A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 83
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Capítulo 83

Silas

Intento abrir los ojos, pero la luz que emite la puta bombilla me está matando, aunque no lo hace más que el dolor de mis hombros.

Es entonces cuando soy consciente de que me tienen colgado por las manos, dejando solamente que la punta de los dedos de mis pies toquen el suelo.

Tan cerca y a la vez tan lejos de poder ponerme en pie por mí mismo y dejar de sufrir este dolor en los hombros.

No sé cuánto tiempo llevo aquí colgado, ni cuánto tiempo pasó desde que dejé a Sarah.

Tampoco sé el motivo por el que me tienen aquí.

Puedo plantearme unas cuantas cosas, pero mi padre no debería de saber ninguna de ellas.

Si supiera que estoy confabulando en su contra, estoy seguro de que ya estaría muerto, me hubiera metido una bala entre las cejas delante de todos sus hombres sin ningún tipo de reparo.

Así que sigo dándole vueltas al porqué, pero sobre todo, sigo pensando en Sarah y qué va a pasar con ella. Lo último que sabe de mí es que me iba a Rusia…

¿Y si piensa que la abandoné?

Dios, no había sido consciente de ello hasta ahora. Seguro que va a pensar que la abandoné, que me fui de aquí sin ella. No, joder.

No.

Empiezo a zarandearme intentando soltarme como sea. Cada vez que me muevo, las putas cadenas se me clavan más en las muñecas y la sangre escurre por mis brazos, pero me da igual, necesito llegar como sea a Sarah, necesito llegar a mi gatita. Me da igual por encima de quién tenga que pasar.

El ruido de la puerta al abrirse no me hace detenerme, sino todo lo contrario.

Aumento mis movimientos, cada vez son más frenéticos.

Pensarán que solo intento huir de que me peguen.

Pero, ahora mismo, veo más salida y necesidad de soltarme que hace un minuto porque la única puerta que me mantiene alejado de Sarah está abierta.

Y no veo nada más allá de ella.

Mi padre me mira con las cejas enarcadas flanqueado como siempre por Zeke y Darío.

—¿Se puede saber qué mierda haces?

No le contesto, no voy a gastar ni un solo gramo de mi energía en él. Tengo cosas más importantes que hacer que darle una conversación agradable a ese hijo de puta.

Precisamente porque no le contesto se lo toma como una falta de respeto, y el cabrón siempre tiene un as bajo la manga.

Veo el movimiento justo antes de sentir la corriente que destella en mi cuello y baja por todo mi cuerpo infligiendo dolor en cada uno de los músculos por los que pasa, tensándolos. Me envaro, no tengo otra opción, ya que mis músculos me obligan a contraerme por la fuerte sacudida.

Hasta que lo para, hasta que levanta el dedo del puto botón y en ese momento tengo espasmos en todos y cada uno de los músculos del cuerpo.

—He preguntado, ¿qué haces, hijo?

Quiero escupirle, pero no tengo clara la situación en la que me encuentro.

No creo tener alguna posibilidad siendo dócil de que me deje salir y volver a la fortaleza.

Ya no solo por la manera en la que entré aquí, sino porque la última vez que pase tanto tiempo bajo tierra, fue muy claro en que sería la última.

Supongo que todavía tengo algo de esperanza y quiero creer que puedo volver con mi gatita. No puede ser que el mundo sea tan cruel y la deje a ella pensando en que la abandoné justo después de que me pidiera salir de aquí y le diera una negativa.

Me niego a pensar eso.

El puñetazo que mi padre me propina en el estómago hace que el aire de mis pulmones me abandone y me cuesta que vuelva a entrar, pero sigo sin decir ni una sola palabra, ni un solo quejido. No le daré la satisfacción de escucharme pedir clemencia.