Capítulo 41
Silas
Vale, y ahora ¿qué?
Solo he pensado en el modo de llegar aquí, no en qué mierda iba a hacer ahora con una Sarah que no puede estar más desconcertada, y con toda la razón del mundo.
Miro a mi alrededor pensando qué coño puedo decir para excusarme por lo que acaba de pasar justo antes de cruzar la puerta, para explicar qué hacemos aquí, quién soy o toda la mierda que tenemos alrededor, pero mis pensamientos se atascan y no se me ocurre absolutamente nada. Pero su voz me atraviesa y me enfoco.
—Silas, creo que ya puedes dejarme en el suelo.
Y entonces soy consciente de que todavía la retenía entre mis brazos. La suelto, a regañadientes.
—Sí, sí, claro.
En cuanto sus pies tocan el suelo, empieza a caminar por mi habitación, a curiosear todo lo que se encuentra.
Dejo que investigue todo lo que necesita, de todos modos, aquí arriba no hay absolutamente nada que le diga nada sobre quién soy, y un pensamiento fugaz cruza mi mente.
Me cuesta contener las ganas de enseñarle mi lugar seguro. Aunque, tarde o temprano, lo conocerá.
Dejo la mochila que tengo a la espalda en el suelo, saco de ella todos los productos que he conseguido comprar y se los tiendo.
—Me imagino que tendrás ganas de darte una ducha, puedes tardar todo el tiempo que necesites —le digo mientras me encamino al armario y escojo para ella una camiseta y uno de mis pantalones cortos de entrenar para prestárselos—.
Te compraré ropa para ti. De momento, esto es lo más pequeño que tengo en mi armario.
Sarah dirige la mirada a los geles y la ropa, y una lágrima rueda por su mejilla. Se me encoge el corazón. Me acerco despacio y paso mi pulgar por su mejilla, llevándome una lágrima en él, y rezando para que sea de alivio, de que se siente segura.
—Ve tranquila. Hablaremos cuando salgas. Puedes pasar la llave si te sientes más cómoda. Estás a salvo aquí dentro.
Otro asentimiento por su parte, y creo que de momento no me dará mucho más, cuando me sorprende.
—Gracias —dice con un hilo de voz que me deja ver lo rota que está.