A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 38
38%

Capítulo 38

Silas

Decido no arrancar la moto en el callejón por miedo a que mi padre o alguno de los suyos la escuchen desde su habitación, aunque probablemente estén demasiado centrados en Rose para prestar atención a los ruidos de su alrededor.

Aun así prefiero ir sobre seguro y cuando he dejado atrás un par de calles del hotel, me subo y la enciendo, meto primera y acelero a fondo.

El tiempo y los kilómetros que me distancian de Sarah me queman demasiado.

No consigo que la moto vaya tan rápido como me gustaría.

Estoy seguro de que piensa que la he abandonado, pero yo nunca haría eso. Se lo prometí, siempre cumplo mis promesas y por ese motivo nunca hago ninguna.

Llevo la moto a su límite, acelero a todo lo que da. No sé por qué tengo la imperiosa necesidad de llegar cuanto antes.

Entro en la zona de la casa y apago la moto, dejándola que vaya con la inercia que le queda hasta cerca de la puerta, pero dejándola escondida.

Abro la puerta, que choca contra el cuerpo de Kevin, todavía tirado, y no puedo evitar hacer una mueca. Paso por encima de él sin mirarlo demasiado; no tengo tiempo para sentirme mal por más personas que no conozco.

Me encamino al salón y a medida que me voy acercando voy perdiendo el color de la cara.

No está.

El cuerpo no está.

P...p...pero yo le disparé, le di. Vi cómo la sangre se arremolinaba a su alrededor.

Levanto la cabeza y me adentro en el resto de la casa, buscándolo por todas las habitaciones, pero no está.

No está por ningún lado.

No, Dios.

Sarah.

Me encamino de nuevo al salón, muevo el sofá con rapidez y llamo en la trampilla para que sepa que soy yo quien baja.

Dos golpes con el puño, tres palmadas.

Abro y rápidamente me tiro escaleras abajo. Sarah se levanta apurada de la cama y me mira con cara de desconcierto.

—Has venido.

—¿Está aquí?

—¿Quién?

—¿Está aquí?

—No sé de quién me hablas, aquí solo estoy yo.

Doy una vuelta rápida por el lugar y confirmo que me dice la verdad, así que elijo ser sincero; tiene derecho a saber.

—El cuerpo ya no está arriba. Rápido, coge todas tus cosas, nos vamos. No podemos perder más tiempo, ya he tardado demasiado en venir por ti.

—Alguien vino a la casa y se lo llevó, o eso creo. Solo pude adivinar los sonidos de la parte de arriba, pensé que habías sido tú. Que te ibas dejándome aquí —dice sollozando.

—Eh —me acerco para abrazarla, pero se aleja—, te prometí que vendría, siempre cumplo mis promesas, ¿recuerdas?

Asiente, pero su mirada sigue clavada en el suelo. Supongo que debí tener en cuenta que lo último que tendría es esperanza.

—¿Hay algo que quieras llevarte?

Niega, pero sigue con la cabeza baja. Me acerco a ella.

—Sarah, estás a salvo, lo prometo, pero tenemos que irnos. No sabemos quién vino y si regresará, o si Callum podría volver por ti.

Parece hacerse consciente de ese detalle cuando las palabras salen por mi boca, y se encamina rápidamente a las escaleras. En cuanto su pie cruza el umbral de la puerta, se congela. Creo que es de alegría, pero empieza a temblar y sollozar.

—Silas, no puedo. No puedo. Lo siento, tengo miedo. No… No puedo... No puedo salir.

Le tiemblan las rodillas cuando intenta moverse. No he caído en la cuenta de que debe llevar mucho tiempo encerrada.

—Tranquila, yo te llevo. Cierra los ojos. Confía en mí.

No me lo pienso demasiado, me acerco a ella y la tomo en brazos.

Va a emitir una protesta, pero parece ser consciente de que el tiempo apremia y no tenemos muchas más soluciones.

Mis manos están puestas de modo que no toquen ninguna parte que pudiera hacerla sentir incómoda.

Su cuerpo se acurruca contra mí como si perteneciera allí y no puedo evitar el sentimiento de pertenencia. De que es lo correcto.

Sarah solloza en mis brazos y el miedo la hace apretarse más y más contra mí.

Doy pasos apresurados a la moto con el corazón que parece que se me va a salir del pecho.

No pesa absolutamente nada en mis brazos, puedo sentir sus huesos a través de la ropa que lleva puesta, si a eso se le puede llamar ropa.

Se aprieta más contra mi cuerpo, sin fuerzas, y no sé cómo voy a hacer para que se mantenga en la moto todo el tiempo que tenemos hasta la fortaleza.

Cuando llegamos hasta mi Ninja , la dejo en el suelo, me quito la sudadera y, pese a que protesta, se la pongo. Ambos cascos esperan colgados del manillar, así que primero le pongo el que tenía reservado para ella y a continuación el mío, que dejo sin abrochar con las prisas.

Me subo y enciendo la moto, haciendo señas para que suba tras de mí, pero se queda mirándome como si no fuera consciente de lo que tiene que hacer.

Mierda.

Joder.

Quizás he vuelto a asumir de más y nunca ha subido en una moto. Me giro y abro los estribos, uno a cada lado, activo el intercom para que ella me pueda escuchar sin problemas a través de su casco.

—Sarah.

Ella se asusta y clava sus ojos en los míos.

—Tranquila, es como un teléfono entre los cascos.

Necesito que pongas un pie en el estribo, el trozo de metal que acabo de abrir, coloques tus manos en mis hombros y lleves tu pierna al otro lado de la moto, hay el mismo saliente de metal para que apoyes el otro pie.

En cuanto estés arriba, cierra de nuevo los ojos, solamente agárrate a mí. Estoy contigo, no voy a dejarte sola.

—Vale, lo intento.

En el primer intento, no consigue llevar la otra pierna al lado contrario de la moto y consigo sujetarla por mi sudadera antes de que bese el suelo.

—Venga, otra vez. Tranquila, tú puedes.

Al segundo intento, consigue hacer la suficiente fuerza para sentarse tras de mí.

—Bien, ahora guía una de tus manos alrededor de mi barriga. La otra pósala en el depósito de la moto, para que cuando frene puedas hacer algo de fuerza sobre esa mano y no te caigas sobre mí. —explico despacio.

—¿Así? —dice mientras su mano roza mis abdominales, más baja de lo que esperaba.

Mierda, parece que este va a ser un paseo de tres.

—Sí… Sí. E… Está bien, agárrate fuerte. Cierra los ojos, imagina que sigues dentro. Te prometo que llegaremos pronto. La haré volar si es necesario.

La fuerza con la que Sarah me agarra es tal que me clava las uñas.

Estoy seguro de que cuando mueva la mano, tendré sus marcas en mi piel.

E imaginar las marcas de Sarah en mi piel, me pone más de lo que jamás admitiré, porque no es el momento ni el lugar, pero mi cuerpo reacciona sin que pueda hacer nada más.

—Guarda las uñas, gatita —digo intentando romper la tensión con un poco de humor que no tengo claro que sea bien recibido.

Las palabras no han terminado de salir de mi boca cuando el agarre de Sarah se afloja sobre mi piel.

—Lo siento.

—Está bien, tranquila. Puedes agarrar del modo que necesites, solo trataba de… No sé ni lo que pretendía.

Llevo la mochila a la espalda y literalmente es lo único que me salva de que sus pechos se aplasten contra mí cada vez que toco el freno, y no puedo estar más agradecido por ello.

No es el momento ni el lugar. Pero mi erección se clava contra el depósito de la moto, y cómo me jode cada bache. Estoy seguro de que tendré las bolas azules durante una jodida semana entera, pero aguantaría el tiempo que fuera necesario con tal de dejar a Sarah a buen recaudo.

Cuando llevamos una media hora de viaje subiendo hacia la fortaleza, escucho a Sarah por el intercom.

—Silas, lo siento. Necesito parar, siento que voy a caerme, no puedo apretar los ojos con más fuerza. Tengo demasiado miedo. No puedo, lo siento, no puedo —dice mientras su voz se rompe, aunque intenta por todos los medios que no se note.

Joder.

Sabía que un coche era mejor opción, pero no puedo pasar desapercibido con un puto coche.

—Tranquila, conduciré desde detrás de ti.

Paro a un lado de la carretera en una zona poco transitada, pero igualmente quiero tenerla fuera el mínimo tiempo posible, por lo que necesito ser muy rápido.

—No abras los ojos, no pasa nada. Solo déjate guiar.

Me bajo de la moto, empujo a Sarah al puesto de conductor y me subo tras ella pasando mis brazos alrededor de su cuerpo. Estamos mucho más cerca que antes, mi pecho presionado contra su espalda, pero lo necesito para poder llegar al acelerador.

Solo hay una cosa con la que no había contado.

—Ignóralo, por favor.

—Silas… —llora.

Ella nota mi dureza en su trasero. Intento acomodarla lo más lejos posible y que no tenga que sentirla, pero es algo complicado por la postura en la que nos encontramos.

—Lo sé, no lo tengas en cuenta, por favor.

Tranquila, no te tocaré un solo pelo de la cabeza.

Nunca. Jamás. Nadie lo hará, o tendrá que pasar por encima de mi cadáver —contesto mientras vuelvo a poner la moto en la carretera y acelero a través de la noche—.

Mataré a cualquiera que se te acerque, Sarah. Incluso si ese alguien soy yo mismo.