Capítulo 69
Sarah
Los eslabones de la cadena se aprietan alrededor de mi cuello, lo que hace que me falte el aire y que sea más consciente de todas y cada una de las terminaciones nerviosas de mi cuerpo.
Estoy sentada en la cama con Silas frente a mí y el collar en la mano.
Saber que él tiene mi vida en sus manos, el poder sobre mi cuerpo, me humedece más de lo que debería.
Si hubiera sido cualquier otro, estaría muerta de miedo, pero Silas me da una confianza que no me ha dado nadie jamás.
No lo ha dicho, pero sé que en el momento en el que no me sienta cómoda parara, no hará falta que diga ni una sola palabra; es más consciente de las reacciones de mi propio cuerpo que yo.
Me da otro tirón en el collar que me lleva a caer de rodillas delante de él. Estoy demasiado cerca, por lo que levanto la cabeza para mirarlo a la cara.
—Que bonita estás arrodillada para mí, gatita.
Esos labios están pidiendo a gritos rodear mi polla.
Quiero que tu lengua recorra cada una de las venas marcadas a lo largo de ella.
—Sus palabras me hacen gemir y apretar los muslos.
No me ha tocado, pero siento cómo la humedad me empapa las piernas—.
Quiero tus dientes jugando con mi joya, tirando de ella suavemente.
Quiero ver cómo me engulles y te atragantas con mi polla.
No consigo que ninguna palabra salga por mi boca. El deseo, la necesidad, la cadena, todo me impide hablar, pero asiento con la cabeza de forma repetida para que Silas entienda que yo también lo quiero, que quiero todo eso siempre que sea con él.
—Pero ¿sabes lo que realmente quiero, Sarah? ¿Por lo que me estoy volviendo completamente loco?
—No —respondo con el hilo de voz que consigo expulsar.
—Por pasear mi lengua por cada centímetro de tu cuerpo, por meter mis dedos en tu coño para comprobar cómo de mojada estás para mí. Por hacerte gritar un orgasmo tras otro mientras tu coño se aprieta alrededor de mi polla.
No puedo más que jadear y apretar las piernas.
Cada palabra que sale por la boca sucia de Silas hace que mi propia humedad me empape más.
Decidida, levanto mis manos para llevarlas a sus pantalones cuando un tirón del collar hace que me ponga en pie y los labios de Silas choquen con los míos.
No es un beso normal, es un beso de los que consumen, de los que sacuden el alma, de los que calientan por dentro, de esos en los que te dejas la piel.
Silas me tumba sobre la cama, con todos los dulces a mi alrededor, y la imagen hace que se le escape una carcajada.
Antes de soltar el collar y caer de rodillas a los pies de la cama, me sujeta por las piernas y me acerca más al borde, colocando mis piernas sobre sus hombros.
Lleva uno de sus dedos a mi centro y, cuando está a punto de tocarlo, se detiene.
Rebusca algo por la cama y vuelve a llevar sus manos a mis piernas.
Escucho cómo se rasga un envoltorio. ¿Me estás jodiendo que tiene que ponerse a comer justo ahora?
Cuando voy a abrir la boca para protestar, noto cómo un palo pegajoso, fino y dulce se introduce en mi centro y vuelve a salir. Levanto la cabeza justo para ver a Silas llevarse el Palote a la boca y morder un trozo.
—Joder. Es mi puta nueva comida favorita.
Espera un momento, ¿qué coño…? Tengo los ojos abiertos de par en par y el estupor no me deja articular palabra. Perdona, ¿ qué ?
Mientras estaba conmocionada por lo que Silas acababa de hacer, se levanta y se acerca a mi boca.
—Prueba tu nuevo dulce favorito, Sarah.
Silas no me da opción a decir una sola palabra cuando une su boca con la mía y en ella encuentro su sabor característico de siempre, el tabaco, y a mí junto al Palote. Todo eso en un beso que me hace gemir en la boca de Silas y arquear la espalda por la necesidad de que me toque.
—Quiero palabras, gatita. ¿Qué necesitas?
—A ti, Silas, por favor.
—Me encanta cuando ruegas por mi polla.
Silas se levanta y se quita los pantalones.
Vuelve a atacar mi boca mientras nos quitamos la ropa el uno al otro.
Nuestras manos pelean por intentar desnudar al otro más rápido.
La necesidad que siento por él es apremiante.
Necesito a Silas y lo necesito ya. Necesito que cree nuevos recuerdos en mi cuerpo, que borre las manos que me tocaron antes.
Parece comprenderlo, porque se introduce dentro de mí de una sola estocada y ambos gemimos al unísono.
Me siento llena, completa.
Silas comienza a moverse, y estocada tras estocada comienza a acercarme a un orgasmo que se anida en la parte baja de mi cuerpo. Sus embestidas son duras y contundentes y me hace gemir cada vez que su pubis choca contra mi clítoris. No veo nada más allá de él, no siento nada más allá de Silas.
—Joder, Sarah, me encanta cómo tu coño me aprieta la polla. Estar dentro de ti es como estar en el jodido paraíso.
—Silas, por favor. Dios.
—Me la pone tan dura cuando me ruegas, gatita.
La mano de Silas va directa a mi clítoris y comienza a trazar círculos mientras sigue entrando y saliendo de mí.
No necesito muchas estocadas más para que un orgasmo explote en mi interior.
El placer me arrastra y yo me dejo ir con él.
Todavía estoy en el punto álgido cuando siento cómo Silas comienza a correrse gimiendo conmigo.
Silas se tira a mi lado en la cama y me coloca sobre su pecho sudoroso. Intentamos volver a coger aliento, pero para cuando me quiero dar de cuenta, me he quedado dormida.
Cuando abro los ojos, estoy sola, y no es necesario siquiera que vea alrededor, simplemente noto la ausencia de Silas.
La habitación tiene un aire distinto cuando él está.
Mis músculos no están tensos y puedo respirar con más facilidad, no como ahora que la ansiedad me atenaza el pecho, lo comprime y me cuesta respirar.
Cuanto más consciente soy de ello, más me cuesta, más difícil se hace todo.
Tomo la decisión de levantarme de la cama y meterme bajo el chorro de agua fría de la ducha, igual que hice ayer cuando los hombres de Evander me dejaron aquí. Pero sé que, del mismo modo que ocurrió ayer, lo hará hoy: nada podrá limpiarme jamás. Me siento sucia.
Estoy sucia.
Miro el reloj y soy consciente de que llevo más de una hora en la cama sin meterme en la ducha. Ayer me pasó lo mismo. El tiempo no fluye igual cuando Silas está.
Me levanto de la cama y camino hacia el baño algo dolorida por todo lo que ocurrió ayer. Me meto bajo el chorro de agua fría, a ver si consigo que mi mente esté más clara, pero los pensamientos no dejan de volver en bucle.
Vuelvo a pensar en Silas, en ayer. En que lo primero que tenía que haber hecho cuando me dio esos regalos era rechazarlos, no dejar que me tocara. No se merece tener algo sucio, algo roto, como lo estoy yo.
Pero fui egoísta, otra vez. Solo pienso en serlo cuando estoy a su lado. Él me da paz, pero yo solo le doy oscuridad. Mi mente no puede dejar de darle vueltas a «¿Por qué yo?» «¿Qué tengo yo?» «¿Qué es eso tan malo que hice?» «¿Por qué no puedo ser feliz?»
¿Qué pasaría si muero?
Antes no me importaba morir, ahora me da miedo que Silas se sienta responsable cuando lo único de lo que es responsable es de darme la poca felicidad que he tenido, o al menos que recuerdo, desde que nací.
Las preguntas bailan de forma constante en mi mente cuando Silas no está a mi lado. Él consigue silenciar todos los pensamientos intrusivos.
Mi cuerpo comienza a temblar en la ducha, pero me quedo porque me lo merezco, porque estoy poniendo a Silas en peligro, porque… ¿Qué pasaría si se entera de que me he acostado con su padre?
El dolor me atenaza tanto el pecho, me comprime de tal modo, que necesito dejarlo salir como sea. Necesito que se aleje. Purgarlo.
Desvío la vista y me encuentro con la cuchilla con la que Silas se afeita y, antes de ser consciente del pensamiento que me ha llevado allí, ya la tengo en la mano y la estoy pasando por el interior de mi muslo.
Ver la sangre salir, ver cómo el pequeño río fluye y se aclara al mezclarse con el agua, hace que el pecho alivie un poco su carga.
El dolor físico anula mi dolor mental. Hasta que soy consciente de lo que he hecho y la gravedad de la situación parpadea en mi mente.
Creía que estaba rota, sucia, defectuosa. Ahora, lo sé con seguridad.
Todo lo que llevaba conteniendo desde ayer se rompe dentro de mí sin que pueda evitarlo.