Capítulo 40
Silas
—¿Dónde me estás metiendo?
Las palabras de Sarah resuenan en mi mente. Es una buena pregunta, una para la que no tengo respuesta. No debería estar haciendo esto, pero algo me impide abandonarla sin más. Dejarla atrás.
Tengo la necesidad de cuidar de ella.
—En la boca del lobo, el único sitio donde nadie va a buscarte nunca. Jamás. Es el sitio más seguro que se me ocurre ahora mismo, donde yo pueda cuida… vigilarte.
Sarah no responde, pero sé que me ha escuchado.
Me incorporo de la postura que llevábamos en la moto y la escucho sollozar a través del intercom .
Le quito el casco y puedo ver en sus ojos el reflejo del miedo, de la ansiedad.
No termino de entender qué es lo que le da tanto miedo, ¿yo? ¿La oscuridad? ¿El aire libre?
Llevaba demasiado tiempo bajo tierra, por lo que podría ser cualquier cosa, y no tengo ni puta idea de cómo preguntarle, de cómo ayudar.
Me pongo de pie a un lado de la moto para ayudarla a bajar, pero el llanto y el sonido de las respiraciones erráticas de Sarah cada vez son mayores. No podremos cruzar así. Ni de broma.
Joder.
—Sarah… ¿Qué ocurre? ¿Qué necesitas?
—No lo sé, siento que el mundo se me cae encima, que el corazón se me sale del pecho. Me cuesta respirar —dice entre sollozos.
No sé a qué tiene miedo Sarah, solo espero que no sea a mí, porque necesitamos movernos si no queremos ser descubiertos, así que tomo acción.
Vuelvo a subir a Sarah a mis brazos, como cuando salimos de la casa, y esa sensación de pertenencia vuelve a atenazar mi pecho.
La sensación de que Sarah está hecha para mis brazos, que encaja a la perfección en ellos.
Me sacudo esos pensamientos de encima que lo único que hacen ahora es nublarme la mente, y comienzo a caminar bosque a través con ella en brazos.
Poco a poco, Sarah se va recostando más sobre mi pecho y regulando su respiración. Sus sollozos se van mitigando, aunque por su cara siguen surcando ríos de lágrimas. No puedo apartar la vista de su cara, no puedo evitar intentar consolarla.
—Estarás a salvo pronto.
Ella mueve la cabeza arriba y abajo contra mi pecho, y no puedo evitar imaginarlo como una caricia contra él.
No es más que un susurro, una caricia de su voz, baja, demasiado baja…
—Háblame.
—¿Quiéres que te hable?
Otro movimiento de cabeza afirmativo.
—Pues realmente no sé qué decirte —le hablo en susurros—.
Me gustaría poder llevarte lejos, dejarte en algún lugar donde pudieras vivir por ti misma, sin depender de nadie, sin depender de mí.
Pero no puedo hacerlo, no ahora. Necesito poder confiar en ti para que los dos —la imagen de Knox llega a mi mente—, los tres, podamos seguir vivos.
—¿Tres?
—Supongo que un amigo me está ayudando.
—¿Supones?
La voz de Sarah sigue siendo demasiado baja, rasgada, pero su pecho ya no sube y baja de forma tan errática como antes.
—Hemos tenido… problemas de confianza, digamos —y quiero reírme de mi propio eufemismo —. Todavía no tengo claro si puedo confiar en él. Supongo que cuando lleguemos al límite de la fortaleza lo sabremos. Él me ha dado esta ruta de entrada sin vigilancia.
—¿Así que podrían atraparnos incluso antes de entrar?
—Démosle un voto de confianza —intento transmitir con mi voz algo que no siento, o no demasiado—. Estamos cerca, necesitamos hacer el menor ruido posible, y probablemente necesite correr. No te preocupes, no te dejaré caer. De todos modos, agárrate todo lo fuerte que puedas.
No necesito más que un pequeño asentimiento por parte de Sarah para eliminar la distancia hacia el límite de la fortaleza.
En este tramo, la valla es metálica y electrificada, la parte de arriba cubierta por alambre de espino, no tanto para que la gente no entre, sino para que nosotros no podamos salir.
Pero el puto Knox es más listo que nadie.
No sé cómo, pero ha conseguido inhabilitar un trozo de la red abriendo un pequeño agujero para poder entrar y salir a su antojo.
Pequeño hijo de puta. Cumple las órdenes de mi padre tan a rajatabla, que le da un margen para hacer lo que quiera, que no nos permite a los demás.
Chico listo.
Una vez dentro de la fortaleza, me encuentro con la puerta lateral de los barracones, la pared donde se encuentran nuestras habitaciones; va a ser bastante sencillo poder acceder.
Cruzo el patio a la carrera con Sarah en brazos y accedo al barracón quedándome en la entrada, en uno de los pocos lugares donde no hay cámaras.
He dejado a Knox en el hotel, con mi ordenador listo para cuando lo avisara y que dejara fuera de uso alguna de las cámaras.
He dejado clips grabados de varios segundos de estática.
Cortos, porque de lo contrario podrían alertar a alguno de los vigilantes.
Knox también tiene la tarea de ser nuestros ojos, por si alguno de nuestros hermanos decide que es un buen momento para caminar por esos pasillos.
Mantengo el oído alerta, y cuando confirmo que lo único que puedo escuchar alrededor es la respiración de Sarah, hago la llamada. Menos de dos tonos después, el otro lado de la línea responde.
—Todo despejado.
Avanzamos por las escaleras, encaminándonos a la zona de mi habitación.
—Cámara siete.
—Un momento. Vale, adelante.
Acelero el paso, ya que apenas tengo unos veinte segundos para salir del margen de grabación antes de entrar en el rango de la siguiente cámara, y ambas deberían solaparse unos segundos.
—Cámara nueve.
—Sigue.
Continuamos con la misma dinámica durante tres tramos de cámaras hasta nuestro pasillo. Ya puedo ver la luz al final del túnel cuando la voz de Knox me alerta a través del teléfono que Sarah mantiene sujeto en mi oreja:
—Apura el culo, Silas. Viene gente. Tienes veinte segundos, treinta como mucho para que giren en el pasillo y te vean.
—Mierda. Joder.
Comienzo a correr, pero hacerlo con Sarah en brazos lo complica.
—Bájame. Puedo andar.
—No voy a arriesgarme, Sarah. No ahora.
Sigo corriendo como alma que lleva el diablo. No puedo dejar que nos encuentren, no ahora. No si no quiero que Sarah tenga el peor destino de todos.
Cuando estamos llegando a la puerta, pido algo de lo que sé que voy a arrepentirme.
—Sarah, mete la mano en mi bolsillo delantero, el derecho, y quita la tarjeta para poder abrir la puerta. No podemos parar ahora a meter el código.
En cuanto la mano de Sarah comienza a moverse a través de mi bolsillo, inspiro de un modo que no creo haber hecho nunca antes.
Dios.
Eres imbécil.
Eres imbécil.
Eres imbécil.
Eres jodidamente imbécil.
Los ojos de Sarah se abren de par en par y se fijan en los míos. Mi boca se abre y se cierra sin saber qué coño decir. La de ella va cayendo, abriéndose poco a poco por la sorpresa y el desconcierto.
Imbécil. Imbécil. Imbécil. Imbécil.
Eres imbécil.
Sarah arrastra la mano hacia arriba con la tarjeta entre sus dedos.
—Estira el brazo y llévala al lector —le digo mientras nos seguimos acercando a la puerta con una voz más grave de lo que pretendía.
Hace justo lo que le ordeno, y el sonido que nos indica que la puerta está abierta hace que todo el aire que estaba conteniendo salga de mis pulmones. Entro dando un traspiés en mi habitación y cierro la puerta tras nosotros.
—Justo a tiempo. —La voz de Knox inunda mi habitación a través del teléfono, que se encuentra en el regazo de Sarah.
Había olvidado por completo que seguía ahí.
Lleno los pulmones de un aire que no sabía que necesitaba tanto.