Epílogo
Silas
Varios meses después
Después de lo que no hay otro modo de definir como demasiado tiempo viviendo en casa del pakhan, por fin, mi sorpresa para Sarah está lista. Nunca pensé que podría tardar tanto, pero se ve que las cosas en Rusia son más complicadas por el clima.
Tengo que ultimar algunos detalles, y más vale que me dé buena prisa, porque la sesión de Sarah con su psicóloga termina en breve y no puedo retrasarme para que sospeche que algo no va como debe.
En este tiempo, mi gatita ha ido perfeccionando sus dotes de leer a la gente, o al menos a mí, vaya. Se me hace muy difícil esconder cualquier cosa, aunque sea algo bueno.
Hace tiempo que sospecha que pasa algo, pero Mads y Knox me han ayudado a que piense que no hay nada de lo que se tenga que preocupar.
Y es cierto, pero creo que nos ha demostrado a todos con creces que, siempre que algo tenga que ver conmigo, Sarah va a preocuparse y mover cielo y tierra. No podría ser de otro modo.
Cuando Sarah sale de la cita con su psicóloga, yo llevo tres minutos aparcado en la acera de enfrente esperándola. No ha podido ir la cosa más justa, pero al menos no me ha pillado.
—¿Qué tal la sesión, amor? —pregunto mientras se acerca, gritando a través del casco.
—Bien, poco a poco vamos llegando a algo. La doctora me ha dicho que todavía queda mucho camino por recorrer, pero vamos por buen camino. Quiere que luego la llames y confirmes tu cita.
—Luego la llamaré. Sube —la apremio, porque me muero de ganas de enseñarle todo de una vez, pero ella no sube hasta que deposita un beso sobre mi casco y se pone el suyo.
La doctora Neiman es una estadounidense que vive en Moscú, por lo que nos facilita mucho las sesiones que no tengamos una barrera idiomática; nos da la facilidad de expresarnos con naturalidad.
Desde que nos vinimos a Rusia y tras unos días en los que tanto Sarah como yo estuvimos sumidos en el caos, Artem me dio su número de teléfono y comenzamos a hacer sesiones regulares, tanto de modo individual como en pareja.
Hemos recorrido un largo camino desde que salimos del búnker, pero del mismo modo sabemos que nos queda todavía mucho por sanar.
Por aceptar. Por perdonarnos a nosotros mismos.
Por dejar la culpa atrás. El dolor. El trauma. Los miedos.
Sarah se sube en mi Ninja , meto primera y espero a que ponga su mano en el depósito y me dé unos golpes en el muslo para hacerme saber que está lista.
Es en ese momento y no antes, cuando muevo mi mano derecha, acelerando a fondo y dejando que la rueda chirríe al salir.
La risa de Sarah inunda nuestro intercom y no hay sonido en el mundo que me haga más feliz.
Comienzo a filtrar el tráfico por la necesidad apremiante que tengo de llegar.
Detengo la moto ante el portal de entrada de una mansión, porque no puede tener otro nombre esta monstruosidad.
Ayudo a Sarah a bajar y, en cuanto se quita el casco, su cara desconcertada me deja muy claro que no sabe qué hace aquí.
En vez de como lo tenía planeado, para no aumentar su ansiedad, me quito el casco yo también y apoyo ambos sobre la moto.
Saco unas llaves de mi bolsillo y las pongo delante de sus ojos verdes, que me miran con fascinación.
—Bienvenida a tu hogar, gatita. Uno que siempre podrás llamar tuyo, que construirás desde cero conmigo, si eso es lo que quieres.
Sarah corre y me salta a los brazos, chillando en mi oído y haciéndome saber lo feliz que la hace que tengamos algo que por fin sea nuestro.
Solo nuestro.
—La he reformado para nosotros con todo lo que me has ido contando que te gustaba. Espero haber acertado en todo, pero podemos cambiar lo que no te guste. Es para ti, para que tengas un lugar seguro al que volver siempre, así que siéntete en la libertad de cambiar todo lo que quieras.
—¡No me puedo creer que nos hayas comprado una casa!
—Te he comprado una casa.
—No, Silas. Nos has comprado una casa. A nosotros. A nuestra familia. Estará perfecta como está solo por el hecho de que la has elegido pensando en mí y en todas mis necesidades. —Y esto último lo dice con rintintin y con ilusión.
Sus necesidades son lo primero que he tenido en cuenta y por lo que más ganas tengo de salir de casa de Artem.
Hace tiempo que Sarah descubrió los libros de Dark Romance —una nueva afición donde también ha metido a Madison— y, aparte de ver a las protagonistas superar las situaciones complicadas por las que pasan y de cómo nosotros siempre besamos el suelo por donde ellas pisan —como debe ser— aprendió que…
bueno, hay muchos modos de disfrutar del sexo y quiere probarlos todos antes de decir cuáles le gustan y cuáles no.
Y yo estaré encantado de cumplir todas y cada una de las fantasías de mi gatita.
No seré yo quien le ponga límites a Sarah.
O bueno, la realidad es que sí.
Me he negado de forma tajante a que otro hombre la toque; es un límite para mí, y ella lo respeta. Además, solo se siente cómoda con las personas que tiene confianza… y no es como si fuéramos a acostarnos con Mads y Knox…
—¿Quieres verla? —Muevo mi mano señalando hacia la casa.
Sarah salta emocionada y corre al portón para entrar, pero enciendo la moto y me acerco. La subo en la parte delantera, igual que ese primer día que la saqué de ese puto agujero, y así cruzamos el camino de entrada de nuestro nuevo hogar.
Del mismo modo que comenzamos nuestra vida cuando ambas decidieron juntarse.