Capítulo 26
Silas
Espero sentado en la habitación dándole la espalda a Rose.
Solo espero.
A que mi padre llegue.
Al sufrimiento de Rose.
A mi muerte.
Enciendo un cigarro tras otro. Los nervios de todo mi cuerpo están alerta. Me siento como una mierda, pero no consigo saber dónde terminan los efectos de la droga y dónde empieza lo mal que me siento por Rose.
Ella no lo sabe, pero yo sí.
No hay mujeres prisioneras en la fortaleza, al menos que yo sepa, pero las pocas que viven allí se les da «utilidad», o eso dice mi padre. Según tengo entendido solo deberían trabajar en el servicio, aunque no deja de ser una fortaleza llena de hombres en medio de la nada.
Hombres que entrenan para ser asesinos a sueldo, hombres a los que estoy seguro de que mi padre recompensa con otra cosa que no es dinero.
Mi cabeza no puede evitar ir una y otra vez a lo que le va a pasar a Rose, a lo que va a vivir por mi culpa, y me enciendo otro cigarro. Nada me calma, ni el olor ni las caladas.
Sigo con ganas de vomitar. No puedo replegarme más sobre mí mismo, y no consigo evitar pensar en que todo esto es culpa mía por haber llamado a mi padre.
Un par de horas después, el cabrón que me engendró cruza el umbral de mi habitación. Zeke va tras él, y Darío corre a posicionarse en su lugar, cada uno flanqueando un lado de su espalda. La cara de mi padre me revela lo contento que está, la felicidad que le causa que yo me sienta tan desdichado.
Me quiero morir.
Lo que lo hace más feliz que en mucho tiempo.
Entra en la habitación con sus ojos fijos en los míos, ni siquiera repara en el cuerpo de Rose, desnudo y atado a la cama.
Yo sigo con un pitillo humeante en la boca, intentando calmar mis nervios y mi estómago revuelto.
—Hijo.
—Padre.
—Darío me ha comentado que no has tenido margen de interrogar todavía a Rose.
Voy a abrir la boca para excusarme, pero no me da opción.
—No, no, tranquilo. Entiendo que la noche de ayer fue… movida —dice entre risas el hijo de puta.
—No ha sido mi mejor noche, estoy de acuerdo, padre.
—Tranquilo, lo entiendo. La interrogaremos entre todos. Necesitamos que su novio aparezca, porque después de que Darío se la llevara del bar, ha hecho bomba de humo.
—¿El tal Kevin?
—Sí, ese mismo. No ha vuelto a dar señales de vida; entendemos que ha huido. Pero esperamos que un par de vídeos lo hagan recapacitar.
—¿Vídeos? ¿De qué?