A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 53
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Capítulo 53

Sarah

Creo que no he escuchado bien lo que Silas acaba de decirme, porque ha dicho que vamos fuera, pero eso no es posible.

No puede ser.

Es algo que por mucho que desee no he pedido nunca. Sé la situación en la que nos encontramos y todo lo que nos podría ocurrir a cualquiera de los dos si alguien nos descubre, por lo que me he limitado a ser feliz entre estas cuatro paredes. Y es lo más feliz que he sido desde que tengo recuerdos.

Soñar con salir era algo que nunca creí a mi alcance, y ahora que lo estoy tocando con la punta de los dedos no sé si quiero tenerlo.

—¿Estás seguro? —no puedo evitar preguntar.

—Knox y yo hemos trazado un plan. No saldremos de la fortaleza, pero podrás respirar aire puro. No puedes permanecer aquí encerrada para siempre.

—¿Eso significa que en algún momento dejaremos de vivir aquí? —pregunto enarcando las cejas, extrañada.

Pero una vez las palabras han salido de mi boca, soy consciente de lo que acabo de decir. La realidad es que Silas no tiene ningún tipo de obligación conmigo y no quiero ser una carga para nadie. Ya bastante se está arriesgando teniéndome aquí dentro.

Dejándome su espacio para vivir.

Su cama.

Pero antes de que pueda darle más vueltas a mis palabras, llega su respuesta.

—Espero que podamos dejar todo esto atrás más pronto que tarde. —¿Soy yo o me está incluyendo?

Pongo mi mano sobre la suya, y llama por teléfono a Knox, quien vigila.

Silas coge el ordenador y modifica las cámaras para que podamos salir sin ningún problema hasta la entrada lateral del edificio.

Me explica cómo hacerlo y la necesidad de tener a Knox vigilando mientras nosotros hacemos todo esto.

Los nervios se hacen presentes en mi estómago nada más cruzar la puerta de la habitación. Siento que estoy dejando atrás mi sitio seguro y no estoy del todo conforme con eso.

Tengo ganas de vomitar.

Me acerco más a Silas.

Cuando cruzamos la puerta del edificio y salimos al patio, me indica que tengo que correr, pero me quedo completamente paralizada. Tira de mí hasta que llegamos a una arboleda. Intenta hablar conmigo, hacerme reaccionar, pero yo solo puedo temblar.

Siento cómo la ansiedad se hace dueña de cada una de las partes de mi cuerpo, cómo no puedo hacer nada a mi antojo, cómo mi respiración se va acelerando hasta que siento que no puedo respirar, hasta que siento que no llega el suficiente oxígeno.

Me queman los pulmones.

Se me nubla la vista.

No puedo dejar de temblar.

El cuerpo de Silas me aprieta. Lo siento en cada rincón de mi alma, en cada parte de mí, y vuelvo un poco en mí misma, aunque el pánico no se va del todo.

—Sarah. Estoy aquí. Respira. Tranquila. Estoy contigo.

La mano de Silas me coge por las mejillas y me aprieta, haciéndome girar la cara hasta que mis ojos se enfocan en los suyos negros.

—Aquí, Sarah.

Mi corazón sigue latiendo a un ritmo frenético, pero comienzo a respirar mejor. Siento cómo el oxígeno empieza a entrar en mis pulmones, cómo el nudo en mi garganta se afloja.

—¿Qué pasa, cariño? Háblame. —Me zarandea—. Dime algo, Sarah. Por favor. —Sigue moviéndome para que reaccione—. Lo que sea.

La desesperación de Silas se hace patente en sus palabras, en la forma que me habla y que me sacude para que vuelva en mí.

Creo que ni siquiera ha sido consciente del modo en que me acaba de llamar, y yo tampoco tengo claro que haya escuchado bien.

No puede ser, ¿no? Estoy segura de que me lo he imaginado.

Verlo de ese modo, tan desesperado y preocupado, hace que ponga todo lo que tengo de mi parte para intentar decirle lo que ocurre, aunque ni yo misma sé exactamente qué es lo que está pasando, solo sé…

—Mm… Mie… Miedo.

—¿Miedo? ¿Miedo de estar aquí fuera?

Mi cabeza se mueve arriba y abajo y él no duda ni un solo segundo.

Me coge en brazos y se encamina rápidamente al edificio llamando a Knox por el camino para comprobar que todo está despejado y, en cuanto cruzamos la puerta de nuestra habitación, siento cómo puedo empezar a respirar con total normalidad.

Mi cuerpo va dejando de temblar poco a poco, pero el nudo en la garganta, sigue ahí.

Me deja en el suelo y vuelve a sujetarme la cara, fijando sus ojos en los míos.

—Dime algo, por favor. Siento que todo lo hago mal, todo es mi culpa. No quiero causarte más dolor.

—Está bien, Silas. Ninguno de los dos sabíamos que esto iba a pasar, has hecho por mí más que nadie en toda mi vida. Era el mejor regalo que podías hacerme. Estoy bien. Ya estoy bien.

Pero sigue muy intranquilo, así que lo abrazo. Guío mis manos alrededor de su cuello y apoyo mi cara sobre su pecho. Él baja la cabeza y me mira desde arriba.

—¿Segura que estás bien?

Miro hacia arriba y nuestras bocas se quedan demasiado cerca la una de la otra, respirando el mismo aire. Un deseo irrefrenable me azota por dentro, algo que no había sentido nunca pero que no tengo modo de contener teniendo a Silas tan cerca de mí.

No tengo idea de lo que voy a hacer, solo me dejo llevar. Y apoyo mis labios sobre los suyos.

Él se separa, mirándome con los ojos abiertos de par en par.

—Sarah... ¿Estás segura?

Hago un gesto afirmativo con la cabeza, y la boca de Silas no tarda en asaltar la mía. En cuanto nuestros labios vuelven a tocarse, siento cómo todo mi cuerpo responde por él.

Mi corazón empieza a latir desbocado.

Mi respiración se acelera.

Los dedos de Silas comienzan a viajar por mi cuerpo, dejando tras de sí piel erizada.

Mis pezones se aprietan.

Mientras tanto, la boca de Silas sigue asaltando la mía en un beso ardiente.

Brutal.

Su lengua se abre paso entre mis labios y comienza a subir el nivel de intensidad, cada vez más sucio.

Más húmedo.

Mis manos, que todavía reposan en su cuello, comienzan a bajar por sus brazos mientras hago fuerza y dejo grandes marcas rojas con las uñas allá por dondepasan. Poso mis manos en su pecho y aprieto su camisa entre mis dedos. Me acerco a él buscando más.

Sea lo que sea que signifique eso.

Las manos de Silas, puestas en mi cintura, me aprietan contra él. Contra su gran erección.

Y, de un momento a otro, parece que su cordura hace acto de presencia, porque me aparta como si quemara, y justamente así es como me siento por dentro.

Ardiendo.