Capítulo 36
Silas
Llevo un buen rato sentado en mi cama, con una mochila lista con todo lo que Sarah pueda necesitar, haciendo rebotar mi pierna arriba y abajo con nerviosismo.
El puto viaje de Knox desde la fortaleza se me está haciendo eterno, pero como si mis pensamientos lo hubieran invocado, alguien da dos golpes con el puño y tres palmadas en mi puerta, dejándome saber que es él quien está al otro lado.
Me levanto con demasiada urgencia de la cama para abrirle la puerta. Tenemos una conversación demasiado complicada por delante y me temo que el tiempo apremia.
Antes de que Knox termine de cruzar el umbral, ya me está llamando.
—Silas —susurra con cara de circunstancia.
—No, no quiero mierdas ahora, no tengo tiempo, Knox.
—Intento sonar tajante, aunque no tengo claro si lo consigo—.
Eres la única persona a la que podía recurrir y necesito saber si vas a ayudarme.
Me has vendido, lo sé. Pero también sé, o quiero pensar, que no mentías, cuando me decías que los inocentes deben quedar fuera de todo esto.
—No mentía, nunca mentí —responde ofendido.
—Pues ya tendremos una conversación más adelante. No confío en ti, pero necesito tu ayuda para salvar a una persona.
—Puedes confiar en mí, Silas. Solo le he dicho cosas que ya sabía, jamás te he perjudicado. Me he acercado a él para ayudarte a ti, y para poder lograr mis objetivos —dice mientras se acerca a mí.
—Has dejado claro cuáles son tus objetivos. No quiero la fortaleza, Knox, es toda tuya.—espeto.
—Yo tampoco —responde tajante, incluso diría que ofendido.
No estoy entendiendo nada. Si no quiere la puta fortaleza, ¿qué puta mierda quiere para ser tan cercano a mi padre? Nada tiene sentido. Knox debe adivinar mi cara de desconcierto, porque continúa.
—Te lo explicaré en otro momento con más detalle, pero en el orfanato había alguien, una chica.
Mi chica . La chica de mi vida. —Él no es consciente, pero el brillo de sus ojos ha cambiado al hablar de ella—.
Que está tan cegada por un amor que cree tener, que no ve nada más allá.
Necesito sacarla de ahí, Silas, y para ello necesito ayuda de tu padre.
Necesito tiempo fuera de la fortaleza y eso solo se gana con confianza.
—¿Por qué lo arriesgarías todo por una persona que ni siquiera sabe que existes?
—Algún día lo entenderás.
—No tengo nada que entender, y quiero dejar claro que tampoco confío en ti, no del todo. Ahora, escucha —respondo, intentando dejarle claros mis sentimientos sobre él. Mi desconfianza.
Le cuento a Knox lo que ha ocurrido en las últimas horas, Rose, Kevin, las muertes, Sarah…
—¿Y me estás diciendo que la chica sigue allí abajo?
—Sí, tenemos que ir por ella.
—¿Y qué hacemos todavía aquí? —me apremia.
—Planearlo bien. Entrar y sacarla es fácil, pero no puedo dejarla ir —digo con pesar—. Necesitamos esconderla en la fortaleza, al menos durante un tiempo, hasta que sepamos que no va a venderme a mi padre, y creo que tengo el sitio perfecto.
—¿Cuál es el pero?
—Tengo que hacerlo yo. Mi padre, Darío y Zeke están unas plantas más arriba, necesito alguien dentro de mi habitación.
—Ve, yo me quedo. Te cubro. Sácala de allí. —responde rápido y sin dudar.
Asiento, aún sin tener del todo claro si Knox va a venderme o no, pero la situación de Rose ya pesa demasiado sobre mi conciencia.
No puedo dejar a Sarah, no puedo dejar que muera ni entregarla a mi padre.
Prefiero que me encierre en el búnker de por vida o que me meta un tiro de una vez, pero no puedo dejarla atrás.
Me pongo la mochila a la espalda, un casco en la cabeza y el otro en el brazo y me encamino a mi chica. La única que siempre me hace sentir paz: Mi Ninja me espera en el callejón del hotel para fundirnos en uno allá donde la vida nos lleve.