A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 65
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Capítulo 65

Sarah

Me estoy quedando dormida cuando se va la luz. Debería estar acostumbrada a estar sola en la oscuridad, pero que ocurra aquí me pone los pelos de punta. No había sucedido nunca y hace que todo mi cuerpo me advierta de que algo no va bien.

Cuando me estoy planteando levantarme de la cama y llamar a Silas, la luz vuelve, por lo que me vuelvo a relajar en la cama. O me relajo todo lo que puedo, ya que la intrusión de antes hace que no me sienta del todo cómoda.

Han pasado menos de cinco minutos y el sueño ya me reclama cuando la puerta emite un pitido y se abre. No, no, no, no, no, no, no, no. No puede ser, el sistema no ha sonado.

Dos hombres entran en la habitación, pero por mucho que quiera es demasiado tarde para esconderme.

—Vaya, parece que sí que hay gato encerrado. Hola, bonita —dice uno mientras me muestra una sonrisa inquietante.

No contesto ni me muevo. No puedo. Tengo a dos hombres ante mí, dos putos armarios, y ahora mismo solo consigo ver a la chica del patio en mi mente.

Los veo a todos sobre ella. Sobre mí.

—Deberías gemir más bajito cariño, las paredes son finas —me dice el más grande moviendo las cejas arriba y abajo mientras acompaña el movimiento con una risa.

Pero permanezco sentada en la cama sin poder abrir la boca. Ambos se acercan y me aupan uno por cada lado.

—Ahora vas a portarte bien y vas a quedarte calladita mientras te llevamos ante Evander, a ver qué coño quiere hacer contigo.

Levanta un teléfono y hace una llamada.

—Evander, la tenemos.

Me sacan de la habitación y me llevan a rastras por el pasillo, me mantengo quieta y callada, pero en el momento en que soy consciente de que me van a sacar del edificio, comienzo a intentar soltarme. El pánico se asienta en cada uno de los músculos de mi cuerpo. Se me acelera el corazón.

No puedo.

No puedo salir.

—Por favor, por favor. No —ruego entre lágrimas.

Uno de ellos pone su mano sobre mi boca para que no haga ruido. Todos mis intentos por soltarme son en vano, ya que lo único que consigo es hacerme daño.

En el momento en que salimos, en que el cielo está sobre mi cabeza, el miedo me paraliza.

Me quedo flácida entre los brazos de ambos hombres, que supongo que piensan que me he rendido y que no son conscientes de lo que realmente está pasando.

De cómo la ansiedad y el miedo me paralizan por dentro.

El dolor que siento en el pecho me sobrecoge.

Cruzamos el patio que se ve desde la habitación de Silas, donde realizan entrenamientos, donde vi a Rose, y nos dirigimos a una mansión que nunca había podido ver, al otro lado del patio. Es enorme y preciosa, al menos para un lugar como este, donde desentona por completo.

Cuando creo que vamos a entrar en ella, pasamos de largo, seguimos caminando y paramos ante una puerta metálica. Cuando uno de ellos la abre, lo único que se ve es una escalera que baja.

Y es en ese momento, el momento en el que veo esa escalera, que pierdo la poca esperanza que albergaba.

Necesito encontrar el modo de poder morir, porque ahora que conozco lo que es ser feliz no puedo volver a vivir bajo tierra.

Nunca más. Necesito pelear, necesito salir de aquí y encontrar el modo de volver a Silas.

Ambos hombres me llevan escaleras abajo mientras las lágrimas me caen por las mejillas dejando un reguero por mi cara, y me meten en una habitación.

Ni siquiera me planteo mirar alrededor. Una vez dentro, corro de nuevo hacia la puerta para intentar salir, pero la cierran antes de que pueda acercarme lo suficiente.

Apoyo la cabeza en ella mientras dejo las lágrimas fluir.

Quería pelear, quería volver a Silas, pero en el momento en el que la puerta ha hecho click , he vuelto a ese sótano, a mi sótano. El dolor en el pecho me está matando y es justamente en eso en lo único que no puedo dejar de pensar.

No puedo volver a vivir la misma situación, prefiero no vivir en absoluto. Prefiero dejarme morir de inanición.

Un ruido me llama la atención y me giro, empezando a ser consciente de que no estoy sola en la habitación. Me encuentro con un hombre mayor con pelo y barba blanca.

No necesito que me diga quién es; esos ojos son demasiado parecidos a los de su hijo. En cuanto hacemos contacto visual, el terror me embarga. Si creía que antes tenía miedo, era porque no había mirado a esos ojos.

Pero su cara de sorpresa es mayor que la mía.

—¿Quién eres? —pregunta—. ¿De dónde has salido? —Está completamente conmocionado—. Eres como ella. No puede ser.

Se acerca y apoya su mano en mi mejilla. Se me escapa un sollozo que me rompe más por dentro si cabe. Mi cuerpo tiembla sin control.

—No, no llores, cariño. No pasa nada. Está bien. Solo dime qué eres tú.

No sé quién quiere que le diga que soy, pero me toca con mucha delicadeza. Sus ojos están abiertos de par en par, como si creyera que no soy real, como si estuviera viendo un fantasma.

Sus manos se posan en mi cintura, y el temblor de mi cuerpo es incontrolable. Otra vez no, por favor.

—¿Elizabeth? No… No es posible. Y… Yo te vi… —tartamudea.

El padre de Silas no consigue hilar ninguna frase coherente. Yo estoy asustada, pero él está completamente conmocionado. No puedo obviar las palabras que salen por su boca, y aunque tardan en calarme en el cerebro, en el momento en que lo hacen mis ojos se desorbitan.

—¿De qué conoces a mi madre? —pregunto con un hilo de voz.

—¿Tu madre?

—Sí, mi madre. Ese era su nombre: Elizabeth. Es lo único que recuerdo de ella.

Los dedos del padre de Silas se me clavan en la cintura. Me hace daño e intento removerme, pero mis intentos son en vano; es mucho más grande y pesado que yo.

—Tremendo hijo de puta. Lo torturaré por esto. Lo juro, Sarah.

En cuanto mi nombre sale por su boca, me quedo todavía más conmocionada. Muy pocas personas conocían mi existencia, muchas menos mi nombre.

—Te ha tenido solo para él durante años. Siendo un hijo de puta egoísta, pero yo lo arreglaré. Lo prometo, cariño.

El mote me cae tan pesado como una losa en mi estómago. Quiero retroceder, pero no me lo permite. Mi mente vuelve allí abajo.

—Quiero salir de aquí, por favor. Déjame irme, no diré nada. Nadie sabrá nunca que este sitio existe.

—Entiendo… Puedo plantearme la idea si me explicas por qué estabas en la habitación de mi hijo.

Me quedo sin respiración. No. No puedo contarle sobre Silas, prefiero morir. Prefiero que haga conmigo lo que quiera. Protegeré a Silas con mi vida si es necesario. Lo protegeré con todo lo que tengo.

Ve mi reticencia, ve que no abriré la boca, ve mis sentimientos reflejados en mi cara. Me lee igual de fácil que lo haría con un mapa.

—Oh, mi cariño se ha enamorado de un Blackwell. Vaya, vaya. Esto sí que cambia las cosas. Pero me temo que ha sido del Blackwell equivocado —dice mientras se ríe.

Todo está siendo demasiado confuso. La ansiedad y el miedo hacen que lo sea incluso más. No consigo comprender con exactitud qué quiere este hombre de mí, por qué conoce a mi madre, por qué mis sentimientos por Silas cambian las cosas.

Evander no me deja espacio a pensar qué coño es lo que está pasando cuando comienza a subir y bajar las manos por mi cuerpo. Intento resistirme, alejarme y apartar sus manos, pero una sonrisa acude a su boca, y ese pequeño gesto es lo que más miedo me causa.

—Vamos a hacer un pequeño trato, cariño.

Serás mía, y yo dejaré a mi hijo en paz.

No le tocaré ni un solo pelo de la cabeza por su traición a cambio de que no te resistas para mí, de que siempre acudas a mis llamadas.

Estarás a mi completa disposición sea el momento que sea.

Abrirás las piernas para mí cuando yo te lo ordene —dice mientras su mano me aprieta el muslo con fuerza—. Serás mía al completo o Silas morirá.

Un nuevo torrente de lágrimas se une al anterior. Mi cuerpo sigue temblando de un modo que no sé cómo mis piernas consiguen todavía sostenerme, porque yo lo sé, y sé que él también: solo hay una respuesta posible.

No dejaré que le haga daño a Silas.

Nunca.

—Por favor, no le hagas daño. A él no. Es mi culpa —susurro entre sollozos.

—De rodillas, cariño.

Todavía no ha terminado de decirlo y ya he obedecido. No me importa lo que haga con mi cuerpo siempre y cuando pueda proteger a Silas de la ira de su padre. Mientras pueda protegerlo de la muerte a manos de él.

Evander coge el teléfono de su bolsillo y hace una llamada, pero nadie contesta, simplemente la puerta se abre. Los dos hombres que me sacaron de mi habitación entran y cierran tras ellos.

—¿Queréis ver el espectáculo? —ríe entre dientes—. Sácame la polla de los pantalones, Sarah.

Mis manos tiemblan demasiado cuando las acerco al pantalón. Me cuesta, el temblor lo dificulta todo, pero consigo sacarla de los pantalones.

—Mira que duro me tienes solo de pensar en la posibilidad de quitarte a mi hijo. ¿Has dejado que él te toque, Sarah? ¿Mi hijo ha metido su polla en ese bonito coño?

Asiento, porque no me veo con la capacidad de hablar. Todavía sigo moviendo la cabeza cuando la mano de Evander me cruza la cara y hace que se me gire hacia un lado.

Escuece.

Duele.

Pero no duele más que lo que tengo que hacer.

—Chúpame, cariño. Hazlo bien y puede que mantenga mi promesa de no matar a mi hijo.

Los hombres tras de mí se ríen ante ese comentario. No quiero hacerlo. Pero ¿realmente tengo otra salida?

No. No la hay.

Para mí nunca la hay. Estaba siendo demasiado ambiciosa al querer ser feliz al lado de Silas.

Me muevo todo lo rápido que mi cuerpo tembloroso me deja y me lo meto en la boca. Comienzo a chupar, pero Evander me empuja.

—¿En serio eso es lo mejor que sabes hacer? —pregunta con enfado.

Empuja su pene a la parte trasera de mi garganta y me da una arcada. Intento apartarme, pero me sujeta con fuerza.

—Tendrás que emplearte mucho más a fondo si quieres a Silas vivo, cariño. Por lo pronto, pasará la siguiente noche de su llegada en el búnker, de ti depende cuantas más sean. Quizá se me olvida ordenar que le lleven la comida.

Evander me suelta y me recompongo. El dolor en mi pecho es tan grande que me cuesta respirar. No puede hacerle daño a Silas por mi culpa. Por favor, no. Se ha arriesgado demasiado por mí. Sabía que no era suficiente para él, pero aun encima, ahora…

Mientras las palabras de Evander me dan vueltas en la cabeza, este se ha desnudado y tumbado en la cama del fondo de la habitación.

Giro la cabeza hacia la puerta y me encuentro con sus dos hombres apostados uno a cada lado de ella, con su polla fuera de los pantalones, ambos duros. Mis ojos se abren de par en par.

—Tranquila, cariño, ya tendrán su turno contigo. Ahora es el mío. Ven, acércate.

Voy hasta la cama y me tumbo a su lado sin tocarlo, sin rozarlo.

Él lleva su mano a mi cuerpo y me quita la camiseta de Silas, dejándome completamente desnuda.

Pasea sus manos por mi cuerpo y el tacto me asquea por completo.

Quiero vomitar. Al menos con Callum sabía con exactitud qué iba a ocurrir.

Ahora no lo sé y creo que eso lo hace todavía peor. La incertidumbre.

¿Van a hacerme lo mismo que hicieron con Rose? ¿Me matarán así?

—Aprenderás a bailar para mí, cariño. Aprenderás cada movimiento que me gusta sobre mi polla, para que en cuanto te llame estés preparada para hacer que me corra. Soy un hombre ocupado, necesito a mis mujeres listas.

Sus manos siguen subiendo y bajando por mi cuerpo mientras sigo sin mover ni un solo músculo.

—Algunos días, uno de mis hombres te preparará para mí, para que estés lista para cuando llegue. Ellos también tienen sus necesidades, cariño. Tendrás que cubrirlas.

—Por favor, padre, no… —La costumbre del nombre sale sin pensarlo.

La cara de sorpresa de Evander me deja en shock y otra bofetada me gira la cabeza.

—No vuelvas a llamarme así jamás. Para ti soy Evander.

—Lo siento —digo con un hilo de voz.

—No pasa nada, cariño. Hay mucho que tienes que aprender y estoy seguro de que eres muy buena alumna.

Lleva su boca a mi pezón y me muerde. Intento contener un grito de dolor, sin conseguirlo del todo, y eso hace que él sonría.

—Con razón te escucharon. Escandalosa, como a mí me gustan.

Intento que ni un solo sonido vuelva a salir por mi boca, no quiero darle esa satisfacción, pero muerde con más fuerza y vuelvo a soltar otro quejido.

—Solo por esta vez, porque es la primera, te lo permitiré, cariño.

Evander se pone sobre mi e introduce su pene dentro de mi vagina. Las lágrimas corren formando ríos por mi cara. Antes de Silas esto era mucho más fácil.

Duele.

Y ahora sé que no debe doler.

Intento moverme como acto reflejo, aunque sé de sobra que lo mejor que puedo hacer es quedarme quieta. Un puñetazo en el estómago me hace recapacitar y desistir.

Evander comienza a moverse sobre mí. Por su boca salen palabras que no consigo entender, porque mi mente comienza a evadirse.

Estoy aquí, pero no estoy.

Me veo desde fuera de mi cuerpo.

Veo cómo Evander me folla sin contemplación, como golpea mi cuerpo. Como sus hombres se acercan uno por cada lado mientras se masturban viendo cómo me profana. Uno de ellos me aprieta un pecho. Debería doler, pero no lo noto. Cuando su jefe les hace un gesto afirmativo, se corren sobre mí.

Tampoco noto los hilos de semen por encima. Sigo viéndolo todo desde el otro lado de la habitación, queriendo huir, pero sin poder hacer nada. Queriendo moverme, pero sin poder hacerlo. Queriendo luchar, pero dejándome apagar. Como siempre.

Evander sigue entrando y saliendo de mí, sigue paseando las manos por mi cuerpo y esparciendo el semen de sus hombres por todos los rincones donde me toca.

Sigue hablándome, pero en este estado no consigo entender qué es lo que dice.

Comienza a moverse de un modo más errático, más rápido, más fuerte, más doloroso, hasta que se corre dentro de mí.

Mientras lo hace, un nombre traspasa mi neblina mental, un nombre que él grita mientras está dejando su semen en mi interior.

—¡Elizabeth!