Capítulo 80
Sarah
Intenté disimular ante Silas, intenté que no viera cómo me estaba rompiendo en la ducha cuando llegó, cómo tenía rojo el cuerpo de tanto frotar, el agua rojiza que todavía quedaba en el desagüe, pero se ha ido sabiendo que algo no va bien.
No he podido evitar pedirle por favor que nos fuéramos. No quiero estar aquí cuando él no está, y he rogado por ello. No entiendo por qué no puede ser, ¿no es consciente de que lo único que necesito es a él?
Me da igual el resto del mundo, me da igual el dinero, me da igual no tener un techo sobre nuestras cabezas.
No entiendo por qué está tan empeñado en darnos una seguridad que estoy segura de que no sería tan necesaria si estuviéramos fuera de aquí.
¿Es tan malo lo que hace para su padre que no tengo razón?
No sé por qué es tan difícil para él que podamos irnos los dos juntos, dejar entre estas paredes todo el dolor que me oprime los pulmones.
Sé que tengo que disimular para que no sea consciente de que algo va mal, pero no sé si voy a poder hacerlo durante mucho más tiempo. Mi mente se rompe más por momentos.
Todo era más fácil con Callum; siempre sabía qué esperar: teníamos la misma rutina. Sabía que tendría algún momento de paz. No con Evander, nunca con Evander.
Estoy acostada en la cama, dando rienda suelta a mis pensamientos, cuando la puerta se abre. Me incorporo rápido por si fuera Silas quien accede, pero me encuentro con Darío al otro lado.
—¿Esperabas a otra persona? —pregunta entre risas.
El hijo de puta disfruta mucho con el sufrimiento de los demás. Me encantaría verlo sufrir, ver cómo la sangre abandona su cuerpo gota a gota.
—No, claro que no.
—Genial, le diré entonces a Evander que estás muy emocionada por encontrarte con él.
—Por favor.
—Por favor, ¿qué, Sarah?
—No es necesario que le digas nada, por favor, Darío.
—Si no quieres que le diga nada, inca rodilla, bonita. —dice mientras lleva la mano a su cinturón.
¿Por qué todos los putos hombres son iguales? ¿Por qué siempre tiene que ser la misma mierda?
Me dejo caer de rodillas delante de Darío mientras una lágrima me recorre la mejilla. Darío abre su pantalón y aparta el calzoncillo hacia abajo. Su pene salta ya erecto, y lo miro con asco.
—Venga cariño, estoy esperando.
Me acerco con el corazón acelerado y abro la boca. En el momento en el que la polla de Darío me roza la lengua, suena su teléfono. Él empuja hacia dentro y se queda alojado en mi garganta mientras responde.
—Si no quieres quedarte sin polla, más te vale que la saques de esa boca. ¡Sabes que es solo mía, Darío! —Escucho perfectamente los gritos que salen a través del teléfono.
Darío se aparta de mí como si quemara y yo dejo salir el aire de mis pulmones, agradecida por no tener que hacerlo, aunque la humillación siga estando presente.
—Lo siento, jefe. Ella se empeñó.
—Si vuelves a mentirme, este será el último día que vivas, Darío. Lárgate de esa habitación y no vuelvas a estar a un metro de Sarah en tu puta vida.
—Sí, señor, lo siento, señor —dice mientras sale corriendo por la puerta todavía con el pantalón abierto y la polla fuera.
Me dirijo al baño y cojo el cepillo de dientes. Comienzo a lavarme la boca de forma compulsiva, una y otra y otra y otra vez y otra y otra y otra vez.
Un apretón en el hombro me hace salir del estado mental en el que me encontraba y ni siquiera he sido consciente de que alguien había entrado. Evander se encuentra a mi lado y me mira con confusión.
—Cariño, ¿estás bien? —pregunta mientras dirige la vista al lavabo.
Sigo la trayectoria de sus ojos y veo la sangre mezclada con pasta de dientes en el lavamanos.
Mierda.
No era consciente siquiera de que me estaba haciendo daño.
—No, no estoy bien —contesto con rabia.
—Lo imaginé. No puedo confiar en ninguno de mis hombres cuando estás tú por medio, así que voy a llevarte con tu amiga.
Yo iré a verte, tranquila. No voy a dejar que me eches de menos, iré siempre que el trabajo me dé margen, ¿vale, cariño?
—dice mientras deposita un beso sobre la comisura de mi boca.
Evander no me besa.
Nunca.
—Ah, y Sarah. —Gira y me sujeta fuerte por el pelo, tirando de él como si me lo fuera a arrancar—. Tu alma, tu cuerpo y tu corazón me pertenecen a mí, que te quede bien claro.
Me da un puñetazo en el pecho con toda su fuerza. El aire abandona mis pulmones, el dolor me inmoviliza, no puedo ni emitir un grito. Pero sus palabras me paralizan más que el dolor que siente mi cuerpo.
¿Cómo mierda sabe lo que le dije a Silas?
¡Nos escuchó!
¡El cabrón tiene micros aquí dentro!
—Termina, te espero fuera. Salimos para la ciudad en cinco minutos. —gruñe con rabia.