Capítulo 64
Silas
Tengo la aplicación de visualización de la cámara minimizada en el móvil mientras leo el mensaje entrante de Sarah.
Sarah:
Voy a responder cuando veo que está desnuda, por lo que abro la aplicación y una Sarah acostada como Dios la trajo al mundo sobre mi cama llena la pantalla del teléfono.
La hostia puta.
Solo ha sido necesario ver un segundo de esa imágen para que mi polla saltara dentro de mis pantalones. Levanto la vista a Knox, que está muy metido en su teléfono, por lo que paso al baño; me niego a que vea solo un mísero trozo de la piel de Sarah al descubierto.
Veo a mi chica pasear las manos por su cuerpo, cómo se aprieta los pechos y saco mi polla del pantalón.
La necesidad de que sean mis manos y no las de Sarah las que se muevan por su cuerpo son abrumadoras.
Llevo mi mano a la joya que me adorna la punta del pene y la muevo, haciendo la sensación todavía más placentera.
No despego los ojos del teléfono en ningún momento, por lo que veo cómo Sarah se lleva la mano a su coño y hace círculos en su clítoris. En ese momento, rodeo mi polla con los dedos y aprieto.
Me muero de ganas de estar dentro de ella.
Pero lo veo, noto el cambio en el comportamiento de Sarah y en su ceño fruncido, por lo que no dudo y la llamo, conectando el altavoz. En cuanto descuelga, lo primero que llega a mis oídos es un jadeo.
—Silas…
—Dios, gatita. Me estás matando.
—Sabía que estarías viéndome.
—Y sigo viéndote, gatita, así que lleva esa mano a donde estaba.
Sarah vuelve a mirar las paredes de la habitación buscando una cámara que no consigue localizar; la he escondido muy bien.
—Obedece, gatita.
No escucho respuesta, pero tampoco la necesito: veo a Sarah llevar a cabo la orden que le he dado, aunque su ceño sigue fruncido.
—Háblame, gatita. Cuéntame qué pasa.
—No puedo hacerlo sin ti, Silas. Te necesito aquí, te necesito dentro de mí.
Escuchar a Sarah rogar por mi polla es como escuchar a los ángeles en el puto cielo.
—Dios, Sarah. Yo también te necesito. Pronto estaré ahí, lo prometo. Pero mientras tanto, estoy aquí contigo, al otro lado del teléfono, de la cama, de donde sea, pero siempre al otro lado.
—No sé hacerlo, Silas —lloriquea en mi oído.
—Claro que sabes. Vamos a hacerlo juntos. Lleva la mano a tu coño y enséñame como de mojado está.
Lo hace y acto seguido levanta sus dedos cubiertos de sus fluidos.
—Chúpalos, Sarah. Hazlo como lo haría yo. Limpia todo ese jodido desastre.
Ver como Sarah se chupa los dedos como si fuera mi polla hace que me ponga más duro si eso es posible, por lo que comienzo a mover mi mano arriba y abajo por mi pene, con caricias superficiales, porque hasta que mi gatita esté cabalgando su orgasmo no me permitiré hacer lo mismo.
—Eso es, gatita. Quiero una de tus manos en tu pecho, pellizcando y tirando de ese precioso pezón, y la mano que acaba de salir de tu boca dentro de tu coño moviéndose dentro y fuera. Aprieta tus paredes alrededor de esos preciosos dedos como si fuera mi polla.
—Silas… No sé.
—Shhh, claro que sí. Hazlo. No lo pienses. —Quizá necesite un pequeño incentivo—. Necesito que lo hagas, Sarah. Necesito que metas esos dedos dentro de tu coño, porque necesito rodear mi polla con mis dedos y apretar. Necesito masturbarme contigo, los dos al mismo tiempo.
—¿Tú también…?
—¿Esperabas lo contrario? Claro que sí, gatita. Me tienes como una puta piedra, y rogaría a quién fuera para poder meterme ahora mismo dentro de ti, pero tendremos que contentarnos con esto, con escucharte gemir al otro lado.
—Pero no es justo, tú puedes verme.
—Tú puedes imaginarme ahí. A tu lado en la oscuridad. Así que obedece, gatita. Los dedos al coño. Ya.
Sarah se lleva los dedos al coño y comienza a moverlos, por lo que la mano que estaba alrededor de mi pene comienza a apretar con más fuerza, intentando imitar su velocidad y movimientos.
—La otra mano al clítoris, gatita. Quiero escuchar cómo te corres para mí, como tus gritos rebotan en las paredes.
—Silas, es demasiado… Voy a…
El resto de palabras no consiguen salir de su boca. Veo cómo su espalda se arquea y su boca se abre en una «o» que pretende ser silenciosa, pero no lo consigue de todo. Cuando la veo irse, no puedo evitar irme con ella. Mi semen sale disparado y mancho toda la puta encimera del baño.
—Dios, gatita, eres tan bonita cuando te corres. No puedo esperar a llegar a tu lado. Ahora sí, buenas noches, Sarah.
Levanta la cabeza y mira en una dirección donde no está la cámara que sigue intentando localizar.
—Buenas noches, Silas.
Nada más poner un pie dentro de la habitación, la sonrisa de imbécil de Knox me demuestra que tenía que haber bajado el volumen del puto teléfono.
—¿Qué? — inquiero.
—Nada, nada... ¿Has descargado bien? —consigue decir entre carcajadas.
—¿Te crees muy gracioso?
—¿Gracioso? No lo tengo claro, gatito .
Será hijo de puta.
Me acerco mientras le doy un golpe en la nuca.
—Céntrate. ¿Has encontrado algo?
—¿Te refieres a que si he estado trabajando mientras tenías sexo telefónico con Sarah? Sí, eso sí.
—¡Knox!
—Que sí —repite mientras se ríe—. No sé para qué guardaba tan bien estos documentos, están prácticamente censurados íntegramente.
Lo único que sí consigo ver es que trabajaba con alguien en Rusia.
Quizá tu padre pueda saber algo más, pero yo que tú iría comprando un abrigo, porque tengo la sensación de que nos va a tocar un viaje a la blanca Rusia.
—¿Rusia? No tiene sentido… ¿Quizá intentan investigarnos a nosotros? Los superiores de mi padre son rusos, desde allí vienen todas las órdenes.
—Todo es posible. Supongo que sabremos algo más cuando le demos la documentación a tu padre.