que a perseguir pelotas, descansaba bajo un árbol, vigilando de vez en cuando la mesa de la comida por si alguien cometía la imprudencia de dejar caer algo.
—¡Claudia, cuidado con tu prima! —exclamó Alma desde el otro extremo del jardín.
Su hija, que ya tenía cuatro años, estaba sentada sobre una manta junto a nuestra pequeña. La diferencia de edad no impedía que se adoraran, aunque Claudia se tomaba su papel de protectora con una seriedad extraordinaria.
—¡Mamá, que no la dejo comer flores! —protestó la niña—. Solo le estoy enseñando cuáles son bonitas.
—Pues enséñale también que no debe arrancarlas —le respondí, divertida.
Claudia suspiró con una paciencia impropia de su edad y empezó a explicarle a su pequeña compañera que las flores necesitaban vivir en la tierra. La pequeña Alma, fascinada por aquella conferencia, respondió con un balbuceo entusiasta y terminó aplaudiendo.
Mi amiga se acercó a mí con dos copas de limonada y contempló a las niñas con una sonrisa.
—¿Te das cuenta de lo que hemos hecho? —me preguntó.
—¿Organizar una fiesta que nos va a costar tres días recoger?
—También. Pero me refería a ellas.
La observé mientras seguía la dirección de su mirada.
Alma estaba radiante. Vivía con su hija en un coqueto piso con terraza que terminó comprando; disfrutaba de su trabajo y había conseguido construir una vida tranquila, lejos de los miedos que durante tanto tiempo la acompañaron.
No tenía pareja y tampoco parecía interesada en encontrarla.
—¿Sabes qué es lo mejor? —me confesó—. Que soy feliz así. Con mi niña, mi casa, mi trabajo y todos vosotros. No necesito nada más.
Le pasé un brazo por los hombros.
—Pues menos mal, porque no pienso ayudarte a buscar novio. Ya tengo bastante con Alexander.
—¡Te he oído! —protestó mi marido desde la terraza.
Estábamos riéndonos cuando sonó el timbre. Poco después apareció mi madre acompañada de Iván, que había crecido tanto durante aquellos años que empezaba a resultar difícil reconocer al niño que se colaba en mi casa reclamando chocolate con churros.
Ahora tenía una altura considerable, una voz que cambiaba de registro cuando menos se esperaba y una preocupación extraordinaria por su aspecto.
—¡Por fin! —exclamé al verlos—. Pensaba que os habíais perdido.
Mi madre levantó los ojos al cielo.
—Pregúntale a este señorito. Ha tardado más en arreglarse que yo. Entre el pelo, la colonia y decidir qué camiseta le favorecía, casi tenemos que cancelar el cumpleaños.
—¡Mamá, qué exagerada eres! —protestó Iván, intentando colocarse el flequillo sin que lo viéramos.
—¿Ves? ¡Otra vez con el pelo! —replicó ella—. Cualquier día le pongo un espejo de cuerpo entero en el dormitorio y me olvido de que tengo hijo.
Alexander recibió a Iván con un abrazo y enseguida empezaron a bromear sobre sus nuevas zapatillas.
Yo cogí a mi madre del brazo y la acompañé hasta el jardín, donde las niñas corrieron a recibirla. La pequeña Alma avanzó con sus pasos todavía inseguros, mientras Claudia caminaba a su lado, pendiente de sujetarla si tropezaba.
Cuando todos estuvimos reunidos, encendimos la única vela de la tarta. Alexander sostuvo a nuestra hija en brazos y yo me coloqué junto a ellos, mientras Alma ayudaba a Claudia a cantar cumpleaños feliz.
Mi madre grababa la escena con el móvil e Iván protestaba porque, según él, estábamos desafinando de una manera escandalosa.
Nuestra pequeña sopló con inmensas ganas, aunque fue Alexander quien apagó finalmente la vela.
Entre aplausos y carcajadas, me volví hacia mi marido. Me rodeó la cintura con el brazo libre y me besó mientras nuestra hija intentaba alcanzar la nata de la tarta.
—¿Eres feliz? —me susurró.
Contemplé a Alma abrazando a su hija, a mi madre discutiendo cariñosamente con Iván y a Titán acercándose con disimulo a la mesa de los dulces. Después miré a Alexander, al hombre con el que había construido aquella vida que jamás me atreví a imaginar.
—Muchísimo —le respondí—. Más de lo que pensé que podía serlo.
Él sonrió y volvió a besarme.
Y comprendí que la felicidad no necesitaba grandes acontecimientos ni promesas extraordinarias. A veces bastaba con un jardín lleno de risas, dos niñas que compartían nuestros nombres y todas las personas que queríamos reunidas alrededor de una tarta.
Aquello era cuanto había deseado sin saberlo.
Y, por fin, lo teníamos todo.