A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 91
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Capítulo 91

Sarah

Dicho y hecho, Evander está como un jodido loco por lo que ha ocurrido con Silas.

Ha matado a varios de sus hombres por no matarme a mí, está cubierto de sangre de pies a cabeza.

Me grita que le da asco tocarme por lo que acabo de hacer con su hijo, que me ha mancillado, que estoy sucia. No hay quien entienda a este hombre.

—Eres mía, cariño. ¡MÍA! ¿Lo entiendes? Y no solo te has acostado con él, si no que te has corrido para él. Lo he visto, Sarah. Lo he visto. He visto lo feliz que eras a su puto lado. Ni una prueba, Sarah. Ni una. Ni una puta prueba has pasado, joder.

Evander me da un puñetazo que me dobla por la mitad.

—¿Es tan difícil que seas así conmigo?

—Es que a ti no te quiero, no quiero estar contigo —suelto sin pensar.

Ambos nos quedamos congelados, él procesando mis palabras, yo esperando la reprimenda por no haber pensado antes de hablar.

Se encamina hacia la puerta mientras le pide a uno de sus hombres:

—Encerrarla en la sala contigua de mi habitación, a ver si se le pasa la puta tontería y vuelve a ser mi mujer de siempre.

Mientras un hombre me lleva a rastras por un brazo al dormitorio de Evander, este sigue disparando a cualquier hombre que aparece por el pasillo.

Frena en seco y nos mira, entrecerrando los ojos.

—Poned cámaras y micros —dice con una sonrisa—, quiero ver cómo se rompe. Encerrarla el tiempo que sea necesario hasta que eso ocurra.

Evander se va, y si me mandaran a jurar, diría que lo que veo en su rostro no es otra cosa que emoción.

Silas

Sabía dónde iba a terminar en cuanto abrí la puerta y vi a Darío al otro lado.

No, evidentemente no me voy a Rusia, pero tampoco sé qué mosca le ha picado a mi padre para este cambio de conducta tan brusco, aunque últimamente está haciendo cosas que no encajan del todo con quién es él.

El búnker se me hace ya demasiado familiar, solo que esta vez me han metido en una sala en la que nunca había entrado.

Aquí abajo solo pisan los hombres de más confianza de mi padre o los soldados que viven en el otro edificio.

Ninguno de los que estamos entrenando venimos, a no ser que sea para cumplir algún castigo, por lo que me sorprende que la celda en la que me han metido tenga una televisión.

Se ve que hay clases y yo siempre he estado en la más baja en lo que a mi padre se refiere. Nunca he entendido el resentimiento que tiene contra mí.

Estoy esperando que mi padre me honre con su presencia, porque Darío solo ha abierto la puerta y me ha tirado dentro. Al menos no me he llevado ninguna paliza, de momento, tampoco podemos cantar victoria tan rápido.

Me distraigo observando los detalles de esta habitación cuando mi padre entra con una sonrisa de oreja a oreja.

—Perdona, hijo, he tardado más de la cuenta porque me ha llamado un contacto de Rusia. Lamento informarte de que Knox ha muerto.

Contengo la sonrisa que quiere trepar por los labios. El plan, al menos la parte de Knox, va sobre ruedas. Pero disimulo lo mejor que puedo ante mi padre.

—Una terrible pérdida, padre, sé que lo tenías en mucha estima.

—Era un buen soldado, no lo vamos a negar. No como tú —dice mientras se le ensombrece la mirada—. ¿Por qué estás empeñado en quitarme a todas y cada una de las mujeres que he querido en mi vida?

Me quedo con la palabra en la boca porque no sé qué contestar. Me ha tomado por sorpresa su pregunta, que ha escupido con un nivel muy alto de rabia.

—No entiendo, padre.

—Oh, lo entenderás. Verás, Silas, he descubierto tu punto débil.

No, no, no, no, no, no, no, no, no puede ser.

NO PUEDE SER.

NO PUEDE ESTAR PASANDO.

POR FAVOR.

NO.

POR LO QUE MÁS QUIERAS.

NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.

NO. NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.NO.

Estoy tan metido en mis pensamientos, calculando dónde he podido cagarla, dando mil vueltas a mil situaciones, que no he sido consciente de que mi padre me ha puesto una esposa en una mano.

Me revuelvo intentando apartarlo de mí. Tengo que salir de aquí como sea, tengo que encontrar a Sarah, tengo que hacerlo.

Son los únicos pensamientos que me rondan la mente.

En cuanto mi padre nota que estoy consiguiendo liberarme de la llave en la que me mantiene, llama a sus guardias, que están al otro lado de la puerta, y yo comienzo a forcejear con más ímpetu, redoblando mis esfuerzos, porque si consiguen ponerme las manos encima, no hay nada que pueda hacer.

Por mucho que peleo, que me remuevo, que los empujo, ellos son tres y yo solo uno, y termino otra vez esposado y atado a una silla que está atornillada al suelo delante de la televisión.

—Ya veo que te preocupas mucho por la pequeña Sarah—se ríe mi padre.

Hijo de puta.

La mota de esperanza que se alojaba en mi pecho y que me decía que no la tenía desaparece. Mis ojos se anegan en lágrimas. Le he fallado. Le he fallado. Se lo prometí.

Le prometí que estaría a salvo, ni siquiera he podido darle eso.

—Por favor, padre. Ella no tiene nada que ver con nosotros, déjala ir. Deja que haga su vida, no va a decir nada a nadie. —ruego.

La carcajada de mi padre resuena en las paredes.

—Ella no quiere irse, Silas. Quiere estar conmigo.

¿QUÉ?

No…

No…

Siento cómo lo poco que quedaba de mí se rompe.

Mi gatita.

Mi chica.

Mi niña.

A ella no, por favor.

Imploro al universo que me quite todo lo que quiera, pero que no la toque a ella.

La voz de mi padre consigue traspasar mi angustia, mi dolor.

—¿Sabes de qué me he dado cuenta? De que el dolor de otros quema más que uno propio.

Y tú vas a pagar por habérmelo quitado todo.

Se suponía que llegarías a este mundo para ser mi sombra, a mejorarlo.

Pero no, la puta de tu madre tuvo que joderlo todo y ahora, al menos, puedo tener un trozo de ella.

—No sé de qué mierda estás hablando, pero por favor, Evander, te lo ruego. Déjala ir.

Un puñetazo en mi mejilla me hace girar la cara y siento la sangre manar de la herida.

—Primero, soy tu padre. Segundo, un Blackwell no ruega. Tercero, ella me pertenece. Solo yo puedo decidir qué hacer con ella. Ya que dices que no sabes de lo que hablo, voy a contarte una historia, pequeño Silas.

⟫Tu madre era una jodida estúpida, pero su padre tenía dinero y presidía la fortaleza, así que no dudé en casarme con ella para poder acceder a todo.

Ella no era más que un cero a la izquierda, pero tu abuelo era jodidamente codicioso y eso nos unía.

Un día, tu abuelo decidió hacerme un regalo, un regalo con el nombre de Elizabeth, la mujer más bonita que hayas visto jamás.

No quiero interrumpir a mi padre, pues nunca me ha hablado de mi madre ni de nada que tenga que ver con el pasado, así que dejo que siga con sus ensoñaciones.

—Cuando ella aparecía en un lugar, todo giraba a su alrededor.

Poco después de tu nacimiento, Elizabeth tuvo dos niñas, mellizas, que heredaron toda la belleza de su madre, aunque una era su viva imagen.

Durante sus primeros años vivieron aquí en el búnker.

Pero como te he dicho, tu madre era un cero a la izquierda y una estúpida.

Un día mientras estaba con Elizabeth en mi despacho, tu madre entró.

Cuando la vio desnuda sobre mi mesa, abierta de piernas y gimiendo para mí, se volvió loca de celos y apretó el gatillo de un arma que no sabía que tenía.

La siguiente detonación provino de mi arma inmediatamente después, pero ya era demasiado tarde. Elizabeth estaba muerta.

Ahora entiendo toda esa mierda de resentimiento que mi padre tiene hacia mí. Odió a mi madre porque ella le quitó a la mujer que amaba.

—Ese mismo día, esa leyenda del único hombre que se escapó de la fortaleza se hizo realidad, y lo que supe muchos años después es que se llevó a la hija de Elizabeth, a la que más se le parecía, con él.

Pensamos que había sido cosa de tu madre, que había matado también a la niña, pero no.

Y tú, el hijo de la mujer que me quitó a Elizabeth, me trajo a su pequeña de nuevo a mi vida, a mi Sarah.

El shock está patente en la expresión de mi cara. A lo largo del relato de mi padre me he ido poniendo más y más blanco. El pecho me duele tanto, nunca he sentido dolor igual.

—¿Sabes cuál ha sido mi sorpresa, Silas?

Que la pequeña Sarah se enamoró de ti, igual que tú de ella.

Y ahora que la bratva ya no tiene sus garras sobre mí puedo castigarte por traición, por quitarme a mi mujer.

Ya puedo matar a mi heredero sin rompederos de cabeza.

Pero antes, me gustaría que vieras lo bien que se lo ha estado pasando Sarah.

Que sufras igual que sufrí yo esta misma mañana cuando te corrías en el interior de mi mujer, Silas.

—Jamás será tuya, Evander. Jamás. Puedes hacer lo que quieras, pero Sarah es MI MUJER —grito.

Le escupo en la cara, ya que es lo único que puedo hacer mientras me tiene aquí sujeto. En cuanto mi saliva aterriza en su boca, siento cómo un cuchillo se abre paso a través de mi piel desde un costado.

—Tus hombres pueden apuñalarme las veces que quieran, pero sabes que tengo razón.

Por mucho que lo intentes hay algo que jamás podrás conseguir, porque el alma, el corazón de Sarah me pertenece, igual que el mío le pertenece a ella.

No importa lo insistente que seas, nunca conseguirás que sea tuya. No del todo.

La rabia inunda la cara de mi padre, se coloca ante mí y comienza a soltar un puñetazo tras otro, usándome como su propio saco de boxeo. Escupo la sangre que se almacena en mi boca. El dolor me marea y hace que no consiga sostener del todo la cabeza. Mi padre se aparta y me dice:

—Puede ser pero, como te he dicho antes, hay cosas que duelen más que el dolor físico. Espero que te arranque el alma, que sufras y te rompas de tal modo que supliques, esta vez, tu muerte.

—Si vas a destruirme, hazlo bien, sino cuenta con que después voy yo.

Mi padre abandona la sala seguido de sus dos hombres, pero antes le da play a un mando que hay junto a la puerta.

La pantalla se divide en dos, en una de las imágenes puedo ver a Sarah acostada en el suelo de una habitación, llorando, su cuerpo se mece de forma incontrolable.

En la otra, una grabación, una donde mi padre, Darío y Jonah están sobre ella, y el mundo se me viene encima.

El dolor en el pecho es tan grande que estoy seguro de que se me ha roto el corazón. No tengo duda de ello.