Capítulo 74
Sarah
Duele.
Creo que no hay una sola parte de mi cuerpo que no duela. La mayor parte está cubierta de marcas de manos y mordiscos, regalo de cualquier hombre que le apetezca. Esa es mi penitencia por haberme rebelado en el baile.
Desde hace varios días existo única y exclusivamente para Evander. Estoy allí donde él está: en su habitación, despacho, biblioteca, comedor, en cualquier estancia de su casa. Pero siempre desnuda. Vigilada.
Los primeros días me sentía humillada. Para él era algo práctico, sus palabras todavía rondan por mi mente: «Verte preparada para mí hace que se me empalme más veces al día y puedo follarte con más facilidad».
Estaba segura de que iba a poder con ello, de que aguantaría lo que fuera necesario por Silas. Ahora mismo, ya no estoy tan segura.
De mí solo queda la cáscara de lo que fui, ahora mismo solo soy un accesorio que Evander lleva allá donde va. Al principio, la vergüenza de ir desnuda por la casa era mayor que otra cosa. Ahora, es el menor de mis problemas. Solo quiero hacerme pequeñita y desaparecer.
Evander me ha follado en todas las posiciones que se le han pasado por la cabeza, tanto él como sus hombres de más confianza, aunque a estos últimos solo se les permite follarme la boca.
Con el paso de los días, Evander se ha hecho más receloso con mi cuerpo y donde antes cualquier soldado que entrara a su despacho se le permitía chuparme un pezón o correrse encima de mí, ahora tienen órdenes de no poner un ojo en mi dirección.
No tengo ni idea de qué es lo que ha cambiado, pero lo ha hecho.
Ahora mismo nos dirigimos al comedor de la casa privada de Evander, y cuando entramos me quedo paralizada.
Mi hermana se encuentra desnuda, recostada sobre la mesa y su cuerpo decorado con trozos de fruta cortada. Es el puto plato.
Mi alma rota llora por ella, pero no sé qué puedo hacer para ponerle remedio; no sé qué hacer para sacarme a mí de aquí tampoco.
Evander se sienta a la mesa, el que ahora sé que se llama Zeke se sienta a su derecha y a la izquierda se sienta Darío. Yo me quedo atrás, como siempre, rezando para que no se requiera mi presencia.
Pero no puedo tener ni un solo momento de descanso, ya que Evander me llama y me hace sentarme sobre su regazo. Solo el hecho de sentarme hace que me retuerza, ya que estoy muy dolorida.
Mi hermana no me dirige ni una sola mirada, y la incomodidad es notoria en ambas. Los hombres de Evander esperan a que sea él quien empiece a desayunar, pero para mi sorpresa no hay cubiertos en la mesa.
—Sarah, cógeme ese trozo de piña y déjalo en mi boca.
Muevo la mano para hacerlo, pero me sujeta la muñeca con la suya con una fuerza desmedida. Duele.
—Con la boca —dice en un tono serio y cortante.
Recojo el trozo de piña y dejo en su lugar, en el brazo de mi hermana, una lágrima que resbala por mi mejilla.
—Zeke, ¿cómo van las iniciaciones? —pregunta, despreocupado.
—Desde la de Rose hemos pasado de seis mujeres en el búnker a veintiséis y seguimos creciendo, señor —contesta con la vista en el suelo, incómodo.
—Bien, los chicos se están empleando a fondo. Pronto empezarán a quedarse embarazadas y podremos retomar todos los negocios.
Un escalofrío me recorre el cuerpo. Espero inclinada con el trozo de fruta en la boca a que Evander termine de hablar.
Cuando se acuerda, me quita el trozo de fruta y sigue con su conversación.
Un buen rato después, cuando sobre mi hermana ya no queda un solo trozo de comida, Evander la manda levantar de la mesa. Ella se queda frente a él, desnuda.
Se baja el pantalón y veo su erección. Joder. Espero que tanta viagra termine por matarlo de un ataque al corazón, pero el hijo de puta comienza a dar indicaciones.
—Sarah, móntame. —Obedezco con las lágrimas fluyendo por mi cara—. Liz, sobre Darío.
Este se baja los pantalones mientras Zeke desaparece. Minutos después los gemidos de ellos resuenan en las paredes del comedor. Evander tira del pelo de mi hermana, y hace que ella suelte un grito ahogado. Mientas Evander chilla a los cuatro vientos:
—Las tengo, Elizabeth, me encargaré de que tu apellido perdure para siempre.