Capítulo 90
Sarah
Después de la llamada con Knox, Silas le envió toda la documentación y decidimos ver una película para intentar desconectar, pero ambos terminamos por quedarnos dormidos.
La luz que se cuela por la ventana me ha despertado.
Silas sigue durmiendo a mi lado, y su erección mañanera ha hecho acto de presencia.
No tengo nada que pensar, me encamino directa a ella.
Después de todos los días que llevamos aquí encerrados juntos, demasiado me he contenido por miedo a quedarme paralizada y visualizar a Evander en mi mente.
Pero estos días me han demostrado con creces que, cuando estoy con él, en mi mundo solo hay lugar para Silas.
Le quito las sábanas que cubren la parte por la cual la boca se me está haciendo agua. Llevo un rato mirándola fijamente y mis pezones están sumamente duros. Tengo ganas de apretarlos, pero me torturo sin tocarme para que sea Silas quien lo haga.
Me subo sobre él y bajo por su torso dejando un beso tras otro, despertando algo que ya de por sí estaba despierto.
Me siento sobre mis piernas, sujeto la erección de Silas con fuerza pasando un dedo por su piercing, llevándome con él parte del líquido preseminal.
No puedo esperar para sentir esas bolas estimulándome por dentro. Me vuelve completamente loca.
Con la imagen de Silas sobre mí, me agacho y me meto su polla en la boca.
Gimo ante el sabor salado y comienzo a mover la lengua sobre ella, haciendo círculos y subiendo y bajando mi cabeza.
Noto un cambio en la respiración de Silas y llevo mis ojos a su cara, viendo los suyos abiertos de par en par, mirándome con lujuria.
—He visto cosas bonitas, pero ninguna más que despertarme y ver cómo mi polla entra y sale de tu boca, cómo tus tetas se contonean con tus movimientos.
Gimo.
La boca sucia de Silas siempre hace que algo se active en mi clítoris.
Silas me sujeta por el pelo, obligándome a frenar en mi trabajo. Me retiro con un sonoro plop y una mueca triste cual niña malcriada.
—El collar, gatita, ¿Dónde…?
—Primer cajón de tu mesita.
Lo abre y saca su último regalo antes de irse a Rusia. El collar me hace recordar el Palote y mis mejillas se enrojecen.
—Ve a ponerte lo que te regalé, Sarah. Concédeme ese pequeño deseo.
Me río, porque por él haría lo que no está escrito.
Me cambio, y cuando salgo del baño, la mirada de Silas se pasea por mi cuerpo de un modo indecente. Llevo el conjunto de lencería negra de encaje con los dos ligeros y la cadena me adorna el cuello.
—Qué bonita te pones para gritar para mí, gatita. Ven, ven a dejar tus marcas.
—Enséñame la espalda, quiero ver si puede ser el lienzo perfecto para dejar las marcas de mis uñas.
—Joder, Sarah. Lo será siempre. —Hace un gesto con la mano para instarme—. Ven a enseñarme cómo tu coño chorrea por mí, cómo ruegas por que mi polla te llene.
Me acerco despacio, y Silas se pone de pie para poder pasear a gusto sus manos por todo mi cuerpo. Las mueve arriba y abajo, acariciando cada pedacito de mí, dejando a su paso mi piel erizada. Los pezones se me marcan a través de la tela, dejando ver lo duros que están.
—¿Hay alguien por aquí que se muere por ser tocada? —pregunta mientras pasea sus dedos por encima de la tela.
Asiento sin dudar.
Silas me pellizca el pezón, lo que hace que un sonoro gemido se escape de mi boca.
—Con palabras, gatita.
—Me muero por que me toques, Silas —ronroneo.
Comienza a girar a mi alrededor y, cuando se coloca a mi espalda, se acerca a mi oído, donde deja una sucesión de besos y me susurra:
—Estoy seguro de que si meto las manos entre tus piernas, te encontraré chorreando para mí, gatita. ¿Estoy en lo cierto?
Asiento.
Silas aprieta el collar, cortándome la entrada de aire.
—Palabras, gatita. He dicho que quiero palabras —repite mientras afloja un poco, dejándome coger aire, pero haciéndome saber que está ahí.
—Estoy chorreando para ti, Silas. Mi coño te está llamando a gritos con la necesidad de que lo llenes.
Silas frena completamente, me gira para tenernos cara a cara.
—Oh, joder, no sabes lo que has hecho.
Me tumba sobre la cama e introduce dos dedos dentro de mí.
—Joder, Sarah. Estás empapada…
Sus dedos comienzan a entrar y salir de mi interior con rapidez, dando en el punto exacto todas y cada una de las veces, y yo no consigo contener los jadeos que se escapan de mi boca. Los ruidos que salen de mí hacen que intente cerrar las piernas con vergüenza.
—Ni se te ocurra —ordena Silas poniendo una de sus piernas en medio—, quiero ver cómo chorreas para mí.
Suma su pulgar y comienza a mover mi clítoris en círculos mientras sus otros dos dedos continúan entrando y saliendo con rapidez. No puedo contenerlo más y exploto sobre sus dedos.
Todavía estoy cabalgando la ola cuando Silas me penetra de golpe, incrementando mi orgasmo de tal modo que lo baño en mis jugos.
—Joder, joder, lo siento —intento decir con voz ahogada.
—No sientas nada. Ver cómo chorreas con mi polla dentro de ti es el mejor regalo que me puedes dar, gatita.
Silas sigue moviéndose, dando una estocada tras otra, mientras se lleva uno de mis pezones a la boca y lo muerde. Su pelvis choca constantemente con mi clítoris, así que voy a durar poco o nada si sigue con esta intensidad.
Pero para mi suerte, los movimientos de Silas comienzan a hacerse más rápidos, más erráticos.
—Vente conmigo, gatita. Puedes hacerlo.
Con esas palabras de su boca y un pequeño tirón del collar que me deja sin aire, nos corremos juntos.
Todavía estamos acostados sobre la cama, intentando recobrar el aliento, cuando unos golpes en la puerta nos sacan de la neblina postorgasmo.
Me levanto y corro al baño mientras Silas se pone un pantalón y se dirige a la puerta.
Vuelven a llamar de forma insistente.
—Ya voy, ya voy —escucho que dice Silas.
La puerta se abre y por el tono de voz sé que es Darío quien está al otro lado.
—Te vas a Rusia ya. Vístete. Te espero al otro lado de la puerta.
Salimos y veo la cara de Silas; el momento se ha arruinado por completo.
Abro los ojos de par en par cuando caigo en cuenta de algo en lo que la lujuria no me había dejado pensar. ¡Las cámaras!
¿Y si es una venganza de Evander por lo que acaba de pasar?