Capítulo 45
Silas
Por norma general tener a una mujer entre mis piernas suele despertar en mí ciertos… deseos.
Pero tener a Sarah va todavía más allá.
Me remuevo en el pequeño espacio, intentando tocar las menores partes posibles de su cuerpo. Me culpo a mí mismo por sentirme de este modo, sobre todo teniendo en cuenta por lo que ha pasado ella. Realmente no lo sé, no me lo ha contado, pero no necesito mucho para adivinarlo.
El olor a vainilla que emana de su pelo me altera por completo los sentidos. Y si le sumamos todo lo que me hacía sentir antes, mi cuerpo está que salta a la mínima y lo último que quiero es que ella se pueda sentir incómoda.
Le doy a Sarah todas las indicaciones de todo lo que se me pasa por la cabeza que pueda necesitar, incluyendo la comida que he comprado para ella, pero el tiempo apremia y necesito volver al hotel.
—Tengo que irme, Knox no puede cubrirme mucho más. Volveré mañana, pero no puedo decirte cuándo. Intentaré traerte un teléfono, o lo hará Knox en su defecto, te cuidaremos. —Dibujo una sonrisa que espero que le transmita calma.
—Gracias, Silas. No te haces una idea de cuánto te agradezco que volvieras por mí —responde con los ojos acuosos.
Sarah se acerca y me abraza, y es algo que me toma completamente por sorpresa, pero no dudo en envolver mis brazos alrededor de su pequeño cuerpo.
Ella apoya su cabeza en mi pecho, y de forma inconsciente comienzo a mecerme.
Nos separamos algo incómodos sin saber cómo reaccionar, así que decido salir por patas, porque no tengo idea de qué decir; no tengo idea de qué mierda me está pasando.
Me giro en la puerta, justo antes de salir.
—Adiós, Sarah, volveré pronto.
—Adiós, Silas. Vuelve pronto.
Salgo de la fortaleza como alma que lleva el diablo, me subo en mi Ninja y me fundo con ella. Acelero por los caminos que me llevan al orfanato, mucho más rápido de lo que debería, pero la velocidad sobre estas dos ruedas me ayuda a despejar por completo mi mente.
Estando sobre mi chica todo lo demás se queda atrás, somos ella y yo contra el mundo.
Cuando estoy cerca de llegar al hotel, reduzco e intento hacer el menor ruido posible, por lo que termino de acercarme con la moto apagada. Saco la mano del acelerador y la muevo para intentar mitigar los calambres que me asaltan por llevarlo al máximo durante tanto tiempo.
Cuando llego a la habitación del hotel, Knox ya me está esperando, y hacemos el cambio sin ningún problema. Me cuenta que mi padre no ha ido a buscarme y es algo que me extraña, pero no voy a ser yo quien se queje; no podía haber salido mejor.
Knox vuelve a la fortaleza con la tarea de comprar un teléfono móvil de camino para Sarah. Me acuesto con la ilusión de poder dormir un rato, aunque sé que no será demasiado, sobre todo cuando las imágenes de Sarah en la ducha comienzan a asaltarme la cabeza.
El pelo rubio que le cae sobre la espalda, el chorro de agua goteando sobre su culo…
Mi mano comienza a acercarse a mi erección prácticamente sin permiso, pero no puedo evitar seguir evocando imágenes de Sarah.
Me imagino paseando mi lengua por su cuello, lamiendo las gotas de agua que la ducha va dejando caer.
El olor a vainilla me asalta las fosas nasales aun cuando sé que Sarah no está aquí.
Mi pulgar recoge unas gotas de presemen en la punta, el frío metal que allí habita intensifica mis sensaciones. Jadeo comenzando a mover la mano arriba y abajo, pasándola por toda mi longitud, y apretando mientras imagino que es la mano de Sarah la que me toca.
El placer no es suave. No es amable.
Aprieto los dientes para no dejar escapar ningún sonido mientras mi mano sigue en su tarea, apretando cada vez más.
Pienso en ella, en el fragmento de su pecho que me dejó ver sin saber. En cómo tenía que mantener el control cuando estaba con ella.
En cómo quiero desatarme ahora.
Aprieto.
Más.
Más rápido.
Más fuerte.
Pienso en cómo sería la sensación de hundirme en su calor, en como ella recibiría una presión nueva, metálica, que no conoce, un peso añadido, y en cuanto esa imagen toca mi mente, el orgasmo explota.
No lo veo venir.
No lo esperaba.
El semen se separa en dos chorros al salir de mi polla, depositándose sobre mi abdomen y pringándolo todo. Todo menos la imagen de Sarah, nítida en mi mente.
Me levanto de la cama como Dios me trajo al mundo y me meto en la ducha. Adivinaba que mi convivencia con Sarah no iba a ser fácil y no precisamente por ella, si no por lo que despertaba dentro de mí.
No podré volver a oler la puta vainilla sin pensar en Sarah, sin ponerme duro pensando en ese momento en la ducha.
Estoy jodido.
Muy jodido.
Porque no voy a tocarle un solo pelo de la puta cabeza, no después de lo que ha vivido.