Epílogo 2
Sarah
Cuando Silas me dijo que había pensado en todas las variantes para esta casa, veo que lo decía totalmente en serio. Ha tenido en cuenta todas y cada una de mis necesidades y mi intención de descubrir todas las cosas que me gustan.
Y lo pienso mientras huyo por nuestro pequeño bosque del jardín trasero, con él persiguiéndome. Que sepa que es él quien me está dando caza no disminuye la euforia que siento, sino todo lo contrario.
No parará hasta que me dé caza.
Hasta que consiga lo que le pertenece.
Hasta que me tenga.
Los jugos me corren por las piernas cuando escucho los sonidos que va dejando a su paso tras de mí.
Intento acelerar, pero mis cortas piernas no dan mucho más de sí.
En este caso, la diferencia de altura actúa mucho a su favor, pero ambos sabemos que está jugando conmigo, que podría haberme atrapado hace mucho si quisiera.
Lo único que está haciendo en este punto es aumentar mi excitación mientras huyo y él me persigue.
Seguimos en este juego del gato y el ratón hasta que Silas decide que ha sido suficiente y, más rápido de lo que yo jamás podré avanzar, me adelanta y termino por chocar contra su pecho.
—¿Vas a algún lado, gatita?
Mi aliento se escapa en volutas y sale de mi boca de un modo acelerado por la carrera. No lo puedo controlar, al igual que el latido de mi corazón. Pero ese ya no tengo claro que haya sido por la carrera.
—¿Mi gatita está muy cansada para contestar?
Lástima, porque voy a cansarte mucho más.
Voy a hacer que grites mi nombre para que todo hombre que esté cerca pueda oír cómo ruegas por mi polla, gatita.
Veo tu excitación mojar tus piernas desde aquí, ni te molestes en negarlo, y pienso limpiar hasta la última gota.
Silas se abalanza sobre mí y su lengua se adentra en mi boca sin pedir permiso ni perdón. Se adentra como el dueño del lugar que es y yo solo puedo intentar seguirle el ritmo.
Me aprieta el cuello restringiéndome el paso de aire y mi corazón redobla sus esfuerzos al latir desbocado.
Silas me acuesta en el duro suelo del bosque y rompe el conjunto que llevo puesto para poder acceder a mi pecho. Lame, juega y mordisquea mis pezones, haciendo de esa tortura el lugar más placentero.
—¡Silas, por favor!
—¿Ya has empezado a rogar? Si todavía no hemos empezado, gatita.
—Cállate y fóllame de una vez, Silas.
—Como ordenes, gatita.
Acto seguido y sin muchos miramientos, la mano de Silas tira de mi tanga, que se rompe con un sonoro crack .
Otro menos, y en mi mente, no puedo evitar poner los ojos en blanco. Cuando centro mis ojos en los suyos, soy consciente de que se ha dado cuenta y que eso me valdrá unos azotes más tarde. Si me amenaza con placer, lo haré las veces que sean necesarias.
Los dedos de Silas tantean mi empapada entrada.
—Joder, gatita, estás chorreando.
—Te necesito, Silas.
Y no hace falta más para que de un solo empeñón Silas se introduzca por completo dentro de mí, haciendo que ambos gimamos al unísono. Me da tiempo para que me habitúe a su tamaño, pero lo insto moviendo las caderas, por lo que empieza a moverse rápido, duro.
Exactamente como sabe que me gusta.
Y no necesito más que varios empellones con la mano de Silas en mi cuello restringiendo mi aire y su pelvis chocando contra mi clítoris en cada embestida para que me deje ir y lo arrastre a él conmigo, cayendo los dos por el más placentero de los precipicios.
Todavía estoy en mi neblina postorgásmica cuando Silas me levanta, y con su sonrisa canalla de medio lado, me dice:
—Corre, gatita, y prepárate para dejarme tus marcas.
Y no dudo. Empiezo a correr, porque sé que él viene tras de mí.