Capítulo 78
Silas
Después de incontables horas de viaje, lo último que me apetece es hablar con mi padre, pero aquí estoy, en su despacho, esperando que le salga de los cojones venir a atenderme.
Me muero por ver a Sarah.
Me muero por dormir a su lado de nuevo.
Sé que ha estado molesta porque he estado en Rusia más de un mes y he notado por teléfono cómo cada vez era más esquiva, pero espero poder hablar con ella esta noche.
Tengo los pies sobre la mesa de mi padre y me fumo un cigarrillo dejando caer la ceniza sobre esta solo por molestar, porque necesito estar al lado de mi gatita y todo se pone en contra para que no consiga llegar a ella.
Darío está en la habitación conmigo, al lado de la puerta. Ambos esperamos que mi padre haga acto de presencia, pero estoy empezando a perder la poca paciencia que tengo.
—¿Dónde está mi padre? Si no piensa venir, podemos tener la reunión por la mañana, estoy reventado.
—Tu padre te está haciendo un hermanito con tu próxima madrastra —contesta el imbécil entre risas.
—Puto cerdo de mierda.
Dos cigarrillos después, mi padre hace acto de presencia. Por fin, joder.
Entra en el despacho y se sienta en su silla, mirándome con una sonrisa en la cara. Creo que eso me asusta más que cualquier otra cosa; tiene algo entre manos y me pone muy nervioso no saber qué es.
—Hijo, disculpa la tardanza.
—Tranquilo, Darío ya me ha dicho que estabas muy ocupado.
—Sí, un precioso coño estaba estrujándome la polla. Estoy seguro de que es un coño que te encantará.
Escucho cómo Darío se ríe desde su posición. Putos cerdos. Decido que lo mejor que puedo hacer es ignorarlos.
—Simplemente he venido a informarte de que seguimos trabajando en la información de los documentos de Callum, pero es complicado acceder a nadie de la Bratva en Rusia. Knox sigue allí intentando concertar una cita con el pakhan, pero este no se reúne con cualquiera.
—Así que, simplemente has venido a decirme que no tienes nada.
—Pero que estamos trabajando en ello…
—Esa mierda no me vale, Silas.
Qué puto hipócrita es, de verdad… Si lo hubiera encontrado todo, estoy seguro de que lo hubiera destapado y ahora mismo estaría criando malvas.
—Lo sé, padre. Por eso mismo estoy aquí, para que te pongas en contacto con el pakhan para que acepte reunirse con nosotros, o con Knox al menos.
La cara de suficiencia de mi padre cambia por completo, mueve los ojos rápido, de un lado a otro, pensando cómo puede salir del paso, y como no se le ocurre nada como el imbécil que es, dice:
—Intentaré hablar con él para que os reciba, pero como no soy yo, estoy bastante seguro de que no aceptará. Además, el nuevo pakhan deja mucho que desear, su padre lo gestionaba todo mucho mejor.
—Lo entiendo, padre. En ese caso, seguiremos en Rusia intentando concertar una reunión. Si no hay nada más que pueda hacer por ti, me gustaría retirarme.
Mi padre aprieta los dientes, noto la tensión en su mandíbula, pero me da un asentimiento para que me marche. En cuanto salgo del despacho, lo único que me apetece es echar a correr a mi habitación, pero me contengo y voy caminando. Aunque cada vez me cuesta más, me muero de ganas de verla.
No puedo esperar, joder.
Sarah no sabe que vengo y estoy muy feliz de pillarla por sorpresa. Me muero de ganas de ver su cara, de oler su pelo, de tenerla entre mis brazos. El último mes alejado de ella ha sido un auténtico calvario, pero necesitaba dejarlo todo cerrado.
Cuando entro en nuestra habitación, esta me recibe vacía salvo por el sonido del agua de la ducha. Quiero esperarla en la cama y sorprenderla, pero mis pies comienzan a moverse sin que el resto de mi cuerpo le dé permiso.
La veo a través del cristal de la ducha. El agua abraza las curvas de su cuerpo, tiene la cabeza levantada al techo, dejando que caiga por su cara mientras pasa sus manos llenas de jabón por su cuerpo y el agua se lo lleva. Mi lengua sale sin permiso y pasa por mi labio inferior.
Debo de hacer algún ruido, porque Sarah gira la cara con rapidez y me mira a los ojos, abriéndolos de par en par. La cara de Sarah da un cambio de 180 grados, dejando atrás unos ojos que solo reflejan pena y dolor.
Nunca he visto una sonrisa tan bonita, aunque tímida, decorar sus labios. Sus mejillas están sonrojadas y sus ojos tienen un brillo especial, y me encantaría poder inmortalizar este momento para siempre.
Que el tiempo se detenga y nos deje aquí, en manos del otro el resto de la eternidad.
Sarah sale de la ducha y corro a su encuentro levantándola en mis brazos. En cuanto llega a ellos comienza a sollozar y yo no puedo hacer otra cosa que no sea pedir perdón.
Le paso una toalla rápida por el cuerpo y la meto en la cama, abrazándome a ella dejando el menor espacio entre ambos, pero ella se aparta de mi cuerpo.
El gesto me duele, pero entiendo que está molesta conmigo por estar tanto tiempo fuera, así que intento no forzar un acercamiento por mucho que me muera por enterrar la nariz en su pelo.
—Ya estoy aquí, gatita. No volveré a irme. No pronto.
—Promételo.
—Me encantaría, pero no depende de mí. Lo que sí puedo prometerte es que estoy trabajando muy duro para que salgamos de aquí, para que nos vayamos más pronto que tarde.
La voz de Sarah sale en un susurro bajo, que me desgarra por dentro.
—No quiero que vuelvas a irte. Te necesito conmigo, Silas. —Sarah baja todavía más la voz—. ¿Podemos escaparnos? Por favor. Por favor, Silas.
Me parte por dentro tener que decirle que no, me parte el jodido alma no poder darle a mi gatita lo que me pide.
Dentro de mi pecho hay una guerra entre mi lado emocional que me dice que la suba en mi moto y nos larguemos y que le den a las consecuencias, y mi lado racional que me dice que no podríamos tener una vida normal, que estaríamos siempre en peligro, viviendo a la sombra, ocultos. Ella se merece mucho más.
—Lo siento, gatita —contesto mientras acaricio su cara con toda la delicadeza que puedo—. Me encantaría poder decirte que sí, pero te quiero más a salvo de lo que te quiero conmigo.
Un bufido brota de los labios de Sarah. Sé que me culpa por cómo se siente y está en todo su derecho de hacerlo. Tiene toda la razón.
—¿Esto es lo que tú llamas a salvo? —contesta con ironía.
Sus palabras abren una brecha en mi pecho. Entiendo que no puede ser nada fácil pasar de la vida que tuvo a seguir viviendo encerrada entre cuatro paredes, pero no sé de qué modo hacerlo si no, y eso añade un poco más de carga sobre mis hombros.
—Lo siento, Sarah. Es lo mejor que puedo darte, te dije que no era bueno para ti, que te mereces algo mejor. Puedo hacer volver a Knox, podemos sacarte de aquí e intentar llevarte a algún lugar donde estés lo más alejada de mí posible, lo más alejada de mi padre, de la fortaleza, de los problemas.
Sarah clava sus ojos en los míos, unos ojos en los que las lágrimas que están por derramar hacen que sean más brillantes.
—No te preocupes por el dinero. Al final, todo lo que es mío te pertenece en su totalidad. Incluido yo.
Sarah cierra los ojos y, con la caída de sus párpados, las lágrimas brotan, pero por primera vez desde que llegué, se acerca a mi despacio y pasa sus brazos alrededor de mis hombros.
Apoya la cabeza y deja que todas las lágrimas se acumulen en la curva de mi cuello.
Dada su reticencia anterior, tengo miedo de hacer cualquier tipo de movimiento.
—¿Puedo abrazarte? —pregunto con el corazón en un puño.
—Puedes hacer conmigo lo que quieras, Silas.
—¿Lo que quiera? —digo con una sonrisa y las cejas moviéndose arriba y abajo.
Como pretendía, el comentario rompe algo de la tensión de los hombros de Sarah, que deja escapar una carcajada.
—Lo que quieras, siempre. Mi alma, mi cuerpo, mi corazón, todo te pertenece.
Y así, en los brazos del otro, nos quedamos dormidos.
No tenía pensado levantarme pronto esta mañana, pero unos golpes que se sienten urgentes nos despiertan a ambos. Nos incorporamos con prisa y Sarah se mete en el baño a la carrera, para que, quien quiera que sea, no la vea.
Abro la puerta dejando el espacio justo para que nadie pueda ver tras de mí. Para mi sorpresa, Zeke está al otro lado.
—Tu padre necesita que te reúnas con él a la máxima brevedad. Ha conseguido la reunión, debes volver a Rusia de inmediato.
—Enseguida voy —respondo intentando no dejar entrever con mis gestos que algo no va bien.
Cierro la puerta y Sarah sale del baño con la cara bañada en lágrimas en cuanto escucha el sonido.
—Te vas otra vez, ¿verdad?
—No puedo arriesgarme, gatita, no sabiendo que puede pasarte algo.
Noto la intención de hablar de Sarah, pero cierra la boca con fuerza para no dejar salir lo que quiera que fuera a decir. Pego mis labios a los suyos, intentando dejar patente en ese beso todo lo que siento por ella.
—Volveré. Siempre volveré por ti.