Capítulo 49
Sarah
Escucho el ajetreo. Varios hombres se dirigen a la parte trasera del patio, pero desde el lateral donde estoy solo puedo ver un pequeño trozo. Parece que se reúnen en un círculo, rodeando algo.
Me acerqué al baño movida por la curiosidad; hay un pequeño ventanuco bastante alto, pero lo suficiente grande como para que pueda conseguir ver algo.
Veo a varios hombres en un semicírculo y dos coches que llegan. Del primero, bajan dos hombres, de los cuales uno de ellos se dirige a la multitud en cuanto baja.
—Hijos míos —dice entre risas—, sabéis que siempre es un momento especial cuando la fortaleza recibe a una mujer.
La ovación de todos los hombres en respuesta vibra por todo el patio mientras mis pelos se erizan.
—Esta mañana, no solo traemos una mujer, si no que, como vuestro hermano Silas ha estado un poco reticente, hemos decidido que volveremos a hacer las iniciaciones. La mayoría sois demasiado jóvenes para conocerlas siquiera.
Esta vez los gritos son incluso mayores. Están… ¿celebrando?
—El motivo por el que abandonamos esta práctica no fue otro que la voracidad con la que alguno de vuestros hermanos trataban a las iniciadas, y no conseguíamos conservar a ninguna. Como es la primera en mucho tiempo, no os pondré límites, pero sí los habrá en las siguientes.
Todos se miran entre sí y se ríen. No consigo entender del todo qué es aquello, pero todo mi cuerpo lo rechaza. Necesito alejarme de la ventana, pero también quiero ver. Comprender.
—A partir de este momento, cada vez que salgáis a una misión, queremos que traigáis a las mujeres a la fortaleza, se acabó el matarlas.
Con todo esto dicho, vuestro hermano Silas será el primero, los altos mandos, los siguientes, y los demás…
es la guerra. Quien la coge la aprovecha.
Mientras tanto, esperamos dar un buen espectáculo.
En cuanto las últimas palabras salen por la boca del hombre, se retira hacia un lado y aparece otro sujetando a una mujer que no se mantiene en pie. Silas camina detrás, mirando al suelo. Parece resignado, pero no puedo asegurarlo desde aquí arriba.
El que la sujeta la deja caer de golpe, y una vez en el suelo, empuja a Silas hacia ella. Una mirada basta para que Silas comience a caminar hacia la mujer. El corazón me va demasiado rápido, estoy segura de que en cualquier momento se saldrá de mi pecho.
Dos hombres se colocan a cada lado, sujetando cada uno una pierna de la mujer. El que había hablado se coloca a la cabeza de esta y levanta un arma, apuntando a Silas a la cabeza.
Mi grito de terror resuena en las paredes del baño. No puedo dejar de temblar, mi corazón me oprime el pecho.
El terror me agarrota los músculos.
Silas se deja caer de rodillas delante de la mujer, mueve la poca ropa que esta lleva encima tapando sus partes, dándole un poco de privacidad. Se baja los pantalones y la penetra.
Mi mano va directa a mi boca para contener el grito, pero las lágrimas bajan como ríos por mi cara. No puedo moverme, pero veo cómo Silas entra y sale de ella, hasta que unos minutos después, se detiene y se retira.
Se queda detrás del hombre del arma, y sigue el turno de uno de los hombres que sujetaban sus piernas. Este pide que los otros hombres lo animen, y estos responden al segundo, vociferando y jaleando. Mueve la ropa exponiendo todo su cuerpo.
El hombre le escupe en la cara y dice algo que no puedo escuchar a esta distancia justo antes de penetrarla de una estocada. La mujer comienza a retorcerse, a intentar soltarse de los hombres que la sujetan. A gritar mientras sobre su cabeza sigue el hombre del arma.
Comienza a moverse dentro y fuera, y la mujer comienza a gritar, a llorar, a suplicar.
Saca su polla y se corre por su barriga.
En cuanto se retira, la mujer respira, aunque sus sollozos continúan moviendo su cuerpo.
No le dan demasiado margen, porque el tercero ya está tomando posición, y después de otra escena similar, se corre en la cara de ella.
El hombre que sostenía el arma se saca la polla, y espero lo mismo que han hecho los otros tres, pero comienza a orinarle la cara y grita:
—Hijos, la tenéis bautizada. —grita mientras sonríe de oreja a oreja —es vuestro turno.
Y entonces, se desata el caos.
Todos los hombres corren hacia ella, se pelean entre ellos por ser el primero en tenerla.
Los gritos de ella se quedan ahogados entre las voces de todos aquellos hombres.
Veo a uno dentro de su boca, otro en su culo y dos intentando entrar en su coño a la vez que se amenazan entre ellos por querer ser el siguiente en entrar en algún agujero caliente.
Se pegan por poder entrar en el cuerpo de la mujer; todos quieren probar un trozo de ella.
Un grito desgarrador rompe el cielo y después, nada. Ni un solo movimiento, ni un grito, ni un llanto… pero ellos siguen acudiendo como hienas.
¿Dónde mierda me he metido?