Capítulo 37
Sarah
He perdido la esperanza por completo.
He aceptado mi futuro.
Mi muerte.
Mi respiración es demasiado entrecortada, el aire no consigue pasar. Mi pulso late demasiado acelerado, siento que en cualquier momento mi corazón se va a parar.
El miedo me atenaza el pecho y ya no me quedan más lágrimas por derramar.
Moriré, pero al menos lo haré sabiendo que Padre no se queda en este mundo, que es más de lo que podía decir ayer. Me alegro de que se haya ido aunque yo vaya a reunirme con él.
Solo pido, si hay algo que exista, que no nos pongan en el mismo infierno. Creo que he pagado con creces y he vivido el mío propio en la tierra. Ahora le toca a él sufrir un poco allí abajo.
Escucho cómo la puerta de entrada se abre y unos pasos apresurados se dirigen directamente al salón.
Si creí que el corazón se me iba a parar antes, ahora creo que se me va a salir por la boca.
Ha vuelto.
Volvió a por mí.
Ha cumplido su promesa.
Espero.
Escucho a alguien caer de rodillas cerca del sofá.
Pero me mantengo como estoy, inmóvil.
Espero en silencio pero inquieta, intentando hacer el mínimo ruido posible, expectante a que dé en la trampilla los golpes del modo que me indicó para saber que es él.
Pero los golpes no llegan.
A través de mi trampilla se cuela el sonido de un sollozo. ¿No es él? ¿Quién mierda está al otro lado?
—Hermano… ¿Qué te han hecho, hermano?
Mis ojos se abren de par en par y me congelo. ¿Padre tenía un hermano? ¿Cómo es que no lo sabía?
Intento reducir al mínimo todos los sonidos, incluso el ruido de mi respiración se me antoja demasiado alto. No puedo dejar que sepan que hay alguien más en la casa, porque si ese hombre es el hermano de Padre, algo me dice que será como él.
Prefiero morir aquí abajo.
Prefiero morir que estar en manos de ese hombre.
Prefiero morir de hambre que tener que volver a una situación como la que tenía hasta ahora.
No bajo los escalones que me llevarían a la penumbra por miedo a hacer algún ruido que se pueda captar desde el salón. Así que me quedo quieta, tanto como no lo he estado en toda mi vida.
—Se lo haré pagar caro, hermano, lo prometo. Pagará por lo que te ha hecho.
Escucho gruñidos, quejidos… ¿Intenta mover el cuerpo?
Vuelvo a escuchar pasos por encima de mí, lo que implica que se encamina a la puerta de entrada.
El portazo es todo lo que necesito para saber que vuelvo a estar sola, pero continúo en completo silencio; puede volver y por nada del mundo quiero que me encuentre.
Sé que se ha ido y la puerta no ha vuelto a abrirse, por lo que tomo la decisión de correr escaleras abajo y tumbarme en la cama, todo del modo más silencioso posible.
Me tumbo a esperar la muerte.
No importa ya.
Sé que allá donde vaya, estaré mejor que aquí.