Capítulo 57
Sarah
—Siéntate en mi cara —me dice mientras se recuesta en la cama.
¿He escuchado bien? Todavía estoy bajando de las nubes a las que me ha llevado ese orgasmo cuando la orden traspasa mi neblina mental.
Nunca había sentido algo así.
Ni parecido.
Jamás.
—Sarah, que te sientes en mi cara —repite.
—¿Cómo voy a hacer eso? —No puedo ni pensarlo de la vergüenza que me da.
—Poniendo tu bonito coño sobre mi boca, y dejando que chorree para mí. —Las palabras de Silas me mortifican, pero también avivan el calor ya existente de mi cuerpo.
—Me… Me da vergüenza —contesto ruborizándome.
—¿Vergüenza? Gatita, mi meta en esta vida es recorrer cada parte de tu cuerpo con la lengua, trazar un camino con ella, un camino que solo te dé placer.
Que tu coño llore por mí todas las noches, y que todas y cada una de ellas gimas mi nombre.
Que te pases las noches enteras corriéndote sobre mi polla.
— Joder, las palabras que salen por su boca no hacen más que calentarme más si cabe de lo que ya estoy.
Comienzo a mover las piernas, buscando una fricción que no consigo, no tanto como me gustaría.
—Pero… ¿Y si te hago daño?
—Daño solo me haces dejando el sabor de tu coño fuera de mi boca. A mi cara. Ya. Úsame. Como. Una. Puta. Silla.
Obedezco con miedo. Con incertidumbre. No tengo idea de qué es lo que estoy haciendo, pero confío en Silas con los ojos cerrados.
Me siento.
Pero no dejo caer todo mi peso sobre su cara; me da miedo ahogarlo, por lo que me sostengo sobre mis piernas. Las manos de Silas me sujetan por la ingle y me fuerzan a bajar, a apoyar todo mi peso, todo mi coño, sobre su cara.
—He dicho sentada, Sarah —dice mientras su lengua sale de paseo y comienza a lamer mis pliegues.
En cuanto me toca, mi cerebro se apaga. Las sensaciones que embargan mi cuerpo son demasiado.
No puedo evitar moverme mientras la lengua de Silas sigue recorriéndome entera, paseándola por mis pliegues, introduciéndola.
De forma inconsciente comienzo a restregarme sobre su boca, a mover mi coño sobre su lengua, a perseguir la creciente sensación.
Nunca había sentido un placer igual. O eso creía cuando decide que ha llegado el momento y me da un pequeño mordisco en el clítoris.
Esa sensación que comenzaba a hormiguear en el fondo de mi cuerpo explota a lo grande.
No contengo los gritos que salen por mi boca aun sabiendo que en las habitaciones contiguas quizá alguien pueda escucharme. Incluso sabiendo que alguien pueda descubrirnos no consigo bajar el volumen de los gemidos que se escapan entre mis labios.
—Dios. —La palabra se me escapa sin ser del todo consciente.
—Dios no, cariño, pero cerca. Es mi lengua la que te hace ver el puto cielo.
Me bajo del cuerpo de Silas como buenamente puedo, aunque él hace bastante más fuerza que yo para acostarme a su lado en la cama.
Con mi cuerpo lánguido, entrelazo las piernas con las suyas y me recuesto sobre él.
Poco a poco, comienzo a recuperar el aliento, pero mi cuerpo está exhausto y el sueño me lleva sin pretenderlo.
Abro los ojos poco a poco, dándome cuenta de que me había quedado dormida. Sigo acostada sobre el pecho de Silas y nuestras piernas continúan entrelazadas.
Él duerme con su nariz enterrada en mi pelo.
Sigo usando el champú de vainilla que tanto le gusta.
No lo dice, pero noto cómo a la mínima que puede me huele el pelo y me compra varios botes cada vez que tiene oportunidad.
Su aliento me hace cosquillas cuando exhala y, poco a poco, hacen que mi piel se erice.
Aprovecho que está dormido para pasear la vista y deleitarme con su cuerpo. Está cubierto por un montón de tatuajes que me encanta admirar. No sé qué significan la mayoría, pero estoy segura de que se lo preguntaré en algún momento; tengo demasiada curiosidad.
Casi tanta como la que tengo por saber por qué lleva una joya puesta en el pene. No dejo de darle vueltas a sus palabras de antes:
«—Dicen que las joyas son las mejores amigas de las mujeres. Ya descubrirás el porqué.»
Desde que las palabras salieron por la boca de Silas ya no han abandonado mi mente y me muero de ganas de saber ese porqué .
Casi sin ser consciente, alargo la mano y paseo mis uñas por su abdomen, dejando unas largas marcas rojas tras de sí.
Jadea, y levanto la vista rápidamente, pero confirmo que sigue dormido.
He leído mucho sobre sexo en internet cuando mirar a Silas empezó a traducirse en que mi sexo palpitara.
En que cuando me daba los buenos días por las mañanas, con esa voz más grave, mis pezones se endurecieran.
Poco a poco voy comprendiendo el mundo que me rodea, y Google es mi mayor aliado.
Pero no es lo mismo leerlo o verlo que tenerlo justo delante.
Así que, con la poca confianza que internet me ha brindado, dejo que mi mano continúe viajando por el cuerpo tonificado de Silas, acariciando cada músculo marcado, maravillándome con el tacto de su piel, y dejando la marca roja de mis uñas en ella.
Me encanta ver cómo se enrojece a mi paso, cómo soy yo quien deja esas marcas sobre él.
Más rápido de lo que creía que era posible, la enorme erección de Silas me saluda. No tengo demasiada experiencia, pero es imposible que eso tenga el tamaño medio que internet dice que debe tener.
¿Debería preguntar?
En cuanto mis dedos tocan la suavidad de Silas, todas las preguntas que se formaban en mi mente se relegan a un segundo plano. Solo puedo pensar en lo dura que está, en el relieve de sus venas y en cómo esa joya decora la punta, coronando así una obra de arte.
Me muevo y me arrodillo entre las piernas de Silas para poder verla y tocarla más de cerca pero, cuando voy a levantar mi mano una vez más para acariciarla, siento un deseo irrefrenable de meterla en mi boca, de saborearlo como él hizo conmigo.
¿A qué sabrá?
Así que dejo de dudar, saco la lengua, dejo que recorra toda su longitud, desde la base hasta la punta dejando un rastro de saliva. Abro la boca y la introduzco. Escucho un jadeo que me hace levantar los ojos y me encuentro con unos negros fijos en los míos, abiertos de par en par.
La intensidad de su mirada me hace temblar y apretar las piernas.
—¿La gatita se ha despertado con ganas de jugar? ¿O quizá no he sido lo suficiente complaciente y quiere más?
La pregunta me causa un poco de inseguridad y voy a retirarme, pero él me frena.
—Lo estás haciendo genial, Sarah. Sigue.
Y eso hago, aunque no tengo mucha idea de cómo, simplemente me dejo llevar, paseando mi lengua y ahuecando las mejillas.
—Tu lengua es un puto regalo que no sabía que necesitaba, gatita.
Sus halagos me hacen querer ser mejor para él. Ver el control que tengo ahora mismo sobre él, sobre su placer, me hace sentirme poderosa y me insta a acelerar el ritmo.
—Sarah, como sigas voy a correrme en tu boca, y no es ahí donde quiero terminar. Déjame ver cómo ese coño llora por mí, gatita.
Sus palabras hacen que mi clítoris lata pero, antes de lo que me espero, Silas se separa de mí y nos gira a ambos, dejándome debajo de él.
Pero ese movimiento tan repentino e inesperado me hace viajar a un lugar que está muy lejos de aquí.
A un lugar al que no quiero volver jamás: a la imagen de unas escaleras que son castigo, pero también salvación.