A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 79
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Capítulo 79

Silas

Con pesar, salgo de la habitación dejando a Sarah decepcionada, dolida. No sé exactamente qué le pasa, pero está claro que algo pasa. Siento su reticencia, el cambio que hay en ella, y lo único diferente soy yo.

Me encamino al despacho de mi padre arrastrando los pies, cansado de tener que anteponer todo para la seguridad de Sarah cuando mi único lugar seguro es cuando ella está a mi lado.

Pero me consuelo pensando que algún día podré hacerlo sin reservas.

Sin miedo. Me consuelo pensando que cada vez queda menos para que todo esto termine.

Al menos, sé que Knox está tanteando mucho a Madison y que tiene todo preparado para contarle lo ocurrido; está a punto de dar el paso.

Me alegro por mi hermano, al menos uno de los dos conseguirá a la chica.

Entro en el despacho de mi padre y para mi sorpresa hay más hombres de los que imaginé. No solo Darío y Zeke, como siempre tras mi padre, sino que también se encuentran Jonah y alguno de sus soldados más leales y letales.

No es necesario que me digan nada, ya huelo la mierda sin necesidad de hacer nada más que cruzar el umbral de la puerta.

No me voy a Rusia, tendré suerte si salgo vivo de aquí.

No me importa el dolor, no me importa saber que es probable que hoy sea el último día de mi vida, lo único en lo que puedo pensar es en Sarah, en que no volveré a su lado como le prometí. En que la dejo sola, desamparada.

Tampoco puedo llamar a Knox para que se haga cargo de ella y sacarla de aquí. No me importa que me maten, ahora mismo Sarah tiene comida suficiente para subsistir unos días, cuando la termine, si no sale de la habitación, morirá. Pero si sale…

Sabía que algo así podía pasar, pero me creí más listo que los demás, creí que podría contra él y todo su ejército, que podría reducirlo todo a cenizas sin perderla.

Me equivoqué.

No solo la perderé, sino que aun encima la haré pasar un infierno peor del que vivió en aquel sótano. Solo puedo pensar en Sarah, en todo lo que le falta por vivir y lo feliz que podría haber sido si no fuera egoísta y quisiera mantenerla en mi vida a toda costa.

Mi chica.

Mi niña.

Mi gatita.

Mis oídos captan las palabras de mi padre, pero lo hacen como si estuviera bajo el agua. Mi mente no es capaz de registrar las palabras. Veo cómo sus hombres vienen a por mí armados con puños americanos. Cuando el primer puñetazo impacta contra mi mejilla, no me quejo. No tengo derecho.

Pese a todo, el dolor de saber que dejo a Sarah desamparada me duele más que los golpes que todos estos hombres puedan proporcionarme.

No me defiendo hasta que un pensamiento fugaz cruza mi mente: solo necesito escapar el tiempo suficiente para mandar a Knox un mensaje de SOS y él sabrá que algo no va bien y volverá.

Solo necesito escribir tres letras.

Comienzo a hacer uso de mi entrenamiento, de todas las horas que he pasado en el búnker encerrado sin poder hacer otra cosa que no fuera entrenar. Le doy un puñetazo a uno de los soldados que tengo más cerca, en la sien, y al segundo cae al suelo, inconsciente.

Juego con ventaja: ellos quieren hacerme el mayor daño posible, yo solo quiero dejarlos KO para enviar el mensaje de texto que podría cambiarlo todo.

Cuando me enfrento al segundo, suelto una rápida sucesión de puñetazos que aterrizan en su estómago, eso hace que se doble hacia delante y lo sujeto por el cuello. Sin pensarlo un solo momento, giro con fuerza hasta que el chasquido característico suena.

Muerto.

Avanzo hacia el siguiente, pero se aproximan Darío y Zeke, y ya sé que no hay nada que pueda hacer para salir de aquí, ya no hay posibilidad de que envíe ese mensaje.

Aun así, me doy la vuelta y me encamino a la puerta mientras saco mi teléfono del bolsillo.

Abro la puerta mientras que con la otra mano entro en la aplicación de mensajería.

Salgo corriendo pero, antes de poder hacer nada más, una mole cae sobre mi cuerpo, lo que hace que se me escape el teléfono de la mano.

No.

Joder.

—¿A dónde vas con tanta prisa, Silas? —pregunta Zeke entre dientes.

—Tengo cita con el dentista —contesto con sorna mientras me lo intento quitar de encima, aunque el hijo de puta no se mueve ni un solo centímetro.

Mi padre aparece por detrás con una jeringuilla en la mano y redoblo mis esfuerzos por intentar huir del agarre de Zeke. Se agacha junto a mi cabeza y me inyecta en el cuello.

—Buenas noches, hijo.

Se levanta mientras da órdenes a los demás.

—Llevadlo al búnker, encerrarlo, atadlo al techo. Iré a hacerle una visita en unos días.

Intento luchar contra lo que sea que me ha puesto en el cuello, pero todos mis esfuerzos son en vano cuando la oscuridad me arrastra con ella.