A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 51
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Capítulo 51

Sarah

No soy buena con las palabras, nunca lo he sido, pero cuando Silas cruzó el umbral de la puerta de nuestra habitación, no me hizo falta ninguna para saber cómo se sentía por dentro. Vi aquello que tantas veces había sentido en ese sótano pintado en su cara.

Lo dejé.

Dejé que se metiera en la ducha bajo el agua hirviendo porque yo también había sentido esa clase de suciedad.

Sus ojos me enseñaron una culpa que no debía estar ahí, así que decidí devolverle solo un poco de lo que él me había dado.

Cuando la habitación se me quedó pequeña, cuando mis piernas estaban cansadas de caminar siempre en los mismos círculos esperando que saliera, me decidí a entrar, y le di un poquito del amor que me quedaba, aquel que sabía dulce y daba saltos en el estómago.

Lo abracé queriendo poner en ese gesto todas las palabras que se me atascaban en la garganta.

Salgo del baño dejando a Silas un poco de una intimidad que no me ha importado antes. Me quedo a los pies de la cama esperando para que me dé algo de ropa seca.

Sale de la ducha, y las gotas de agua obedecen la ley de la gravedad, acariciando sus abdominales y tropezando con una toalla que conseguía tapar lo justo. Se le marcan todos y cada uno de los músculos que acabo de sentir bajo mis dedos, más duros de lo que jamás creí que podrían ser.

Un carraspeo me hace llevar los ojos a los de Silas, y su mirada viaja por mi cuerpo igual que la mía por el suyo. Su lengua sale de paseo y se lame los labios.

—Sarah… Se… se transparenta la camiseta.

Bajo la vista y veo mis areolas marcadas a través de la camiseta, cómo se adivina la forma de mis pechos a la perfección. Llevo mis manos para cubrirme, pero ya no queda nada que Silas no haya visto.

—Perdón, es que no sabía qué otra ropa podía coger. No se me ocurrió…

—Está bien, tranquila.

Silas me da otra camiseta y me cambio rápidamente. Me quedo esperando el momento que más temía que llegara.

—¿Dónde voy a dormir? —pregunto con un hilo de voz.

—Eh…

Silas abre los ojos de par en par y soy consciente de que a su brillante plan se le habían escapado un par de cosas.

—Puedo dormir en el suelo.

—Es tu cama, Silas. No vas a dormir en el suelo, lo haré yo.

—No dejaré que duermas en el suelo, Sarah.

—Estoy acostumbrada.

—Pues te desacostumbras. ¿Quieres... —Parecía… ¿nervioso?—. ¿Quieres dormir conmigo?

El modo en el que formula la pregunta me resulta gracioso, y no puedo evitar que se me escape una pequeña sonrisa.

—No quiero incomodarte.

—No lo haces. Nunca lo haces.

Ambos nos metemos en la cama, cada uno en su lado, respetando una línea imaginaria que divide la cama a la mitad.

Mucho rato después de meterme en ella, sigo con la vista en el techo, esperando que el sueño llegue. No me he atrevido a mirar a Silas desde que nos tumbamos, pero estoy muy tentada a hacerlo. Cuando las ganas casi le han ganado la partida a la sensatez, la voz de Silas me sobresalta.

—No la violé, Sarah —habla en susurros, palabras que eran tan difíciles de decir como de escuchar—. Fingí que la penetraba mientras lo ocultaba todo con la ropa. Mi pene se quedó por debajo en todo momento. Hubiera preferido un disparo en la cabeza, pero no podía. No podía.

No hace falta que Silas me lo diga, sé que tiene un nudo en la garganta porque las palabras salen atropelladas por su boca.

—Fingí los movimientos y la empujé todo lo que pude con la cadera intentando que pareciera lo más real posible, pero Rose terminó ahí por mi culpa.

Yo la puse en ese lugar. Pero no podía hacerle eso.

No cuando era plenamente consciente de mis acciones, no como…

—Las palabras mueren en su boca—. Perdón, perdóname.

—Su voz es solo un susurro, empañada por el llanto.

—¿Me pides perdón? ¿A mí? —Me pilla totalmente por sorpresa.

—Si mi padre hubiese sido consciente de lo que estaba pasando, me hubiera pegado un tiro y no sé qué hubiera sido de ti. Sé que Knox te hubiera cuidado, pero al final del día tú también estás aquí por mi culpa.

Llevo mi mano a la suya y aprieto.

—Me sacaste de un infierno, Silas. Eres mi ángel, no mi verdugo.

Y con esas palabras, dejo que mi mano aterrice en el brazo de Silas y que mi cuerpo se acerque poco a poco, desdibujando esa línea imaginaria que había puesto allí al entrar en la cama y que tanto me había costado respetar para no abrazar a Silas lo más fuerte posible, dejándole saber que estaba a su lado.

Él toma mi mano y la coloca sobre su estómago, apretando la suya por encima de la mía.

Esas mariposas, ese amor bonito, me calienta el pecho y no sé por qué.

Silas descansa recostado de lado, yo pegada a su espalda, así que cuando habla, el sueño casi me ha llevado del todo.

—No la violé hoy, pero sí lo hice el otro día, Sarah.

—Coge aire y lo suelta poco a poco. Lo dejo hacer, sin moverme—.

Me drogaron, me pusieron algo en la bebida, y fui consciente por la mañana, por eso ella estaba ahí hoy, porque no quise hacerlo de forma consciente. Le hubiera ahorrado mucho sufrimiento.

—No sabías cuál sería la decisión de tu padre, hicieras lo que hicieras. Culparte por algo que te obligan a hacer a punta de pistola no es sensato, Silas.

Le aprieto la mano y poso un beso sobre su hombro, queriendo dejar allí un poco de amor, un poco de consuelo, pero la piel de Silas se eriza al contacto con mis labios.