A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 56
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Capítulo 56

Silas

El recorrido de sus manos por mi cuerpo me está volviendo completamente loco. Mi polla grita por ser liberada. El líquido preseminal brota sin necesidad siquiera de que me toque.

Guío a Sarah a la cama y me recuesto sobre ella. Continúo besándola, pero mis manos comienzan a viajar por su cuerpo y ella se retuerce bajo mis caricias.

Va vestida con el traje negro, que se pega a cada una de sus curvas y eso está haciendo que pierda la poca cordura que me queda.

—Sarah… ¿Estás segura? —No puedo evitar preguntar.

—Cállate ya y hazlo. —Su contestación hace que suelte una carcajada y que ella sonría con ganas.

Pagaría un dinero que no tengo solo por ver esa sonrisa todos los días.

Me quedo embobado mirándola y, para cuando me quiero dar cuenta, las manos de Sarah me están desabrochando los botones del pantalón.

Me giro quedando de lado y la dejo hacer, ayudándola a bajar mis pantalones y quitándome la camiseta.

Cuando solo me cubre la ropa interior, Sarah pasa la lengua sobre mis abdominales y no consigo contener el jadeo que escapa de entre mis labios.

—Joder, Sarah.

—Deja de contenerte, Silas. No voy a romperme. Veo tus brazos en tensión desde aquí.

Lo que dice es cierto; me estoy conteniendo, mucho. Pero tengo miedo. Miedo de cómo pueda hacerla sentir. Miedo de ser demasiado bruto, brusco. De que algo de lo que pueda salir por mi boca la haga sentir incómoda.

—Tenemos mucho tiempo por delante para que me tengas sin ningún tipo de contención —digo mientras le quito el traje, y cuando miro abajo, me recibe una Sarah completamente desnuda—. Dios. Eres jodidamente perfecta —alabo su cuerpo—, Hoy vamos a tomarnos las cosas con calma.

—¿Hoy?

—Sí, hoy. Solo hoy.

—No me trates como si fuera a romperme, Silas, no lo haré.

Me llevo su pezón a la boca y comienzo a dar pequeños mordiscos mientras mi otra mano se adentra entre sus piernas, donde me recibe empapada.

—Joder, que mojada estás, gatita —digo mientras muevo mis dedos sobre sus pliegues.

Mi boca cambia su objetivo por el otro pezón mientras las manos de Sarah comienzan a explorar mi cuerpo.

Con cada mordisco, el coño de Sarah me aprieta los dedos, que entran y salen de su interior despacio, sin prisa.Un mordisco un poco más duro de la cuenta hace que un gemido más fuerte se escape de su boca.

—Vaya, ya veo —siseo mientras la mano de Sarah me saca la polla de los calzoncillos.

—Silas… —El terror en su voz me hace parar de inmediato.

—¿Te he hecho daño? Pararemos, está bien.

—¿Qué llevas ahí? —dice mientras me señala la polla.

Qué susto, joder.

No puedo evitar la risa que se me escapa de entre los labios.

—Dicen que las joyas son las mejores amigas de las mujeres. Ya descubrirás el porqué.

Sarah asiente, pero no tiene ni idea de por qué lo digo. Tampoco pienso explicárselo ahora mientras tengo mis dedos enterrados en lo más profundo de su coño.

Sarah lleva su mano a mi polla, aprieta y casi me corro solo con ese mínimo roce. Hace amago de colocarse sobre mí pero la detengo; no tenemos ninguna prisa.

—Paciencia gatita, solo acabo de empezar contigo.

Ella me mira sin entender del todo lo que quiero decir, pero se lo haré saber. Tiempo al tiempo.

Comienzo a besarla de nuevo y a mover mis dedos hasta que siento que está a punto de explotar. Entonces, llevo mi boca a su pezón y doy un pequeño mordisco que hace que estalle alrededor de mis dedos, gritando.

—¡Silas!

—Sí, cariño, eso es. Grita para mí —exclamo mientras las uñas de Sarah se clavan en mi espalda—. Déjame tus marcas, gatita.

Sigo moviendo mis dedos dentro de ella, intentando alargar su placer lo máximo posible, hasta que se vuelve demasiado sensible.

—Joder, nunca había sentido nada así.

—Esto solo acaba de empezar, gatita —contesto mientras esbozo una sonrisa de medio lado.