Capítulo 44
Sarah
Cuando salgo del baño, noto a Silas un poco inquieto, pero entiendo que la situación que nos ha traído a este sitio, a este momento, es complicada.
Siento el cuerpo bastante más relajado que cuando entré en el baño, pero no estoy segura de que Silas pueda decir lo mismo.
Dudo entre preguntar o no, al final del día no lo conozco y no sé cómo puede reaccionar si hago algo que no le gusta, o si ve que me estoy metiendo donde no me llaman.
Me quedo en la puerta del baño, incómoda, sin saber qué hacer o qué decir. La mirada de Silas me sigue recorriendo de arriba abajo y siento mis piernas temblar. Mi corazón se acelera, mi mirada se clava en la suya y el silencio deja de ser tan incómodo, ya que en sus ojos encuentro mi paz.
La voz de Silas es como una caricia para mis oídos, pero me mantengo lo más lejos posible.
—¿Todo bien en el baño?
Voy a mover mi cabeza arriba y abajo para asentir, para que no tenga que escucharme, pero recuerdo… y decido dejar salir mi voz.
—Sí, todo bien —contesto mientras intento esbozar una pequeña sonrisa.
—Bien.
—Bien.
¿Él también está incómodo? ¿No soy solo yo?
—Bueno, supongo que ha llegado el momento…
Mierda. Sabía que no podía hacerme ilusiones… Mi mente empieza a crear mil escenarios, cada uno peor que el anterior de todas las cosas que me van a pasar. El dolor que todavía no siento pero sé que va a terminar por llegar comienza a abrumarme.
—Sarah, vuelve.
La voz de Silas atraviesa mi neblina mental. Me sujeta la cara, su otra mano sobre mi cuello, y fija sus ojos en los míos.
—Aquí, Sarah. Vuelve.
Mi vista se mantiene fija en la suya, y su cercanía comienza a ponerme nerviosa; el lugar donde sus manos están posadas sobre mi cuerpo hormiguea…
Él carraspea y se retira.
—Solo quería decirte que vas a pasar la noche sola.
Volveré por la mañana porque se supone que no puedo estar hoy aquí.
Cuando me acerque a la habitación, el ordenador emitirá un sonido bajo.
Si alguien diferente intenta entrar, te alertará y retrasará la apertura de la puerta para que te dé tiempo a esconderte.
Ahora te enseño donde. Desde el mismo ordenador puedes ver las cámaras del pasillo si necesitas más seguridad…
Silas no para de hablar pero no estoy entendiendo la mitad de las cosas que me dice, así que decido interrumpirlo.
—Creo que no estoy entendiendo mucho, lo siento.
—Es normal, está bien. ¿Puedes dejar de pedir perdón? No es tu culpa.
—De acuerdo, lo siento.
Una carcajada sale de la boca de ambos al mismo tiempo.
—Es la costumbre, lo siento. —Ambos volvemos a sonreír.
—Tranquila, iremos poco a poco. Te iré enseñando todo sobre la marcha —dice mientras una sonrisa estira la comisura de sus labios.
Unos minutos después que se me antojan como una eternidad porque no consigo enterarme de mucho, Silas termina de explicarme el funcionamiento de las tarjetas y en qué momentos tengo que esconderme. Tan solo queda que me enseñe dónde, y siento que está algo reticente.
—Supongo que ha llegado el momento. —Le miro levantando una ceja, sin comprender del todo—. Este es mi mayor secreto, así que me gustaría que lo valores.
—¿Tu amigo no lo sabe?
—No, no lo sabe. Ni él ni nadie más. Ven, acércate.
Me indica que me acueste en el suelo, a su lado.
No termino de entender pero obedezco; al final del día sigo viva por la bondad de Silas.
Desliza una placa bajo la cama, que descubre un pequeño escondite, nada extremadamente lujoso: suelo, paredes y techo están cubiertos de madera; hay un futón para que sea algo más cómodo y caliente, y varios aparatos electrónicos.
Silas baja y me tiende la mano para ayudarme a bajar. Me siento entre sus piernas y comienza a enseñarme el mecanismo de cierre.
—Aquí abajo también hay ordenadores desde los que puedes revisar algunas de las cámaras que te comentaba antes, aunque desde estos no es tan sencillo. El sitio no es nada del otro mundo, pero espero que tengas que pasar aquí el mínimo tiempo posible.
Asiento, porque su cercanía me está poniendo demasiado nerviosa como para contestar.