Capítulo 100
Sarah
Llegamos al avión y cada paso me cuesta más que el anterior.
Mi cuerpo no está acostumbrado a este nivel de actividad física después de tanto tiempo de encierro.
Madox se ha quedado atrás para registrar el despacho de Evander y ver si conseguía localizar algunos documentos importantes para su jefe.
Ha sido realmente complicado llegar al jodido cacharro que nos va a sacar de aquí, y llego pensando solamente en poder sentarme, tirarme al suelo, lo que sea, pero parar.
Antes de que pueda siquiera subir, un grito me saca de mis pensamientos. La voz estridente de Madison me hace levantar la cabeza y la veo venir corriendo hacia mí. No tengo margen de hacer nada cuando ella choca contra mi cuerpo y aprieta sus brazos a mi alrededor.
—Pensé que nunca volvería a verte —llora mientras me abraza.
—Mads… Lo… lo siento. Yo…
—Shh, calla. Ya habrá tiempo de hablar lo que se necesite, pero ese momento no es ahora. ¿Podemos irnos ya? —pregunta mirando a Knox
—Debemos esperar a Madox; ha ido a registrar el despacho de Evander. No debería tardar.
Subimos al avión a esperar e intentamos ponernos todo lo cómodos que el dichoso cacharro nos permite.
No esperamos mucho cuando Madox aparece, pero para sorpresa de todos los que nos encontramos a bordo, no lo hace solo, sino que Zeke lo acompaña, camina a su lado con toda la parsimonia del mundo.
Todos los presentes nos tensamos, pero supongo que yo soy la que encabeza la lista en la mierda de lo que estoy sintiendo.
Ahora sé quién es este hombre para mí, o qué se supone que es.
Porque un padre no dejaría que le hicieran a sus hijas lo que él ha dejado que Evander me haga, lo que todos los hombres de la fortaleza le hicieron a Liz.
Ahora entiendo por qué salía de la habitación cuando Evander…
Cuando otros hombres... Siempre retiraba la mirada pero nunca, jamás intercedió por ninguna de las dos y se merece tanto o más que Callum y Evander quedar sepultado allí abajo.
La mirada de odio que le dedico debe de ser toda la confirmación que necesita para ser consciente de que lo sé, de que sabemos quién es.
—Mirad que pajarito me he encontrado por ahí sacando toda la documentación del despacho de Evander. Documentación que muy amablemente me ha entregado, ¿verdad?
Pero Zeke no contesta. Sus ojos siguen fijos en los míos, que espero que reflejen el fuego que mi alma siente por dentro, que le dejen bien claro lo que me gustaría que ese hombre estuviera muerto.
—¿Darío? —pregunta Silas
—Hemos visto por las cámaras del despacho como el imbécil quiso ir a rescatar a los hermanos y se quedó en el camino. El fuego lo alcanzó antes de poder adentrarse del todo en el búnker —nos cuenta con una sonrisa de oreja a oreja.
—Nada menos de lo que se merece —gruño con mi mirada fija en Zeke.
—Sarah…
—No. No tienes derecho. Ahora mismo lo único que me gustaría hacer es rajarte la garganta y bañarme en tu sangre.
Noto el cuerpo de Silas pegarse a mi espalda y colocar sus manos sobre mi cintura. Se agacha a mi oído donde me susurra:
—Mmmm, eso me ha puesto muy cachondo, gatita. ¿Puedes volver a amenazarlo? Es música para mis oídos —dice intentando romper la tensión, intentando sacarme de ese bucle de pensamientos, y lo consigue.
Madox sube a Zeke al avión y da indicaciones de que despeguen para encaminarnos hacia un viaje demasiado largo a Rusia.
—¿Alguien va a decirme por qué este se viene con nosotros? —pregunta Liz sin entender nada.
—Quiere redimirse —contesta Madox—. Va a hablarnos sobre los negocios de Evander, a ayudarnos a desmantelar otros lugares similares de los que tenga constancia.
—No hay redención posible. —La rabia se impregna en cada una de las palabras que salen por mi boca—. No para ti, padre .
El grito ahogado de Liz es toda la confirmación que necesitaba para saber que ella no tenía idea de nada.
Demasiadas horas después, llegamos a Rusia. Varios hombres se acercan nada más tocamos tierra y se llevan a Zeke directo a los calabozos, y yo me quedo sin saber dónde ir, qué hacer, qué decir. Pero Silas me coge de la mano y se queda a mi lado, siendo siempre mi guía en la oscuridad.
Caminamos todos hacia un despacho donde Madox nos hace pasar. Anda por aquí como si fuera su hogar y no entiendo el porqué de tanta familiaridad.
—Esperarme aquí, enseguida vuelvo, voy a avisar a Artem —anuncia mientras sale de la estancia.
—¿Por qué parece que conoce el lugar? —pregunto desconcertada.
—Porque lo conoce. Madox es un espía que Artem, el pakhan, tenía infiltrado en la fortaleza.
—¿ Pakhan ? ¿El jefe de la mafia rusa? —pregunto con un hilo de voz.
—No tienes por qué temerme, Sarah, no muerdo. —Su mirada me repasa de arriba abajo—. A no ser que me lo pidan, claro.
Su voz me envara en el lugar y no le quito ojo de encima mientras se sienta en su silla frente a todos nosotros. Silas coloca su brazo alrededor de mis hombros de un modo posesivo.
—Vuelve a dedicarle una mirada o unas palabras como esas a mi mujer y será lo último que hagas —amenaza.
Todos los presentes nos quedamos congelados menos Knox, que le da una palmada a su hermano en la espalda, dándole ánimos.
—¿Crees que es prudente amenazar al jefe de la mafia rusa? —intento decir lo más bajo posible, pero está claro que no lo logro del todo.
—No, no es nada prudente, Sarah. Y precisamente por eso los respeto, a ambos. Que la misma ferocidad con la que defienden a sus mujeres sea la que utilicen para defender ahora a sus hermanos. Bienvenidos —sonríe Artem.
—¿Ese era el trato? —pregunto—. ¿Él nos protegerá ahora de los jefes de tu padre?
—Él era el jefe de mi padre. El problema nunca fue su jefe, sino las personas con las que trabajaba de forma clandestina —me explica.
Mira hacia Artem y explica:
—Madox tiene la documentación que acordamos traer, y por lo que nos contó en el avión, tienes algo todavía mucho más valioso: Zeke. Si hay algo que mi padre sabía o hacía, Zeke también. Era su mano derecha, su hombre más fiel.
—Madox me ha puesto al corriente, sí. Ha sido un placer hacer negocios contigo, Silas.
—Artem se levanta y le tiende la mano—. Eso sí, me temo que la otra parte del trato todavía no está lista.
Pero me gustaría ofreceros mi mansión para que os quedéis mientras ponéis en orden todos vuestros asuntos.
—Es muy amable por su parte —respondo agradecida.
La realidad ahora mismo es que ninguno tiene dónde caerse muerto y todas nuestras pertenencias han sido reducidas a cenizas. En cuanto lo pienso, solo extraño el collar que Silas me regaló, el resto de cosas me dan igual. Aunque…
—Artem, ¿en Rusia venden Palotes? —pregunto mientras rezo internamente.
Las carcajadas de Silas resuenan en las paredes del despacho que nos acoge.
—Pues… Me temo que no sé qué es, pero puedo pedir que los busquen si es necesario —responde contrariado.
—Es muy necesario, sí —contesto lo más rápido que puedo para que dé la orden cuanto antes.
—Oye, si ella tiene Palotes, yo quiero Pikotas —dice Madison mientras se cruza de brazos.
—¿Por qué presiento que vosotras dos me vais a dar más de un dolor de cabeza? —pregunta Artem llevando la vista de una a la otra.
Silas y Knox se miran y sueltan una carcajada sonora. Ese estruendo despierta al pequeño que nos acompaña, que lloriquea. Es en ese momento cuando Artem fija la vista en la tercera mujer de la sala y abre los ojos de par en par.