Capítulo 61
Silas
Cruzo el umbral de la puerta a tropezones y me acerco corriendo a la entrada de nuestro escondite, pero Sarah me ha visto por las cámaras y ya está saliendo de él. No puedo evitarlo y la llevo rápidamente a mis brazos, apretándola entre ellos.
—Dios, joder. Pensé que te había descubierto, Sarah, joder. Creo que no he pasado tanto miedo en mi vida.
—Vi la alerta y me escondí rápido, no sé quién era pero ha registrado toda la habitación. Creo que no ha encontrado nada más allá que el champú de vainilla en el baño.
Respiro.
Puedo volver a respirar con tranquilidad, y poco a poco los nervios que aún me atenazaban el estómago se disipan cuando compruebo que Sarah está perfecta. Le sujeto el cuello y llevo su cara hacia la mía. Devoro sus labios, me pierdo en ellos; me transportan a un lugar en el que solo siento paz.
Hasta que un gemido de Sarah rompe el silencio y soy consciente de su desnudez. Debía estar en cama todavía cuando Zeke llegó y salió corriendo.
Sin poder evitarlo, llevo un dedo a sus pliegues, que me esperan ya empapados, y gruño en su boca.
—Veo que mi gatita está ansiosa de tenerme entre sus piernas. Exactamente como me gusta: con tu coño chorreando, esperando a ser llenado por mi polla.
—Silas… —gime Sarah mientras mueve sus caderas para animar a mis dedos a que se introduzcan en ella.
—Voy a follarte tan fuerte…
La vibración de varios dispositivos a la vez me interrumpe. Giro la cabeza más rápido de lo que es humanamente posible para ver el detector, que me avisa que alguien se acerca a mi habitación. Abro la cámara, y me encuentro con la cara de Knox de camino hacia aquí.
Hijo de puta.
—Es Knox. Ponte una camiseta y ve al baño en lo que abro la puerta —le digo a Sarah mientras le doy un último beso y me recoloco la erección.
Abro la puerta solo una pequeña rendija e intento que mi mirada refleje todo el odio que estoy sintiendo por Knox en este momento.
—Déjame entrar.
—Sin exigencias o te quedas fuera —le digo mientras abro la puerta de par en par para que las cámaras del pasillo registren mi habitación casi al completo y se vea que no hay nadie más dentro.
En cuanto cierro, Sarah sale del baño y se encuentra con Knox.
En el tiempo que lleva aquí se han visto muy pocas veces; siempre intento evitarlo.
Odio que ahora mismo Knox vea a Sarah con mi ropa, con los pezones marcados en mi camiseta.
Los celos me carcomen y aprieto los puños para no reventarle la boca.
—Sarah, detrás de mí.
Ella obedece sin pensarlo y, en cuanto la tengo a mi espalda, Knox se ríe. Menudo hijo de puta.
—Menuda tienda de campaña, amigo —comenta entre risas.
—Knox… no me toques los cojones, que bastante me los tocas estando aquí dentro.
—Tranquilo —dice, pero no puede evitar reírse—, siento haberte jodido el polvo, pero tenemos que salir en breve. Te traigo provisiones para Sarah.
Y ahora que lo dice, reparo en que lleva una mochila a la espalda que parece pesar.
—¿Salir? —La voz rota de Sarah a mi espalda me hace dar la vuelta y arroparla entre mis brazos.
—Tenemos que salir ambos a una misión, gatita, pero volveremos lo antes posible.
—¿Lo prometes? —Y en esas dos palabras me demuestra todo el miedo que tiene.
—Lo prometo.
Asiente, y hace que me quede algo más tranquilo, aunque la realidad es que no sé cuánto vamos a tardar, pero intentaré que sea lo mínimo posible; necesito volver cuanto antes con ella.Ya no porque tenga que traerle comida, sino por mi propia necesidad de estar a su lado.
—Siento romper este momento de pareja tan bonito —dice Knox con una sonrisa en la cara. No lo siente, estoy seguro— pero, por si tardamos más de lo esperado, un amigo de total confianza vendrá a traer provisiones. No sabe quién está aquí, solo que debe dejarlas sobre el escritorio.
—¿Quíen? —contesto con recelo; no me gusta ni un pelo la posibilidad de que las provisiones de Sarah no sean suficientes y alguien tenga que entrar.
—Madox.
Asiento, conforme. Después de Knox, Madox es el otro hombre con el que más relación tengo y el que me ha acompañado en más castigos. Si hay alguien que tenga odio a mi padre fuera de las personas de esta habitación, ese es Madox.
—Aun así, gatita, escóndete cuando él venga, no dejes que nadie te vea. —Fijo mis ojos en los de Sarah para comprobar que me ha entendido—. ¿De acuerdo?
—Sí, lo entiendo. Tranquilo, todo irá bien. Solo intenta tardar lo menos posible, ¿Vale?
—Os dejo, para que podáis despediros. Salimos en media hora —dice Knox mientras se encamina hacia la puerta, esperando que Sarah vuelva a entrar en el baño antes de abrir.
Salir de mi habitación y dejar a Sarah atrás se me antoja lo más complicado que he hecho en la vida. Hice una mochila rápida y nos pasamos el resto del tiempo que Knox me dio tumbados sobre la cama, con Sarah entre mis brazos.
Cuando llego al garaje, Knox ya me está esperando. Me dirijo hacia mi Ninja para irnos, pero me detiene.
—Lo siento, amigo, órdenes de tu padre. Debemos ir en coche.
—Hijo de puta, no me da ni un puto centímetro de margen. Al menos, llevémonos uno bonito.
—Me he tomado la libertad de elegir —dice mientras acciona un mando y se encienden las luces de un Camaro ZL1 1LE negro.
—Buena elección, hermano —reconozco antes de subirme al coche y admirarlo por dentro.
El camino hacia la casa de Callum no se hace tan horrible como cuando era Darío quien estaba a mi lado.
Sé que este es el momento perfecto para que Knox y yo tengamos esa conversación pendiente, pero no tengo claro que el coche no tenga micrófonos, así que saco mi portátil de la mochila donde estaba oculto.
Le indico a Knox que pare, que tengo que mear, y cuando lo hace, lo conecto al ordenador de a bordo del coche.
De este modo compruebo todos los dispositivos que se han conectado con él y eliminado después.
Hay uno en concreto que me llama la atención, por lo que dejo el ordenador y comienzo a buscar un cable que no debería estar ahí, una moldura más suelta, cualquier cosa fuera de lo normal.
Le hago señas a Knox para que me ayude a buscar, vocalizando la palabra «micro» sin emitir sonido alguno.
Menos de cinco minutos después lo hemos localizado.
Lo sabía.
No hay ninguna misión: mi padre desconfía de algo, y nos ha mandado a ambos con la esperanza de que, en el momento en el que subiéramos en el coche y tuviéramos la «tranquilidad» de poder hablar sin ser escuchados, contáramos lo que sea que quiere saber.
Es listo, pero yo lo soy más.
No desactivo el micro porque eso le haría saber que nos hemos dado cuenta, así que le hago señas, subimos al coche y comenzamos a hablar de cosas banales mientras conecto el micro al ordenador y lo modifico de tal modo que lo único que escuchen sea la lista de reproducción que les pongo.
Que se joda.
Le hago un gesto a Knox para que arranque mientras termino de verificar que todo funciona correctamente, que ya no pueden escuchar nada. Levanto la cabeza del ordenador y fijo mis ojos en el perfil de la cara de Knox. Dudo que tengamos otro momento como este.
—Ha llegado el momento —anuncio mientras lo taladro con la mirada.
—Mucho has tardado. —Knox me mira con una sonrisa estúpida pintada en el rostro. No puedo evitar poner los ojos en blanco.
—Es que no me apetecía escuchar tus excusas de mierda para haberme vendido.
Knox agacha la cabeza sabiendo que en parte tengo razón: de un modo u otro ha vendido algo de mí a mi padre.
—Voy a contarte una historia. Si después sigues creyendo lo mismo, pensando igual de mí, no haré absolutamente nada más para acercarme a ti. Respetaré tu decisión, Silas.
El aire se me atasca en la garganta y me muerdo el interior de la mejilla.
Todavía no me ha contado nada, pero algo me dice que lo que va a salir de la boca de Knox no va a ser algo bonito ni fácil, por lo que saco un cigarro del paquete y me lo enciendo, dándole margen.
Le doy un par de minutos de silencio mientras él se infunde de valor.
—Cuando quieras. No hay prisa, Knox.
El suspiro que suelta justo antes de comenzar a hablar me hace saber que es incluso más difícil para él de lo que pensaba.
—Hay una chica.
—Siempre hay una chica —respondo intentando aligerar la tensión, y veo que lo consigo cuando una sonrisa aparece en su cara.
—Cierto, siempre la hay. —Aparta la mirada de la carretera y la fija en mi cara, levantando una ceja.
Frunzo los labios y le doy una calada al cigarro. No sé si estoy preparado para hablar de Sarah y de mí. De ese nosotros.
—Continúa. —No es necesario que diga más; Knox entiende a la perfección que he esquivado la pregunta a propósito.
—Supongo… Supongo que me enamoré. Nunca lo había dicho en voz alta y, joder, es realmente liberador. —Me mira mientras deja escapar el aire—. Había una niña en el orfanato: Madison… Mads. Mi conejita.
Veo el brillo en sus ojos, cómo los recuerdos de ella se cuelan en su mente y se reflejan en la felicidad de su rostro.
—Mads era la niña más guapa con diferencia de todo ese horrible lugar, y de las pocas personas que eran amables conmigo. Así que yo también empecé a ser amable con ella, pero a su novio no le pareció bien que Mads y yo nos lleváramos bien, o que se riera conmigo de un modo que no lo hacía con él.
—Ufff, ¿gran ataque de celos?
Knox asiente con la cabeza mientras dice:
—Me temo que sí, gran ataque de celos. Al principio no me importaba, seguía dejando mis postres para Mads o dejándole un caramelo todas las noches bajo la almohada.
—Se gira, sonriendo—. Le encanta el dulce.
—Vuelve la vista a la carretera—. Ella pensaba que era su novio quien dejaba esos dulces y, aunque quería sacarla de su error, creo que le hacía más ilusión que fueran de él.
Al final del día, estaba con él porque le quería.
Llevaban juntos desde que tenían recuerdos.
Aprieta los puños en el volante y entiendo que ha llegado la parte que él temía, que más le dolía.
—Su novio siempre se había metido conmigo e intentaba amedrentarme para que me alejara de Mads, pero no me importaba y seguía haciéndolo.
Era un pedazo de mierda, y yo no iba a dejar que Mads dejara de sonreír porque a ese cabrón le diera la gana.
Hasta que algo cambió, no sé exactamente qué fue, pero dejó de hacerme daño a mí.
Supongo que se dio cuenta de que era más fácil alejarme de Mads si era ella quien lo hacía, si era ella quien me odiaba.
Así empezó una de las peores etapas de mi vida.
—Lo siento —lo interrumpo, casi no soy consciente de que lo he dicho hasta que lo hago, pero el dolor en las palabras de Knox me rompe un poco por dentro.
—Ojalá eso fuera lo peor. Vivía completamente atormentada por ese hijo de puta.
Cada vez que me acercaba a Mads era ella quien pagaba las consecuencias, así que, simplemente, empecé a alejarme, aunque seguía dejando dulces para ella.
Nunca dejé de hacerlo. Nunca pudo quitarme eso.
Aunque sí me quitó demasiadas cosas… Su novio le rompía la ropa, le cortaba el pelo cuando dormía, le escupía en la comida…
—A ver si adivino: te echaba la culpa a ti.
—Exactamente. Pero ojalá eso fuera lo peor…
En el orfanato pasábamos bastante hambre, así que el hijo de puta le sacó fotos desnuda y se las dejaba un rato a los niños a cambio de dinero o comida.
Los chicos se iban al baño con las fotos de Mads a masturbarse mientras él los esperaba en la puerta para que le dieran el pago.
⟫Cuando lo descubrí por casualidad, tuvimos una pelea muy grande, y con el dinero que había sacado de vender esas fotos le pagó a una de las monjas para que solo me encerrara a mí.
—¡Menudo hijo de puta!
—Lo es. Le quitó a Madison todo lo que le diera un mínimo de felicidad.
Cuando reuní las pruebas suficientes para exponerlo ante Madison, él apareció mientras intentaba hablar con ella.
Se la llevó a rastras y la castigó a ella, le dio tal paliza que se quedó en la enfermería un par de días solo por haber hablado conmigo en la cafetería.
Así que decidí que era mejor que Madison pensara que era yo quien la atormentaba.
Tomé todavía más distancia, pero seguí dejándole sus caramelos, sus pikotas para que siempre tuviera dulces sueños.
Él era mayor que ella, así que había pensado que hablaría con ella cuando estuviera fuera, cuando ya no pudiera hacerle daño. Pero no pudo ser.
—¿Por qué?
—Pocas semanas después, se fueron juntos, y lo último que hizo Jake antes de irse fue pagar a una monja para que me metiera en aislamiento.
—Espera, ¿cómo que Jake?
—Me he estado acercando a tu padre para poder salir a menudo y vigilar a Madison.
Lo único que quiero en esta vida es alejarla de él, ese es mi único propósito, y si tenía que contarle a tu padre alguna nimiedad que no te pusiera en peligro, lo haría.
Lo hice. Lo siento, Silas. Pero Madison está incluso por encima de mi bienestar.
Estoy intentando acceder a una herencia que me dejaron mis padres para sacarla de allí.
Para que ella pueda ser feliz lejos de esa escoria.
Estoy completamente petrificado. No se me había pasado por la cabeza ni por un segundo que Knox pudiera estar luchando con todo eso. Siento que, como siempre, he sido demasiado egoísta y solo he pensado en mí y en mi sufrimiento y he pasado por alto el de los demás.
—Knox… Ese no será Jake Reed, ¿verdad? El que se suponía que tenía que entrar en tu lugar.
—Sí, ese es. Un grandísimo hijo de puta.
En este momento en mi cabeza solo hay una pregunta: ¿sabe que son hermanos?
Necesito estar totalmente seguro antes de decírselo. No puedo fiarme solo del archivo de las monjas, por lo que prefiero guardarme esa parte de la información para mí, al menos de momento.
—Ya, bueno. No sé cómo decirlo, así que solo voy a soltarlo.
—Los ojos de Knox se quedan fijos en los míos mientras frunce el ceño—.
Las monjas lo sabían. Todo. Lo alentaban a ser más duro con Madison para que entrara en el programa de mi padre.
Creo que lo de las fotos fue idea de ellas y se quedaban una parte del dinero.
El coche frena en seco. La inercia del movimiento me hace ir hacia delante pero el cinturón de seguridad me frena en seco.
Joder, qué daño.
—¿Qué acabas de decir?