Capítulo 70
Silas
Escucho a Sarah incluso antes de llegar a la habitación, un llanto desgarrador que me mata por dentro, que está haciendo que me desmorone. Acelero el paso para llegar a ella cuanto antes; tardo menos de un minuto pero se me antoja como si fueran horas.
Ahora mismo me da igual si saben que Sarah está aquí y me matan por ello, lo único que me importa es que deje de sufrir.
El dolor de Sarah se me aferra al pecho y hace que me cueste procesar nada que no sea llegar a ella cuanto antes.
Cuando paso la tarjeta por el lector y la puerta se abre, ni siquiera soy consciente de si la cierro o no, ni siquiera tengo que buscar en la habitación porque los sonidos que atraviesan la puerta del baño me dejan muy claro dónde está.
Entro y la veo en la ducha, sentada en el suelo con el chorro de agua cayendo sobre ella, su cuerpo se mece y no sé si tirita por el frío o por los sollozos desconsolados que salen por su boca. Agarro una toalla y me acerco.
Está tan ida que ni siquiera es consciente de que estoy aquí hasta que le paso la toalla por los hombros y me tiro a su lado en el suelo. Puede que sí lo sea porque levanta la cabeza, aunque la vuelve a bajar al momento.
—Eh, eh, Sarah, cariño, mírame. ¿Qué pasa? Estoy aquí.
Continúa llorando de forma incontrolable. No sé si llega a registrar mis palabras, no sé si sabe dónde está o lo que está pasando.
En este momento preferiría arrancarme la piel a tiras a que ella siga sufriendo de este modo.
La levanto y la siento sobre mi regazo para intentar darle mi calor corporal, pero, sobre todo, mi consuelo. No sé qué otra cosa hacer, no sé de qué otro modo actuar, simplemente sé que no quiero dejarla sola bajo ningún concepto.
—Amor, estoy aquí —susurro en su oído.
Nada. Absolutamente nada. Su mente está tan lejos que no consigue reaccionar de ningún modo.
—Gatita, mírame.
La cara de Sarah se levanta y sus ojos se clavan en los míos.
Sí, joder. Por fin.
—Estoy aquí, gatita, contigo.
Los gritos de Sarah comienzan poco a poco a calmarse, aunque su cuerpo todavía se mueve de forma inconsciente.
Las lágrimas han dejado surcos en su cara que el agua de la ducha no ha conseguido borrar.
Su piel está demasiado fría, y es en ese momento cuando me doy cuenta de que se estaba duchando con agua fría.
Mi cuerpo se había centrado tanto en ella que ni siquiera había registrado ese dato, pero… ¿Por qué? ¿Qué ha pasado?
No puedo dejar de pensar en la noche anterior, en si quizá ha sido demasiado para ella, en que me excedí, pero siento que este tampoco es el momento para que acose a Sarah a preguntas. Quiero creer que hablará conmigo cuando esté lista.
Me levanto con ella en brazos, cierro el agua de la ducha y me tomo la tarea de secarla, vestirla y meterla en cama. Me meto tras ella y la abrazo contra mi cuerpo con la única intención de hacerla entrar en calor, porque todavía tirita.
Siento cómo poco a poco el cuerpo de Sarah se va relajando contra mí. Los sollozos se han acallado por completo y ya solo queda un leve temblor, que no sé si es de frío o del llanto, pero cualquiera de las dos opciones me rompe por dentro.
Me gustaría quedarme con todo su dolor, que ella fuera consciente de lo fuerte que es. En cambio, la atraigo con más fuerza contra mí, pero de forma inconsciente termino dejando un pequeño beso sobre su cabeza después de oler su pelo.
Ella se tensa.
—Lo siento.
—Te he echado de menos —susurra con la voz rota de tanto gritar al mismo tiempo que yo me disculpo.
—¿A mí? ¿No estás así por mí? —A tomar por culo eso de no preguntar y que sea ella quien me diga nada. Pero es que la culpa me carcome el pecho.
Un intento de risa se escapa de su boca.
—Claro que no. Eres la única persona en este mundo que me ha dado algo en vez de quitármelo.
Me has dado seguridad. Me has dado un hogar, tú.
Me has dado la posibilidad de descubrir las cosas que me gustan y las que no.
Me has dado no solo el placer de intimar, que también, si no el poder tener un orgasmo sin sentirme sucia después.
Me has dado libertad, Silas. Claro que no es por ti.
Mi corazón se detiene con las palabras que acaban de salir de su boca. No sé qué decir porque jamás esperé escuchar algo así. Ambos sabemos que no la merezco, pero aun así…
Se ve que tardo demasiado en formular una respuesta que esté a la altura de las declaraciones de Sarah, porque antes de que yo pueda hacerlo, ella vuelve a hablar:
—No te sientas obligado a decirme algo que no sientes.
No pasa nada, está bien. Entiendo que soy una mujer usada, sucia, que no soy alguien a quien elegirías para pasar el resto de tu vida a su lado, lo entiendo.
Me han mancillado, y me gustaría arrancarme la piel a tiras antes de que nadie que no quiero volviera a tocarme, pero a veces, tenemos que hacer elecciones por muy duras que sean, y tú…
Tú te mereces algo mucho mejor que yo. Solo quería que supieras que me lo has dado todo, Silas.
Las palabras de Sarah me duelen. Me duele que se trate a sí misma de ese modo cuando ella no ha tenido culpa de nada. Me duele que sienta rechazo por su cuerpo. Me duele que pueda pensar que no es lo mejor que me ha pasado en la vida.
—Que sea la última vez que te escucho hablarte a ti misma de ese modo.
Eres la mujer más fuerte que conozco, te mereces todo lo bueno que hay en este mundo, y tengo miedo de no ser yo, Sarah.
No soy una buena persona, no sigo órdenes de una buena persona, y probablemente algún día yo tenga que dar esas órdenes, y eso me paraliza tanto que…
Nunca he expresado esto en voz alta, no sé si estoy preparado para decirlo, pero es una realidad. Mi realidad.
Sarah espera, deja que me tome mi tiempo.
—Me paraliza tanto que quiero morirme.
Mi confesión hace que Sarah se tense, pero antes de que pueda decir nada, continúo:
—Me gustaría sacarte de aquí porque quiero que seas feliz, que lo tengas todo, pero soy demasiado egoísta y quiero quedarme contigo.
Quiero que te veas en un espejo y que la vista que te devuelva sea lo mismo que ven mis ojos: a la mujer más maravillosa que he visto jamás.
A la mujer más fuerte, a la mujer que un día me gustaría llamar mi mujer, la que lleve mi anillo en su dedo.
A la que ahora llamo mi chica , aunque ella no lo sepa.
Hago una pausa porque el miedo me atenaza el pecho. Miedo al rechazo, a que me diga que no soy suficiente.
—Tú eres la única a la que elegiría para pasar el resto de mi vida.
Los ojos de Sarah brillan con lágrimas.
—Pero mi vida solo te dará oscuridad, Sarah, y tú eres la fuente de luz más potente que he visto jamás.
Los ojos de Sarah siguen fijos en los míos mientras vomito palabra tras palabra, hasta que una sonrisa hace que las comisuras de sus labios se eleven.
—Pues me quedaré a tu lado en la oscuridad.
Mi corazón se salta un latido al reconocer la frase, y solo puedo acercarme a Sarah y entregarle mi alma a través de un beso, suave, dulce, inocente. Pongo en ese beso todo lo que me queda dentro. Intento transmitir todo lo que no soy capaz de poner en palabras.
Sarah se acomoda en mi pecho y mis brazos la rodean con fuerza.
No sé qué ha ocurrido para que llegara al extremo en que la encontré en la ducha, pero si no me lo está contando ahora, tampoco quiero forzarla a hacerlo, a revivir lo que sea que fuera que había en su mente.
Recapacito sobre las palabras que ha dicho antes y siento la necesidad de verbalizarlo, me da igual si ella está dormida o no, si se entera o no, pero lo dejo salir igualmente.
—Te prometo que jamás nadie volverá a tocarte sin tu consentimiento, lo prometo .
Los haré pagar a todos del modo más doloroso que se me ocurra.
Pasarán por la peor de las torturas que mis manos puedan otorgar.
Pero tú serás dueña de cada una de las decisiones que tengas que tomar, de cada persona a la que quieras tocar, o dejar que te toque.