Capítulo 68
Silas
He pasado una noche de mierda. No por dónde estaba durmiendo, sino porque cuanto más tiempo pasaba, más olía el perfume de Sarah en las sábanas. Creo que me estoy volviendo loco. Me estoy obsesionando.
La realidad es que creo que ya lo estoy.
Es imposible y, aún así, puedo olerla, y eso solo hace que la sensación de que algo no va bien se arraigue más en mi estómago.
La necesidad de salir de aquí es tan grande que siento el movimiento involuntario de mi cuerpo.
Mi mente viaja a mi último encierro, y pese a todo lo mal que lo pasé, está siendo mucho más duro sabiendo ahora que Sarah está allí arriba sin mí.
Aunque apenas hayan pasado algunas horas, mi mente sigue divagando, pensando en Sarah, en ella sola, en su encierro, cuando el sonido de la llave al girar me saca de mis pensamientos.
Darío abre la puerta y me tira mi ropa. Me visto y lo sigo al despacho de mi padre sin intercambiar ni una sola palabra. Cuando llegamos, mi padre y Knox ya se encuentran allí, compartiendo un cigarrillo. Cuando me invitan, acepto.
Veo la intención de Knox de mirar en mi dirección para ver si estoy bien, y le doy una patada por debajo de la mesa para que no se le ocurra mirarme.
—Soy todo oídos —ladra mi padre.
Dejo que sea Knox quien le cuente lo que hemos encontrado. Al final, es quien lo leyó.
—Lo único que hemos conseguido encontrar son unos documentos que estaban bastante bien escondidos.
—No menciona dónde, y se lo agradezco—. En ellos solamente se pueden leer palabras sueltas.
Lo único destacable es que tiene algo que ver con Rusia.
—Le pasa los papeles mientras sigue hablando—.
El resto es prácticamente imposible de descifrar, son palabras sueltas aquí y allá y el nombre de Callum.
Mi padre levanta la cabeza como un resorte y mira fijamente a Knox.
—¿Has dicho Callum y Rusia?
—Sí —contesta Knox extrañado.
—Bien, marchaos —gruñe cambiando su humor de un momento a otro.
Ambos nos miramos ante el repentino cambio en la actitud de mi padre, pero no vamos a llevarle la contraria, y menos ahora que me quedan minutos para ver a Sarah.
Cuando estamos a punto de salir, mi padre vuelve a preguntar.
—Knox, ¿hay más copias?
—No, padre.
—Bien.
Cuando por fin cruzo la puerta de la habitación, Sarah corre a mi encuentro y me salta en los brazos, sus besos no se hacen esperar, y es que no me da tiempo ni a decir hola cuando sus labios ya están devorando los míos.
En el momento en que nuestros cuerpos se rozan, siento una paz que pocas veces había sentido antes.
La aparto de mí y la miro de arriba abajo. Observo cada pedacito de su cuerpo y siento que puedo volver a respirar cuando la veo de una pieza, tal y como la dejé.
La ansiedad va desapareciendo poco a poco de mi cuerpo y lo único que me apetece es estar entre sus brazos. Y eso hago, la atraigo hacia mí y la aprisiono entre ellos.
—Hola, gatita —le susurro al oído.
—Hola, Silas —responde en mi pecho—. Me moría de ganas por tenerte aquí. Te extrañé.
—Yo también, gatita. Yo también —contesto mientras dejo un beso en la parte alta de su cabeza.
Va vestida como siempre, con una de mis camisetas negras y nada más debajo y no podría estar más bonita, pero hay algo en su cara, en sus ojos, que hace saltar mis alarmas. Hay menos luz en ellos.
—¿Seguro que estás bien, gatita?
Sarah no llega a contestar porque alguien llama a la puerta.
Mierda.
Estaba tan distraído con ella en mis brazos que no he sido consciente de que ha sonado la alerta.
Joder.
Mierda.
Empiezo a hacerle señas para que se meta bajo la cama. Su cara refleja el mismo pánico que estoy seguro de que está leyendo en la mía.
—Soy yo —anuncia la voz de Knox desde el otro lado de la puerta.
Lo mato.
Hijo de puta, qué susto me ha dado. Abro la puerta de mala gana, metiendo a Sarah detrás para dejar pasar a Knox.
—No me pongas esa cara de mierda, solo he venido a traerte esto —levanta varias bolsas que tiene en la mano— y me voy.
Le quito los regalos de Sarah de las manos.
—Pues adiós —lo insto a irse.
La risa de Sarah nos hace girar a ambos y mirarla.
—Parecéis dos niños pequeños —ríe.
—Es que es muy inmaduro —contesto mientras abro y lo empujo fuera.
Cuando voy a cerrar la puerta, él la para con su mano.
—Que pases buen día, gatito —susurra para que Sarah no lo escuche.
¿He dicho ya que iba a matarlo? Pues pienso revivirlo para poder asesinarlo otra vez. Pero ahora mismo lo único que me importa es Sarah, así que le hago el corte de manga y le cierro en la cara. Su carcajada se escucha aún con la puerta cerrada.
—¿Qué te ha dicho?
—Nada que merezca ser escuchado —respondo mientras muevo las bolsas delante de ella—. Te he comprado un regalo.
Sarah se queda paralizada.
—¿Me has comprado algo? ¿A mí? —balbucea mientras los ojos se le llenan de lágrimas.
Me quedo congelado en el sitio porque ver el dolor de Sarah me está matando, y la verdad es que no sé qué he hecho mal ahora.
—Sí, claro. ¿A quién sino? ¿Puedo preguntarte por qué lloras? ¿He hecho algo mal? —pregunto con todo el tacto que puedo. No sé si el hecho de darle un regalo le trae un mal recuerdo. Quizá debería haber preguntado antes, no asumir lo que puedo y no puedo hacer con ella.
Sarah ha pasado por demasiado y, aunque sea muy fuerte, las heridas están ahí, bajo la piel. No se ven pero duelen igual; esas heridas han dejado cicatrices en el alma. Cada una habla de una historia, una que está clavada dentro y no encuentra salida.
Sarah se tira a mis brazos, me aprieta con su pequeño cuerpo y la diferencia de altura se hace muy patente; le saco bastante más de una cabeza, pero me agacho para poder abrazarla yo también, y eso me da la excusa perfecta para enterrar la nariz en su pelo y deleitarme con el olor.
¿Debería decirle que estuve en el búnker?
No quiero tener secretos con ella, pero tampoco que sufra por algo que ella no puede cambiar, así que decido no decirle nada, aunque me duela ocultarle cosas.
El día que salgamos de aquí, que tengamos una casita solo para nosotros dos donde ella quiera, le contaré cada detalle de mi vida, todo lo malo y lo poquito bueno que he vivido.
Que ahora sé que cuanto más tiempo paso a su lado, más cosas buenas tendré para contar en un futuro.
Guío a Sarah hasta la cama y la siento para darle todos y cada uno de los regalos que le he comprado. Lo primero que saca de la bolsa es algo de ropa de mujer y frunce el ceño.
—¿No te gusta verme con tu ropa?
Definitivamente esto no está saliendo como yo esperaba.
—Me encanta. Amo ver cómo mis camisetas abrazan cada parte de tu cuerpo, pero supuse que estarías más cómoda con algo propio.
Sarah asiente, parece conforme con la explicación y continúa sacando cosas de la bolsa.
Es el turno de la del súper y, en vez de meter la mano, la vuelca sobre la cama que se llena de todas las chucherías que he podido encontrar: Kinder Bueno, Pikotas, piruletas, Palotes, Sugus, gominolas…
Absolutamente todo lo que encontré dulce para que ella lo probara.
Se le iluminan los ojos. Me mira con una sonrisa que ocupa toda su cara, y ver esa felicidad me deja el corazón calentito.
Se lleva un Palote a la boca y deja escapar un sonido de placer cuando lo mastica.
—Mmmm ¡Me encanta! Es delicioso, gracias, Silas —dice sin apartar los ojos de los míos.
Comienza a meterse en la boca un trozo de cada dulce que se le va poniendo delante. Los Palotes resultan ser sus preferidos, después los chocolates, sin embargo, las gominolas ácidas no han terminado de encajar con ella.
Me hace sumamente feliz ver a Sarah atiborrándose a dulces, descubriendo tantas cosas nuevas. Pero, antes de que le dé una indigestión por comer tantas gominolas, le hago un gesto con la cabeza instándola a continuar con la última bolsa, la que más miedo me da que abra.
Mete la mano y saca un conjunto de lencería negro de encaje, con unas ligas incluidas. La veo tragar, cómo su pecho se mueve arriba y abajo con el ritmo de su respiración acelerada.
—Quizá este regalo sea más para mí. —Sonrío.
Sarah ríe mientras se remueve, nerviosa.
—¿Quieres…? ¿Te gustaría vérmelo puesto? —La pregunta sale de sus labios con vergüenza y picardía al mismo tiempo.
No puedo evitar sonreír.
—Es mi jodido sueño. Eres mi jodido sueño.
Sarah se encamina al baño con la lencería en la mano mientras espero impaciente sentado en la cama.
Cuando sale, me quedo congelado. Creo que no estaba preparado para ver a Sarah tan guapa, tan sexy.
Mis ojos la recorren de abajo a arriba. Sus pies descalzos dan paso a unas piernas perfectas, adornadas con dos tiras finas que se unen al portaligas que se asienta en el bajo vientre.
El tanga de encaje transparente deja ver lo justo para que mi imaginación vuele.
Sigo subiendo y me encuentro con un sujetador negro, del mismo encaje del tanga, que abraza sus pechos.
Sarah en lencería está hecha para tentarme y me queda muy poco autocontrol.
Se remueve insegura de tal manera que intenta tapar algo de su cuerpo sin ser consciente de cómo me tiene. Me recoloco en los pantalones. Todavía no se ha acercado, pero mi mente, mi imaginación, es un sitio demasiado sucio.
—Joder, Sarah. Si esto no es el cielo, estoy seguro de que está jodidamente cerca.
—¿Te gusta? —pregunta dejando patente su inseguridad.
—Eres perfecta. —Paso la lengua por mis labios—. Y sí, me temo que este regalo era más para mí.
La risa de Sarah resuena en las paredes de la habitación, y yo no puedo esperar más para ver su reacción ante lo otro que hay dentro de la bolsa.
—¿Puedes coger el otro regalo?
Necesito que lo abra, porque no creo que pueda esperar mucho más para adorar su cuerpo. Sarah se acerca hacia la bolsa y el contoneo de sus caderas enfundadas en esa lencería me vuelve completamente loco.
Cada segundo que pasa es más difícil que el anterior. Aprieto los puños cuando la tengo a mi alcance para evitar pasear mis manos por su cuerpo, porque en el momento que toque la mínima parte de ella, no podré volver a alejarme.
Sarah vuelve a meter la mano en la bolsa y en esta ocasión saca el collar. Me mira sin comprender del todo. Sostiene la cadena con un corazón en cada extremo, pero su cara me demuestra que no tiene ni idea de lo que tiene entre las manos.
—No es un collar como otro cualquiera —le explico mientras paso la cadena por dentro de uno de los corazones—. Es un collar de ahorque.
Los ojos de Sarah se abren de par en par.
—¿De ahorque? ¿Vas a asfixiarme? —pregunta con preocupación.
—Solo hasta donde tú me dejes —contesto con una sonrisa de medio lado.
Paso el collar por la cabeza de Sarah y doy un tirón, haciendo que la correa se apriete alrededor de su cuello y restrinja su flujo de aire.
Juego un poco con ella, apretando y soltando para que Sarah sea consciente del funcionamiento, pero para cuando me quiero dar cuenta, los pezones de Sara están completamente duros.
Decido tensar la cadena y apretar un poco más.
Un jadeo sale de entre sus labios, y ese instante me deja claro que nos vamos a divertir mucho con este collar.