A tu lado en la oscuridad (Bilogía Oscuridad 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Silas

El bar del hotel se cruza en mi camino hacia la calle, y no puedo evitar parar a tomar una copa de vodka. Realmente lo necesito, no puedo pasar esto sin un poco de alcohol en las venas.

Mi mente me tortura con las imágenes que acabo de dejar ahí arriba y mi imaginación se está poniendo demasiado creativa con todas las cosas que le pueden estar haciendo a la pobre Rose.

Creí que irme era la mejor opción para no ver el sufrimiento de la chica, pero creo que mi cabeza es un lugar mucho peor.

No puedo dejar de ver las imágenes de mi padre, Zeke y Darío dentro de ella.

Rompiendola.

Forzándola.

Me enciendo un cigarro para intentar calmar mis nervios, y en ese mismo segundo, el camarero se encamina a mi posición para decirme que en el puto bar no se puede fumar.

Creo que no se ha enterado que hago lo que me sale de los cojones, igual que las mil veces que me lo dijo con anterioridad, pero antes de que llegue a mí, me suena el teléfono.

Mi padre.

—Hijo, tengo una dirección, Darío está camino del coche. Ir a la casa y matar a todos los que se encuentren allí. Absolutamente a todos, Silas. Sin excepciones. Quiero muertas a todas las putas ratas que vivan en ese sitio.

Comienzan a temblarme las piernas, esto va a ser una jodida masacre.

Termino mi copa de un trago y me encamino al coche, donde espero que Darío llegue para dirigirnos a la dirección que le han dado a mi padre.

Cuando este llega, para mi sorpresa, saca del maletero ropa táctica, un pasamontañas y una pistola para cada uno. Nunca salgo sin mi arma y mi cuchillo, pero insiste en que lleve una de más.

—No sabemos qué nos vamos a encontrar ahí, Silas. Pero por lo que Kevin nos ha dicho por teléfono, es alguien bastante importante.

—¿Y vamos a confiar en lo que nos dice Kevin?

—No, precisamente por eso quiero que vayas bien armado. Esto no es una práctica en la fortaleza, esto es una puta misión suicida, y si te pasa algo, tu padre me mata.

Mi estúpida lengua no puede quedarse quieta en mi boca y siempre tiene algo que decir.

—Si me pasa algo, mi padre te dará las gracias por quitarme del medio y dejarle el camino más fácil a Knox.

—No tienes ni puta idea de lo que hablas. Pero la verdad es que el chaval no puede estar más puteado, y besa el suelo por donde Evander pasa.

Puto Knox de mierda.

—Pues eso, lo dicho. Le hago la vida más fácil a todo el mundo si esto resulta ser una trampa y me muero.

—No me vengas con tus dramas de niño mimado, llorando por las esquinas que nadie me quiere. Espabila. Tienes los suficientes pelos en los huevos para tener dos dedos de frente.

—Pues tú tienes cuatro dedos de frente —digo mientras dirijo mis cuatro dedos a la frente de Darío—, y eres mayor que yo, y te veo haciendo dramas todo el rato.

—Cállate y sube al puto coche, Blackwell, antes de que te mate yo mismo. Te juro que, si es una puta trampa, te usaré de cebo.

No nos lleva demasiado tiempo llegar a la dirección que Kevin les facilitó por teléfono y, para mi sorpresa, nadie se ha parado a investigar nada sobre esta propiedad.

Lo único que saben es que está registrada a nombre de una mujer.

Es la misma propiedad de la que me habló mi padre con anterioridad y no entiendo por qué no habían montado una vigilancia aquí antes.

Lo que me hace pensar que hay algo que huele muy mal detrás de todo esto.

Las piezas no terminan de encajar del todo, pero no puedo ir contra mi padre, no ahora, y mucho menos contra los que están por encima de él, si no quiero ser hombre muerto.

Antes de bajar del coche, y por si son mis últimos minutos en el mundo, decido encenderme un cigarro y expulsar todo el humo en la cara de Darío, no sin antes preguntar:

—Según Kevin, ¿cuántas personas hay dentro de la casa? ¿O tampoco os habéis parado a preguntar?

—Solo dos, el hombre para el que trabaja y él mismo, nadie más —gruñe Darío.

No se ven sombras moverse a través de las ventanas, así que tampoco puedo adivinar desde esta posición si nos está diciendo la verdad o hay varios hombres escondidos para abrir fuego en cuanto crucemos la puerta.

—Si muero, dile a Knox que me alegraré mucho si le meten un tiro por el culo.

—Será un placer. Puedo ser yo mismo quien meta la pistola dentro, si quieres.

Ignoro su comentario y salgo del coche, apagando el cigarro antes para no dejar ningún rastro de mi ADN por aquí.

—¿Cómo quieres hacerlo?

—Llamamos a la puerta.

—¿Me estás jodiendo?

—No, te dije que te usaría como cebo —comenta Darío sin una pizca de humor. El muy cabrón habla en serio—. Llamamos a la puerta y Kevin nos abre, yo le pego un tiro mientras tú disparas al otro. Registramos la casa y nos vamos. Simple. Sencillo. Sin fisuras.

—Es una puta mierda de plan.

—Es el plan de tu padre.

—Está de puta madre.

—Eso pensaba. Venga, llama.

Joder, en realidad esto puede salir mal en todos y cada uno de los pasos; hace aguas por todos lados.

No entiendo cómo mi padre consiguió llegar donde está con los instructores que tenemos, tenía que haber alguien mejor sí o sí.

Pero no tengo mucho más remedio que seguir la mierda de plan este, y la verdad es que tampoco me importa demasiado, por lo que me acerco a la puerta.

Darío se coloca a mi izquierda, preparado para disparar a quien sea que abra.

Cuando me da la señal de que está en posición y con el silenciador en el arma listo, llamo. Se escuchan voces desde el otro lado de la casa, algo de que vendrá alguien y un té.

No consigo escuchar del todo porque la voz viene de demasiado lejos. En cuanto la puerta se abre, la cara de Kevin aparece delante de la mía y Darío aprieta el gatillo. El cuerpo de Kevin se desploma hacia el suelo con un gran estruendo y un agujero de bala entre ceja y ceja.

El sonido alerta a la otra persona, así que mientras Darío está sobre el cuerpo de Kevin, yo entro en su busca.

Me lo encuentro en medio del salón, proveniente de la cocina.

El desconcierto no lo hace más lento a la hora de sacar el arma de la zona trasera del pantalón, aunque su peso dificulta sus movimientos.

Me quedo congelado cuando veo que saca el arma. Intento ser más rápido, quito el seguro de mi arma y disparo antes de que él pueda hacerlo. El hombre se desploma y no puedo apartar mis ojos del suelo y de la sangre que va formando un charco alrededor del hombre.

Un brazo en mi hombro me asusta y giro encañonando a la persona que me ha tocado.

—Tranquilo, chico, soy yo —dice Darío entre risas—. Buen trabajo. Inspecciona el sitio mientras llamo a tu padre y le informo de que el trabajo está listo. Te espero en el coche, odio mirar entre la mierda de la gente. Me da asco. Haz tú el trabajo sucio por una vez.

Ni siquiera contesto, todavía sigo en shock por lo que acabo de hacer. Sigo sin poder apartar la vista de los charcos de sangre.

—Ah, y no olvides sacar fotos de las caras. Tu padre quiere ver las de esta escoria —dice mientras sale de la casa.

Intento moverme, pero mis músculos se mueven mucho más lentos que de costumbre. El disparo, el ruido, el olor de la sangre… todo me lleva a un bucle del que me cuesta mucho salir.

Me apremio, intento reponerme para salir de aquí cuanto antes y dejar de pensar en todo esto, por lo que me adentro en la cocina y empiezo a rebuscar, pero no encuentro nada. Me dirijo al dormitorio y allí hay todavía menos. El baño, nada. Salón, nada.

Pero cuando estoy a punto de irme, noto algo extraño en el patrón que la sangre está dibujando en el suelo. Antes se esparcía en forma de círculo alrededor del cuerpo, de forma lenta pero constante. Ahora ha llegado a una tabla que parece haber hecho de freno, pero no tiene sentido.

Me agacho a inspeccionar el suelo y distingo unas marcas de arrastre… ¿El sofá? Me acerco y lo muevo, y veo las muescas de una puerta. Estoy seguro de que, si no tuviera mi propio lugar bajo tierra, nunca las habría visto.

Me envalentono y la abro. Todo allí abajo es completa oscuridad.

Solo adivino a ver unas escaleras a las que el salón da luz.

Miro a mi alrededor y me encuentro con una vela y un mechero al lado.

Hago uso de ello mientras bajo escalón a escalón, en una mano la vela, en la otra la pistola, preparada para disparar al mínimo movimiento.

Cuando llego abajo, mis ojos se abren de par en par…

¿Pero qué mierda?