Capítulo 99
Sarah
Nos encaminamos al avión o lo que leches sea el cacharro que nos va a sacar de aquí, cuando algo pesado me tira del pecho y dejo de moverme. ¿Cómo he podido siquiera olvidarme? Miro a Silas con los ojos abiertos de par en par.
—Mi hermana. ¿Dónde está mi hermana?
Pero no es Silas quien me da una respuesta, sino Madox.
—Te está esperando en la puerta del búnker —responde con una sonrisa—. Supuse que querrías verla nada más salir.
Cuando llegamos arriba, la veo, y me tiro a sus brazos.
Detrás de nosotros sale una nube de humo negra que estoy segura de que es tóxica solamente porque la desprenden los cuerpos de Callum y Evander, además de todo lo que pilla el fuego a su paso, buscando una puerta, una salida, el siguiente lugar que consumir.
Mi hermana me empuja cuando sus ojos se hacen conscientes de esa nube de humo. Me aparta de ella y comienza a gritar, encarándose con Madox.
—¿Dónde está? ¿Dónde está? —solloza.
—¡Pensé que estaba contigo! —grita él en respuesta.
Mi hermana llora de un modo desconsolado, pero la histeria de Madox no se queda atrás. Él se mueve, inquieto, mientras intenta escuchar lo que le dice mi hermana, pero se nota que tiene la cabeza a kilómetros de aquí.
—No sabía qué pasaba, si eran amigos o no, si eran ayuda. Lo dejé abajo. Después otros hombres me dijeron que estabas tú, que te esperara aquí, por lo que pensé que estaba contigo.
Madox abre los ojos de par en par y comienza a correr de vuelta al búnker. Mi hermana va a ir tras él, pero Silas la frena.
—Sea lo que sea, él lo encontrará, no puedo dejarte bajar. No tienes entrenamiento; firmarás tu sentencia de muerte solo con poner un pie ahí dentro.
Mi hermana se retuerce, intentando bajar. Knox se acerca para intentar contenerla entre ambos. No sé qué hay ahí abajo, pero se ve que es algo demasiado importante, algo por lo que mi hermana arriesgaría su vida, provocando que esté más fuera de sí que nunca, desesperada por bajar.
—¡Dejadme! ¡Soltadme! No puedo irme sin él, no puedo. Tengo que bajar. —Mi hermana ruega y a mí se me aprieta el pecho por ella, por su dolor.
Así que no lo pienso, adelanto a Knox y Silas y me encamino a las escaleras.
El humo es demasiado denso. No consigo respirar; me queman los pulmones y el olor es nauseabundo, pero sigo bajando las escaleras.
Ni siquiera he tenido la oportunidad de llegar abajo del todo cuando alguien me levanta y me lleva de nuevo a la superficie.
Mis pies todavía no han tocado el suelo, pero los gritos ya están saliendo de la boca de Silas.
—¿Se puede saber en qué mierda estabas pensando? —grita a centímetros de mi cara.
—No estaba pensando, creí que eso había quedado claro —digo respirando enfurecida y enarcando una ceja.
—No me jodas, Sarah. Ahora resulta que te haces la graciosa. Ni siquiera hemos tenido un poco de paz y vas y te aventuras ahí abajo. ¿Acaso tienes idea de lo que estás buscando al menos?
—No. Pero no lo necesito para saber que es algo importante para mi hermana. Por si no te has dado cuenta, hago lo que sea por la gente a la que quiero, incluso si eso hace que yo me quede en el camino —espeto con rabia, diciendo estas últimas palabras con los dientes apretados.
Silas da un paso atrás y es entonces cuando caigo en lo que he dicho. En la dureza de mis palabras.
—No te pedí que me protegieras, Sarah. Hubiera preferido que me dejaras morir a que tuvieras que vivir lo que viviste a manos de esos dos hombres, ¡¿todavía no lo entiendes?!
Da una vuelta sobre sí mismo, llevando las manos al cielo.
—No puedo vivir en un mundo donde no estás, donde no eres feliz, donde algo te hace daño.
Odio vivir sabiendo lo que has pasado por mí, lo que has dejado que esos hijos de puta hicieran con tu cuerpo para mantenerme a salvo cuando lo último que quería era que sufrieras y mucho menos por mí. POR MÍ. No me lo merezco, Sarah.
—Pero… ¿Yo sí que me merezco que sufras por mí?
—respondo en un tono de voz más calmado—.
Yo tampoco te pedí que me protegieras y me trajiste aquí, con las consecuencias que eso podía conllevar.
Obedeciste órdenes que de otro modo jamás hubieras obedecido por tener a tu padre contento, para no darle motivos de enfadarse y que pudiera encontrarme.
Yo tampoco te pedí que me protegieras, tampoco me lo merezco.
Pero me diste este regalo y lucharé para ser merecedora de ello.
¿No ves que yo solo soy feliz en un mundo en el que esté a tu lado? ¿En un mundo en el que tú existes?
—No hay nada por lo que tengas que luchar. Te quiero, Sarah —dice mientras une sus labios a los míos.
No puedo evitar rodear sus hombros con mis brazos y clavar las uñas en ellos. Rompemos el beso y acomodo mi cara en su cuello, y el olor, la fuerza de su abrazo, su amor, me transportan por completo a lo único que he conocido como hogar.
—Te quiero, Silas.
Creo que los dos estamos demasiado en shock para ser conscientes de todo lo que nos rodea, porque ahora que Silas me ha soltado, me doy cuenta de que estamos fuera, y que no siento miedo. Nada, ni una pizca.
Miro a mi alrededor, a los árboles, los edificios, los hombres que intuyo han venido con ellos, el cielo como siempre encapotado y con la niebla que hace que se enturbie el día.
No siento miedo.
Nada me espera, nada me busca. Nadie puede salir a atraparme.
Ya no hay Evander, ya no hay Callum.
Ya no están.
Los gritos de Madox se cuelan en mi neblina mental.
Silas y Knox bajan las escaleras que ahora están del todo ocultas por el humo y la temperatura alrededor de ella ha subido varios grados.
Liz y yo miramos la puerta, con el miedo encogiéndonos el estómago, pero minutos después vemos salir a Knox con Madox a rastras y tosiendo sin parar.
Justo detrás de él sale Silas con un pequeño en brazos.
—¡Vander! —grita mi hermana mientras corre hacia ellos y coge al niño en brazos—. Ya estás con mamá.
Veo cómo Silas suelta al pequeño y va caminando poco a poco hacia atrás para volver a internarse en el búnker. Veo en sus ojos la culpa, el dolor.
Cree que tiré mi vida por salvarlo a él, pero no entiende que sin Silas no hay Sarah del mismo modo que sin Sarah no hay Silas.
Sigo con la vista puesta en Silas, no entiendo qué está haciendo hasta que veo que sigue caminando y adivino sus intenciones.
—Ni se te ocurra. No me dejes ahora —le pido acercándome despacio con las lágrimas corriendo por mi rostro—. Ya casi está, Silas, un poco más, por favor —susurro con la voz rota.
Mis palabras llaman la atención de todos los presentes y, antes de que pueda siquiera planteárselo, Knox y Madox salen corriendo y lo sujetan, alejándolo de las escaleras.
—No, no, por favor. Dejadme bajar, dejadme ahí abajo. No merezco… Me lo merezco. Dejadme bajar, por favor —solloza Silas mientras Knox y Madox lo arrastran lejos de la puerta del búnker.
—Lo único que te mereces es ser feliz, hermano. No conozco persona que lo merezca más que tú.
Y con esa última afirmación Knox lo lleva arrastras, obligándolo a enfrentarse a su dolor, encaminándonos a nuestro nuevo hogar.
Voy tras ellos y, cuando estoy lo suficientemente cerca, susurro en el oído de Silas, intentando que solo él me escuche:
—Si piensas que ahora que hemos llegado hasta aquí te voy a dar la oportunidad de vivir alejado de mí, es que todavía no me conoces, Silas.