Capítulo 94
Silas
Como siempre, estoy pendiente de la cámara de Sarah y de todo lo que pasa en esa habitación. Así que, cuando un hombre que está supuestamente muerto cruza el umbral, me quedo completamente paralizado.
Es imposible.
Jodidamente imposible.
El dolor me atenaza el pecho porque ahí va otra de las promesas que le hice a Sarah y no pude cumplir.
Todo el tiempo que llevo encerrado en este sitio de mierda, lo único que he hecho es sufrir al lado de mi gatita aunque ella no lo sepa. Lloro con ella todas las noches.
Ella llora mi muerte.
Yo lloro su dolor.
Me duele el alma ver por todo lo que ha pasado, por todo lo que está pasando por mi culpa. Yo la traje aquí, yo la dejé al alcance de su mano. Yo tengo la culpa del dolor que atenaza el pecho de mi gatita todas las noches. Solo tengo un pensamiento, una palabra, que resuena constante en mi mente.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
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Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
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Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
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Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa. Culpa.
Es lo único que siento.
Lo único que merezco.
Salgo de mis pensamientos para ver cómo el hijo de puta de Callum tiene a Sarah retenida contra la pared y empiezo a gritar como un jodido demente, a intentar levantarme de la silla para llegar a ella, pero las putas cadenas que me mantienen sujeto no ceden.
Sigo intentando salir de su agarre y noto cómo la sangre comienza a brotar de las heridas que me están haciendo.
Me da igual.
No lo siento.
No me importa.
Haré todo lo que esté en mi mano para intentar impedir que vuelva a pasar lo mismo. Como si me tengo que arrancar las manos y dejarlas atrás para llegar a ella.
—¡No la toques! ¡Suéltala! —le grito a la pantalla—. ¡Aléjate de ella!
Más y más y más gritos.
Más y más y más impotencia.
No voy a poder llegar a ella, no voy a poder y no hay mayor dolor que ver cómo mi niña se rompe en directo y no ser capaz de hacer nada por ella. No valgo para nada, ni tan siquiera para mantenerla a salvo.
Me doy cuenta de que mis gritos van acompañados de lágrimas cuando el sabor salado de una de ellas me sorprende en la lengua.
Y por primera vez en toda mi jodida vida, ver a mi padre calma mis nervios.
Veo cómo entra en la habitación seguido de Darío y Zeke, sacan al jodido Callum de encima de Sarah y se lo llevan a rastro.
Veo la duda reflejada en la cara de mi padre, si acercarse a Sarah o ir tras sus hombres.
Me quedo quieto, esperando a ver qué hace, rogando por que la deje estar.
Y parece que por primera vez en demasiado tiempo alguien escucha mis plegarias.
Veo cómo mi padre sale, cómo Sarah mira la puerta…
—Ve, vete, gatita —susurro con la voz ronca de tanto gritar.
El volumen de mi voz es tan bajo que ni siquiera me escucho a mí mismo. Tengo el cuerpo en tensión por la esperanza que siento por primera vez en mucho tiempo.
Y en el momento en el que veo cómo mi gatita cruza la puerta, dejo que las lágrimas fluyan y comienzo a rezar para que pueda salir de aquí, para que su miedo no la paralice cuando llegue al exterior, para que se largue de aquí sin mí.
Pero al cabo de unos minutos la figura de Sarah vuelve a aparecer delante de mí, en esa puta pantalla, y me derrumbo por completo.
Ha despreciado su puta mejor oportunidad de escapar y solo espero que no lo haya hecho por mí.
Unos gritos al otro lado de la puerta hacen que centre la vista en esta y los aleje por primera vez en mucho tiempo de la pantalla que me muestra a Sarah. Escucho poniendo todos mis sentidos en las palabras:
—¡Metedlo ahí! ¡Te dije que no te daría otra oportunidad!
—Lo siento.
—Te perdoné que te la hubieras llevado, pero fui muy claro. SARAH. ES. MÍA. Y pagarás por haberla tocado.
Se escuchan golpes y, unos segundos después, la celda contigua a la mía se cierra con un fuerte portazo. Espero que lo torture ofreciéndole el mayor dolor posible.